Archivo de la categoría: Digresiones Musicales

Tristezza

Hoy sufro por quien no puede llorar, peno por quien no logra expresarse, lucho por quien teme su expirar, escribo por quien puede terminarse. Hoy me avergüenzo de mi especie, la humanidad me decepciona, la mente no esclarece la idiotez que reina una persona.

No es maldad nuestra demencia, no es siquiera la infamia del poder, sólo es una estúpida inconsciencia. Inopia: el absurdo no saber.

Hoy las palabras no me alcanzan, los poemas no consuelan, las almas no descansan, las aves ya no vuelan. Hoy los tigres ya no rugen, los lobos ya no espantan, las garras ya no crujen, las ranas ya no saltan. Hoy los cerdos ya no apestan, los toros ya no embisten, los gallos ya no encrestan, la fauna ya no existe.

Los zoológicos hospedan el reino animal; las enciclopedias, los diccionarios, las pinturas, las fotografías. Ahí están los animales: en las palabras, en sus nombres, en los dibujos, en las películas. Nunca nadie ha visto una pantera en su hábitat natural, nadie sabe dónde se supone que habitan los borregos, como si hubieran nacido todos en un corral.

Hoy la fauna ya no existe en el mundo real. Hoy la fauna ya no es. Los animales son un recuerdo, la nostalgia de un mundo pasado, la felicidad sin humanidad.

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La doctora Flynn

La doctora Flynn pudo ser una esposa feliz, tener una vida de ensueño con el amor de su vida. Pero primero estaban su trabajo y su carrera. Quería respeto, quería gloria, fortuna, poder. No sólo quería un poco, lo quería todo, no importaba el costo: lamer los zapatos de quien fuera, besar el trasero de todo el mundo, deshacerse de quien se entrometiera, acostarse con los que fuera necesario, hacer lo impensable; nada la iba a detener hasta conseguir lo que quería.

Las decisiones que tomamos, los caminos escogemos, la vida que esleemos son los verdaderos creadores del destino, el continuo de los actos en realidad se encuentra en nuestras manos. Así, todo lo que hizo y todo lo que dijo la doctora Flynn es lo que terminó alejando a su amado para siempre, para nunca más volver. Se presionó tanto en seguir adelante, se empecinó con tanta fuerza que terminó por ignorar su propia salud y eventualmente se resquebrajó en mil pedazos. Porque aquellos que ignoran la voz de su corazón, sobre todo cuando éste se rompe, están condenados a la desgracia.

Tarde o temprano, como suele ocurrir ante estas situaciones, la doctora Flynn buscó ese amor con desesperación y ahinco. Pero estaba demasiado enferma, por dentro, en el alma, tan carente de fe, cordura y esperanza. Y al final aceptó casarse con un anciano gruñón y solitario de quien no sabía más que su nombre y quien tampoco mostraba mayor interés en conocerla a profundidad. La doctora Flynn cayó en picada hacia un infierno privado, reservado para los desdichados sin sueños ni suspiros, donde la belleza y el cerebro no son requeridos.

Las mujeres que desean merecer el mundo a sus piés, cegadas por la ambición de autosuficiencia y poder, mintiéndose a sí mismas y creyendo que en verdad pueden hacer realidad todo cuanto codician, recorren una avenida fácil de transitar, la del súper hombre que conquista el mundo, pero se visten una bata de cobardía cuando llega el momento de enfrentar la eternidad. Que es lo de veras importante en esta vida. Y lo que de veras es difícil de conseguir: una vida tranquila con un buen hombre en pleno, mutuo y verdadero amor.

 

Kobda Rocha

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Gusanos

Desde su nacimiento, provocan el desgarrado llanto materno, quiebran la armonía del mundo y despojan al universo de significación. Teman, criaturas indefensas, teman por el resto de sus vidas. Inútiles y descuidados, cualquier mano moldeará sus mentes ¿Creen que alguna vez han tenido el control de sí mismos? No es así. Jamás lo han tenido…

La vida posa su esperanza sobre nuestro envilecido mundo lleno de gusanos. Su alma hueca y testaruda ha consumido la última pizca de amor que aún existía.

