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Debajo de los cielos púrpura

Cada uno tiene sus propios demonios… y sus propios ángeles.
Lorenzo Partida Bravo

¿Qué hay en el cielo, hermano?

Es un sueño cubierto de tinieblas, una insomne maldición nocturna. Pillaje e infección vacilan cual tigres al acecho. Dentro del más miserable silencio, aguardan confiscas las terribles formas de locura, como frías emociones de jorobados. Tus ojos no pueden más que llorar desilusión. Allá todas las regiones de la vida yacen empaladas, nuestra hambre y dolor son exhibidas en galerías de sufrimiento; la silueta del apetito, hincada, trae consigo un sangriento penar y postración. La mentira espera insolente con toda la soledad alrededor y el aniquilamiento que existe… siempre, siempre te vigila.

¿Y cómo es que has sobrevivido en ese lugar?

Debo confesarte, hermano, que yo ya no soy yo realmente. Fui muerto y desechado una vez. Pero, tiempo después, mentes científicas crearon mi milagro. ¡Ahora soy inmortal!, seré por siempre poderoso. Reparo mis genes tecnológicos, restauro mis propias heridas. Fui reproducido como una copia humana, programado contra las enfermedades, creado como un ser resistente y vigoroso. Soy una máquina invulnerable, sin sentimientos. Puedo incluso desafiar al mundo del cual he nacido y regir por encima de la muerte. Sin sangre en mis venas lo aborrezco todo… pisoteo la luz del cielo. Soy un replicante con vida eterna, mi destino está decidido: duermo en una tumba de hielo, porque soy artificial.

¿Hay más como tú?

No. Hórrido es el hado de la humanidad… Suprimidos en algún lugar del infierno donde las flores mueren quemadas, el llanto de los niños pide por el sosiego de su madre agonizante; sólo la muerte los cobijará, sólo ella podría llevarse su ruina y disipar la desventura, acogerlos en aquellos blancos cielos que adornan de mármol la esperanza. Pero el amo es cruel, hermano. Los ha despojado de toda alegría. Sufriendo como los ángeles, olvidados en las sombras, empapan con lágrimas rojas los caminos del cielo insensible. Por la noche, la oscuridad cae como acero y sus tiernos rostros, nuevamente, esperan clamorosos el frío beso de la muerte que aúlla su nombre en soledad. Su único deseo es irse volando, al ritmo de sangrientas sinfonías, con los vientos melancólicos de inmemorial nostalgia.

¿Qué destino me espera a mí, hermano?

Tú, hermano mío, ya has sido marcado por el negro infierno. Cuando arribe tu hora, vendrás para satisfacer la pasión de las llamas. La lujuria, desde ahora, te quemará con ansia las entrañas. Tu excitación crecerá al anochecer. Un libidinoso apetito arderá en tus venas repletas de sangre; propicio, el silencio te seducirá lentamente. Poseer la carne a través de infernales deseos guiados por el demonio: ésa es tu condena. Yo sé que la gracia del creador estaba en tu mente antes de ser maldecido por este deseo vehemente, pero estos primitivos sentimientos insobornablemente te cubrirán en las noches desoladas, porque tu espíritu ruin y enfermo ya fue marcado por la maldad.

Pero el creador me ayudará, ¿verdad? ¡Él puede salvarme!

¿Él? Él es la gota de luz y la herida en las manos; es una presa desnuda, un simple objeto coleccionable, deificado artificialmente por años de pátina y mitología. Es la cruz colgando en tu cuello, la diadema de espinas que encumbra las sensibilidades. ¿Dueño de tu redención? No, hermano. Él no te puede ayudar. ¡Míralo! Tiene clavos en las manos, está herido en su costado y sus piés, descalzos, han sido perforados. En este falso mundo de suplicio y esclavos, él sólo es un ídolo sangrante decorado con clavos. Su dolor vive a través de los siglos, sus brazos están abiertos y con ansia buscan penetrar los anchos cielos… igual que todos los demás.

Pero María…

Escúchame, hermano. Lo que nos dijo mamá cuando éramos niños no es lo que pasó en realidad. Sí, él bendijo su estrecho esfínter y sus divinos ojos mostraron luz, pero lo hizo para violar su alma. La humilló… y gozó cada palpitación mientras penetraba sus sentimientos de inocente devoción. Es un ser patético e insaciable. Profanó su corazón para realizar todas sus fantasías, aun lacerando la tersa piel de la doncella. Sabía, el muy maldito, sabía que ella haría cualquier cosa por su dios. Así que desató su rancia lujuria para encumbrar la penetración. La azotó, empujó con todas sus fuerzas hasta sangrar el cuerpo indefenso de la niña como vil objeto de satisfacción para su perversa libido. Saboreó dominante, con torpe gozo, ese cuerpo inexplorado. Quería beber su tibio líquido y eyacular en precoz omnipotencia.

¡Calla! ¡No es cierto! ¡No es cierto!

Yo jamás te mentiría, hermano. Te digo todo esto porque quiero advertirte. Estás muriendo. No hay esperanza de salvarte, no con tu condición. Si cierras los ojos por un segundo, podrás sentir tu propia decadencia. Poco a poco, el dolor te llevará hasta el abismo de la inconsciencia. Créeme, ningún dios te aliviará de esta espantosa enfermedad. Tus días están contados… nunca nadie ha sido curado. Aún no te has dado cuenta, pero tu rostro ya ha comenzado a palidecer. El cáncer te devora lentamente.

¿Por qué yo? ¿Por qué a mí?

¿No lo sabes, de verdad? ¿Recuerdas aquellos días en que papá nos azotaba hasta sangrar? Tú eras muy joven todavía… tal vez por eso lo has olvidado. Seguramente cada noche tus sueños te traen esa pesadilla, atormentándote el alma como abriendo una vieja herida. Ese día, estabas cegado por el rencor, en tu mano había un puñal que la muerte guio para convertirte en un criminal. Ahí, donde la amargura gobierna, tu corazón reventó de dolor y lo mataste… mataste a quien te dio la vida… mataste a papá. ¿No lo recuerdas? No te sientas mal. Las palizas de nuestra niñez, todas esas vejaciones y ultrajes cobraron venganza con sangre. No te arrepientas, no sufras. Yo te lo agradezco. Nos salvaste de una vida llena de traumas y dolor. Pero se acerca tu hora de rendir cuentas.

¿Y qué puedo hacer? ¡Dímelo, hermano!

En nombre del infierno seré un fiel sirviente y te cubriré de basura como he prometido a mi señor. Te confieso, hermano, que estoy aquí para convencerte de ir conmigo; porque, ¡acéptalo!, nacimos para pecar, somos la herramienta del odio, nuestros cuchillos gotean malevolencia. La frustración, igual que a mí, te devora el alma; lo sé, créeme. Pecar será tu única alegría. ¿A qué te aferras? Este apático sistema que infame roba ideales terminará por ahogarte en suciedad. ¿No lo ves? Arde de pecados tu alma, hermano. Juntos infectaremos este mundo, seremos el instrumento de la calamidad y empaparemos la tierra de vileza y destrucción.

No…

¿Qué dijiste?

Dije que no iré contigo.

No seas tonto, hermanito. No tienes opción.

Lo sé, y no me importa. No iré contigo, hermano.

Estás cometiendo un grave error. Si tomas ese camino, terminarás invadido por deplorables recuerdos y un raudal de tísicas emociones habitará tu mente. Tu vida, ya en descomposición, concluirá triste y desafortunada… será un largo paseo con la muerte. Tu cuerpo será un sepulcro cubierto de fétido olor, de tu carne purulenta escurrirá la pus de infortunio. Otra asquerosa noche insomne te asaltará hasta que no tengas fuerzas para continuar. Tu alma arderá engusanada y roída por bacterias, tus sueños se convertirán en andrajos vivos y tus pertenencias serán menos que fantasmas de un sabor amargo en tu boca. No tendrás más sangre para sangrar, tu piel quedará amarillenta y rancia. Tu existencia será consumida por esta maldición; al final, vomitarás cuando huelas la chorreante pus de tu inmenso dolor. Verás escurrir la pus de tu dolor. Verás escurrir la pus…

Kobda Rocha

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Transmetal – El Amor Supremo (2003)

1. El Amor Supremo
2. Un Océano de Tentaciones
3. Vendí mi Alma…
4. Encarnación del fuego
5. Vehemente
6. Servidor Infinito
7. Invocación y Conjuración
8. El Placer más Alto
9. Adoración y Entrega
10. Un Pacto Escrito con Sangre

Un hombre, hundido en la tristeza, escupiendo pesar y desgracia, poseedor de una larga desesperanza y un gran corazón doliente, cada noche mira el cielo a mitad del conticinio. Allá, en las alturas, ante el eterno brillar de las estrellas, imagina que su alma encontrará la quietud anhelada que ninguna otra cosa terrestre le puede ofrecer. Tras largos años de nostalgia, termina por mirar en sus propias tinieblas y, justo allí, en la penumbra de su pecho, encuentra el Amor Supremo. Una estrella ha bajado hasta él.