El tiempo envejece y se va tragando su vida de a poco. La monotonía consume todo aquello que apasiona sus corazones. Enclaustrados en la estupidez, acorralados por su propia oscuridad, dejan su destino a la suerte y ruegan a dios un futuro próspero …pero nunca han tomado el control de su propia vida.

La inteligencia adolece nuestros peores conceptos llenos de gusanos. ¡Mueran! ¡Terminen ya con esta demencia! Han extinguido todo el fulgor del amor.

¡Aléjense de mí! Su falta de consciencia los hace indestructibles. Seres irrelevantes, manténganse callados y lejos de mí.

La vida posa su esperanza sobre nuestro envilecido mundo lleno de gusanos. Su alma hueca y testaruda ha consumido la última pizca de amor que aún existía. La inteligencia adolece nuestros peores conceptos llenos de gusanos. ¡Mueran! ¡Terminen ya con esta demencia! Han extinguido todo el fulgor del amor. La falsedad abraza nuestro corazón y colma nuestro espíritu de adversidad. Sólo la luz del pensamiento nos librará de la gran fractura efectuada por todos aquellos gusanos ignorantes.

 

Kobda Rocha

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Cajón de huesos

Metido en una caja, apretujado y en descomposición,

esperando una carroza que me lleve consigo.

Una vez arrojado al cieno, los gusanos vendrán a hacerme compañía

en este cajón de huesos donde me han abandonado a la putrefacción.

 

Muerto y enterrado tres metros bajo tierra, como dieta de lombrices.

Tieso, frío, y aplastado por la decadencia.

Hedor fétido, cuerpos consumiéndose, podredumbre sepulcral.

 

Los insectos engordan saboreando mi carne,

me invaden, por dentro y por fuera,

festejan el buffet de mis entrañas.

Sólo queda de mí este gris cajón de huesos.

 

Kobda Rocha

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El cuerpo de mi soledad

Al escribir, todos los ojos están atentos a tus palabras, mirando la página o la pantalla, expectantes de lo que vayas a decir, deseando que sea algo fenomenal, que provoque montones de epifanías con cada frase, que no tenga error alguno, ni una coma, ni una tilde mal puesta o ausente, cada correspondencia gramatical en su lugar, con el correcto uso de los tiempos verbales, la ortografía impecable y los signos de puntuación ubicados en su exacto y preciso lugar. Y los ojos bien atentos mientras el escritor en oficio derrocha lo mejor de sí para unos lectores criticones que sólo buscan llano entretenimiento y condimento literario para sus consuetudes. ¿El escritor? ¿No es obvio? Los envidia sobremanera.
Desengrasante QuitaTodo arrasa hasta con el sarro más grueso, quita cochambre, quita todo tipo de manchas. Desengrasante QuitaTodo, el más potente, el más poderoso, el único que logra acabar con esas indeseables costras de mugre. Y ahora en su nueva presentación: QuitaTodo Plus, el que lo quita todo.
¡Atención! ¡Parte de guerra! Ha muerto en acción alguien de quien se ha dicho era un salvaje y un asesino pero todos nosotros sabemos que era un valiente y el más fiel de todos mis hombres. Muchachitos, a cuadrarse. Ha muerto el general Fierro… Sí, Pancho Villa está llorando, y no se avergüenza de llorar.
¿Cuántas veces nos sentamos en el sofá, con una lata de gaseosa en la mano, frente al televisor, mirando cualquier frivolidad que transmitan en los canales comerciales gratuitos y, de algún modo, perdemos muchas horas, incluso días de nuestras vidas sin sentido ni utilidad alguna? ¿En verdad es posible lograr una conexión intelectual o espiritual profunda con la programación desechable de las dominantes televisoras nacionales? Ese contenido basura, vacío, hueco, sin fundamento ni relevancia, necesita de un espectador basura, vacío, hueco, sin fundamento ni relevancia; sólo así pueden subsistir ambos.
Un hombre mató a su esposa a sangre fría. Los amigos y familiares de la pareja no lo esperaban, comentaron que eran la pareja más amorosa que podría existir, no tenían problemas de ningún tipo. Los vecinos dijeron que nunca los habían visto pelear, ni una pequeña discusión siquiera. Nadie lo esperaba. Al parecer, el delito fue perpetrado en abrupto arrebato de locura, sin antecedentes que lo pudieran prevenir. El esposo simplemente se volvió loco, así, de la nada, y mató a su esposa a sangre fría. La ahorcó usando una bufanda de navidad y luego la cortó en pedacitos, probablemente para comérsela.
Ti quero más que a mis ojos; más que a mis ojos ti quero. Pero quero más a mis ojos, pero quero más a mis ojos porque mis ojos ti vieron. Y si tú los queres, te los entrego, niña, pos ya sabes que eres tú para quen quero mis ojos.
La soledad es algo terrible; la soledad puede orillar a un hombre hasta la desesperación, hasta la locura. Por eso a veces prendemos la tele aunque no la estemos viendo, aunque no le pongamos atención. Si estamos barriendo la casa o preparando algo de comer en la cocina, los niños en la escuela y el marido en el trabajo, encendemos el televisor para no sentir el peso de la soledad. La televisión es una compañera vivaz, alegre, escandalosa, aunque por dentro esté hueca y sin fundamento. Pero ¿no somos todos así?
¡Hay que cambiar! ¡Ahora! ¡Ya! Esas compañías telefónicas que prometen servicios que no cumplen, con mil paquetes que todos son iguales, que roban, que cometen fraude. ¿Quién no está cansado ya de lidiar con operadoras insensibles que no resuelven nada? ¡Hay que cambiar! ¡Ahora! ¡Ya! Telefonito, el servicio telefónico más bonito.
Estamos pasando un momento crucial en que la humanidad se enfrenta a la misma humanidad. Estamos viviendo un momento histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante pero moralmente es un pigmeo. La opinión mundial está tan profundamente dividida en dos bandos aparentemente irreconciliables que dado el singular caso, que queda en sólo un voto, el voto de un país débil y pequeño, pueda hacer que la balanza se cargue de un lado o se cargue de otro lado. Estamos, como quien dice, ante una gran báscula: con un platillo ocupado por los verdes y con otro platillo ocupado por los colorados
Si lo pensamos por un momento, los humanos somos como la televisión: multifacéticos. Nadie está siempre en el mismo canal. Cambiamos todo el tiempo. A veces estamos tristes, enojados, contentos, aburridos; a veces somos padres, hijos, hermanos, amigos, compañeros, pasajeros, trabajadores, clientes, pacientes; a veces nuestro día parece una telenovela, a veces una película de acción, de terror, de risa, romántica, ciencia ficción; a veces estamos en modo noticiero, a veces en modo anuncio comercial, a veces en modo estática.
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Kobda Rocha
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Uno ausente y otro en casa