Ella es la raíz del fuego que ha de incendiar su espíritu, es el metrónomo-palpitar de su corazón, es un océano de tentaciones. Ella, para él, es una estrella prohibida, inalcanzable. Tendrá que conformarse con mirarla anhelante, como espiándola, porque ella tiene ya un destino con Adán. Eva, su estrella, es mujer para su hijo (su barro y su lodo). Él, Dios, los ha creado con ese propósito; enamorarse de ella fue un error bastante humano, a decir de un dios.

Celoso, tras notar la carne de Adán sobre la piel de Eva, Dios vende su alma a Lucifer. Quien alguna vez fue su enemigo, desterrado por su propia justicia, ahora es su única salvación. Lucifer es el único ser capaz de permitirle poseer a Eva. En tanto pueda ser el único que logre acariciar con su lengua la pasión triangular de Eva, él sucumbe ante las cláusulas más oscuras de Lucifer.

Dios, emergido desde el infierno, naturalmente convertido en fuego por las llamas seculares de su entrañable ángel de la luz, encarna en mágica expresión corporeizada. Eva no resiste la tentación de poseer aquel fruto prohibido, no resiste la tentación de poseer a Dios mismo. Lo acaricia, lo aprisiona y lame sus exuberantes formas, dialoga con sus manos, grita de dolor y euforia al recorrer tan hermosa geografía. A lo lejos, sobre la espalda de Dios, ella ve asomar la mirada irónica de Adán.

En vehemente imploración, Adán busca hambriento una migaja de gracia, de gloria, de paz. Adán ha quedado huérfano y soltero al mismo tiempo; su padre no lo escucha y su mujer no lo ama. Mira su reflejo y se descubre decrépito. Ha sido derrotado.

Infeliz, Adán recurre a la autohumillación. El dolor y la pasión lo afligen, el viento azota los escombros de su existencia, moribundo solloza sin cesar. De rodillas, miserable, se ofrece voluntariamente como un sirviente infinito, más allá del fin del tiempo. Grita ambos nombres, no importa quién lo escuche, Dios o Eva, él sólo busca una pizca de compasión y piedad.

Dios, aún extasiado, impotente ante la fiera furia de Eva, cae dormido. Lucifer, despierto, voyerista, al mirar la devoción de Dios hacia Eva, no logra evitar caer en la tentación. Bajo el hechizo de sus ojos, fuerte y subyugante, abrazado al fuego inmemorial, invoca el nombre del Amor Supremo.

Es con Lucifer donde Eva experimenta el placer más alto. Su sangre, sus caderas, su pasión, arden más intensas que las flamas del recinto infernal. Lucifer jamás ha presenciado tal cantidad de pecado y maldad, no sabe cómo proceder, descubre hasta sus últimos trucos, se entrega por completo. Eva, siempre seductora y sensual, discurre decepcionada sobre Lucifer, quien ahora sólo significa un encuentro casual.

Embobados, enamorados, Dios y Lucifer adoran a Eva por sobre todas las cosas, incluso por sobre sí mismos. Entregan sendos reinos por un centímetro de mujer, se abandonan a la locura carnal, pierden ahí el alma. Ya no más deidades, Eva los desprecia cual gusanos.
Inteligente, humano, Adán ya no busca a Dios. Reconoce el fracaso de su padre. Tampoco busca a Lucifer, pues nada tiene que ofrecer para un hombre tan altivo y poderoso como lo es Adán. Aunque anciano, él confía en su original costilla, sabe que tras el reencuentro con la figura jovial de Eva, su propia armonía resurgirá. Entrega su alma, libre y total, a las fervorosas manos de su mujer; él ha encontrado en Eva una deidad digna de eterna dilección. Eva es el verdadero Amor Supremo.

Kobda Rocha

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