Hoy he visto muchos trenes,

trenes muertos, de museo,

trenes viejos, descompuestos,

ante un mundo indiferentes.

 

No se ocultan ni me mienten,

no me apartan de tu cuerpo

ni me llevan nunca lejos:

maquinarias tan silentes.

 

Nostalgia de un tiempo antiguo,

mensaje de un hombre ambiguo;

es un viaje a tiempos previos,

 

pues el hoy de dos milenios

no permite disfrutarnos

cuando en dos tierras estamos.

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El gurú del odio

Soy grande por viejo, no por sabio.

Obeso, grotesco, grosero y gruñón,

cuanto digo se torna en agravio:

guturo en garganta gargajo gorgón.

 

En mi barrio me llaman “El Ogro”

por grueso, por gurdo, por gordo y gañón.

Las fiestas idiotas las malogro;

me agradan los gritos de agudo terror.

 

Soy una persona peligrosa,

agreste garguero de grave garzón,

de alma negra y garrapatosa,

tengo agrio y podrido mi gris corazón.

 

Y mis garras agarran parejo

gobiernos, iglesias y grupos de acción.

¡Y hago guerra! No sólo me quejo.

Detesto a la gente por no hacer lo que yo;

 

por cobardes, por tilicos, por enclenques y agachones,

por alegres, por risueños, satisfechos y bufones.

Pero, ¡calma!, los perdono porque entiendo situaciones.

Los invito en este verso a volverse más gruñones.

 

Kobda Ggrrocha

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3 armas contra los zombies

El mundo, ahora, se encuentra a mitad de un apocalipsis zombie. Sí, igual que en una película hollywoodense, la humanidad se está contagiando con el virus zeta… y, poco a poco, el número de infectados va en aumento. Primero, habremos de esclarecer qué es un zombie. Un zombie es un pedazo de carne con forma humana, pero sin cerebro, no piensa, sólo se guía por sus instintos más primitivos, busca satisfacer a toda costa sus apetencias más bestiales: comer, dormir y copular. Un zombie no razona, únicamente se alimenta de cerebros ajenos. Dicho con sinceridad, así andamos por la vida, devorando todo lo que otros cerebros producen. Sus ideas, su ciencia, su arte, su música, su literatura, su filosofía, su tecnología, su política, su ideología y su moral. Pero nada sale de nuestros propios cerebros, todo lo vamos mordisqueando de donde podemos (y de donde más se nos antoja). Lo peor es que es muy fácil contagiarse; “vamos por una chela”, “hay que saltarnos esta clase”, “prende la tele”, “me gustas mucho, estás muy guapa”, “ya déjalo así, ni se nota”, “para qué te esfuerzas en algo que no te va a dejar dinero” y el clásico “hoy toca perreo intenso” son algunas de las vías de infección más comunes. Por suerte, existen muchas armas para combatir esta plaga, yo propongo tres: la poesía, la literatura y la filosofía.

Por supuesto, una guerra contra un mundo zombie no es fácil. Es un camino solitario y de constantes frustraciones —sólo hay que imaginarse a uno mismo como el último sobreviviente en un escenario apocalíptico. También existen varios peligros a los que se arriesga uno al emprender tal batalla; se corre el riesgo de perder amigos en el camino, de sentirse impotente ante la calamidad, de caer en abismos interminables, de ser perseguido (cazado) por una horda de zombies cabezas-huecas. ¡Pero lo vale, en serio lo vale! Qué habría sido de la especie humana si Newton se hubiera dejado vencer por los descerebrados; qué sería de nosotros si Sócrates hubiese sucumbido ante el contagio de los putrefactos; qué de nos sin guerreros tales como Dante, Einstein, Tolstoi, Marx, Jobs, Lamarck, Cervantes, Sófocles, Da Vinci, Edison, Borges, Gandhi, Picasso, Shakespeare o Rulfo (entre tantos otros más).

Resistirse a convertirse en zombie y elegir el camino del pensamiento —repito— es una condena casi automática a la soledad. Pensemos en un primer Adán homosapiens que despertó un día y se vio rodeado de zombies australopitecos carentes de facultades mentales; él pensaba y sabía que sus compatriotas no lo hacían, sólo los veía despertar todos los días e ir a la escuela o al trabajo para ganar dinero y pagar impuestos y de vez en cuando darse un gusto extra yéndose al cine o comprándose unos tenis de marca. Ciertamente, este primer Adán pensante se sintió solo al no poder comunicarse con ellos, pues seguían un nivel abajo en la cadena evolutiva. Si ese ser humano que pensó por primera vez en la historia de la especie se hubiera dado por vencido, nada de lo que tenemos (¡nada de lo que somos!) habría jamás existido. Es exactamente igual cada que el universo nos arroja un eslabón evolutivo más avanzado; Platón, Cervantes, Sun Tzu, Rousseau, Hegel, Sartre, Cicerón, Monterroso, Dostoievsky, Pasteur, Vasconcelos, Bolívar, Darwin, Freud, Schopenhauer y Monsiváis (entre muchos otros más) jamás sucumbieron ante la tentación de ser un zombie futbolero, borracho y mujeriego. ¡Y hay que ver hasta donde lograron llegar!

Por eso, debemos tomar la senda del pensamiento aunque sea un camino difícil… ¡Ah, porque pensar no es fácil! A veces uno se queda tumbado en el sillón ‘pensando’ por horas y de pronto alguien dice “ya ponte a hacer algo” como si pensar no fuera hacer algo. Y es que pensar no es, en términos pragmáticos, una actividad rentable; nadie contrata a alguien para pensar, nadie especifica en su tarjeta de presentación “Juan López: Pensador”, porque pensar no es algo que deje dinero. Es por ello que muchos zombies materialistas / capitalistas prefieren no pensar. Lo peor, encima de todo, es que cuando uno sí piensa los zombies en seguida lo quieren contagiar con frases como “ya deja ese libro y vente a jugar”, “ya no pienses tanto y tómate una chela”, “para qué le piensas demasiado, sólo relájate”. (Abriré aquí un paréntesis para hacer una advertencia: cuando un zombie te diga “no lo pienses, sólo hazlo” te está tratando de convencer de cambiar la razón y la inteligencia por el acto instintivo de los impulsos. Quien esté realmente convencido de la supremacía intelectual te diría algo como “no importa si lo haces o no, pero piénsalo mucho”.) Pensar, establecido como una cura contra la zombificación, se puede alcanzar —entre otras formas, como ya dije— a través de la poesía, la literatura y la filosofía.

 

Kobda Rocha

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Las goteras encomiables

Dos de las bellezas que la creación ha puesto en el universo sobrepasan los límites de lo sublime: el intelecto humano y el agua. La primera encuentra su cúspide en la metacognición; darnos cuenta de que nos damos cuenta, ése es el pináculo del pensamiento. La segunda, por su parte, es maravillosa en todas sus manifestaciones, desde los inmensos océanos hasta el vaso medio lleno.

Es indiscutible su magnificencia. El porcentaje de agua en el planeta y el porcentaje de agua en nuestro cuerpo son ejemplos claros de su potestad. Metafóricamente, la danza de los maremotos, como el llanto expelido por los amantes en el éxtasis de la pasión a mitad del oleaje sexual, sucedido por la calma lacustre bajo las sábanas, es la antropofanía de nuestra razón. Por ponerlo en forma de mito teológico, el agua es dios, único elemento creador de vida. Hace falta salir desnudo en un día lluvioso para sentir el flujo de gloria sobre nuestro cuerpo. Cada gota de lluvia es un ángel caído del cielo. No hay mayor fruición que extender los brazos y levantar el rostro para empaparse de beldad, dejarse bañar por el bautismo de las nubes.

No sólo de agua se forman las lluvias, sino también de ideas. Lamentablemente, todo el mundo se abriga y se enclaustra bajo techo en días lluviosos. Si han de salir, lo hacen con impermeable, paraguas y prodigando marquesinas. Lo seco se ha convertido en un santuario hermético y moroso. No dejan a los niños salir a jugar bajo la lluvia. Nadie se quiere mojar; algunos ignaros e ingenuos porque temen enfermarse, y otros más necios simplemente porque les resulta molesto.

Así, andamos por la vida desvalorando lo mejor que de ella acaece: la pluvial perfección atmosférica del planeta y nuestra propia capacidad de llover.

 

Kobda Rocha

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La derrota del aguador

Hay gente que tiene el pensamiento incoloro, inodoro e insípido. Es cierto, y además son muchos. A lo largo, ancho y profundo de este planeta, hay gente cuyo pensamiento es como el agua: simple.

Ándate con cuidado al toparte con gente de esa calaña. Son garrafones enamoradizos, amables, futboleros, parranderos, optimistas, envidiosos, chambeadores, responsables, traicioneros, hay de todo, hasta literatos y lectores. No importa la cantimplora, el pensamiento que contiene es lo importante.

Las más veces, van por el camino derramando todo el cántaro. ¡Ojo! Cuanto más purificada está su agua, más transparente y aburrida se vuelve. Ten cuidado de no mojarte tanto, porque ellos querrán bañarte como en sábado de gloria; no les basta una salpicadita.

Aún peor ―y, además, inútil― es tratar de echarle saborizante a sus garrafas, porque son necios empecinados en que el pensamiento simple es más saludable aun que el mejor licor de la cava. Lo que es más, siempre ¡siempre! están tratando, incansablemente, de rebajar tu pensamiento con su agua ligera, pura, limpia y de manantial.

El colmo de todo esto es que muchos ni siquiera llevan el pensamiento tan límpido e inmaculado como presumen, nomás van rellenando el cerebro con esa agua puerca de la llave, y ―según ellos para que no les haga tanto daño― le echan gotitas desinfectantes.

Si tú piensas con refresco, leche, detergente, mezcal (aun el de Tonayán), jerez, tepache, café de olla, jugo de naranja, ponche, cloro, pulque, tequila, gasolina, veneno o lo que sea, aunque te lleve a la muerte ―y aunque esa muerte sea la más hórrida y errada― ¡alégrate! y agradece haber tenido la oportunidad y, sobre todo, la convicción (y, por qué no, hasta las agallas) de haber probado algo más.

 

Kobda Rocha

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