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La especie decadente

Víctor Cota seguramente habrá creído que, si todos los profesionales y expertos de todas las diferentes áreas del conocimiento humano aceptaran abierta y oficialmente que la estupidez humana existe, el mundo sería ―si no más próspero, al menos sí― más sincero.

Es un hecho, la estupidez existe. Por consiguiente, la gente estúpida también existe. Víctor Cota tenía razón; el problema con el mundo hoy en día es que la absurda idea de que todos somos iguales, de que todos valemos lo mismo, de que todos podemos hacer cualquier cosa, es una posición recurrente en nuestro desempeño social. Y digo social porque en lo moral no estamos del todo convencidos, lo que es peor porque se ejerce una actividad sin creer plenamente en ella. Lo mismo sucede con las religiones, los partidos políticos y el cine hollywoodense; ninguno nos convence al cien por ciento, pero igual los ejercemos deliberadamente (acaso inintencionadamente).

Esto no podría ser menos que erróneo. No podemos pensar que un ciego y un mudo son iguales a un sordo y a un sidoso, y que ellos son iguales a un inválido y a un anciano, y que todos ellos son iguales a un infante y a un abogado e, incluso, a un atleta y a una prostituta. Es explícitamente obvio que todos son diferentes entre sí y, por lo tanto, deben desarrollar roles sociales totalmente diferentes. La cuestión es que nadie se atreve a decirlo ni, lo que es peor, a aceptarlo públicamente. Muchos lo piensan lo creen lo saben, pero lo reservan para sus introspecciones. Sin embargo, si alguien lo dice, aunque la mayoría esté de acuerdo, todos dirán que está mal, que no debe ser así. Todo el mundo defiende la premisa de la igualdad, aunque nadie la cree cierta.

Así como hay ciegos que se desempeñan como ciegos y obesos que se desempeñan como obesos, también hay estúpidos que se desempeñan como estúpidos. Hemos optado por llamarlos gorditos y débiles visuales o llenitos y personas con capacidades diferentes; los ancianos son personas de la tercera edad o adultos mayores; las prostitutas son mujeres de la calle o damas públicas; los pobres son personas con bajos recursos. A todos ellos se les cambia la denominación para evitar todas las implicaciones y, por supuesto, también todas las responsabilidades que pudieran suscitar para sí o para otros ―sobre todo para las instituciones políticas―, aunque ¡claro! a nosotros nos dicen que es para ser iguales.

Es bastante irónico decirle gordito a un obeso o decirle persona mayor a un anciano, sin embargo, cuando menos, se reconoce su existencia; sí, una existencia bastante degradada ―pues, como afirma Ngozi Adichie, evitar llamar negro a un negro es más ofensa para él que simplemente llamarlo negro sin dar mayor atención a ese detalle, pues la carga despectiva no está en la palabra (la cual sólo adjetiva su piel) sino en la percepción semántica que alguien tiene de ella―, pero al menos se reconoce su existencia. En cambio, los estúpidos son ignorados por completo. Y en este mundo no hay mayor barbaridad que pretender absueltamente que todo un grupo social no existe.

Imaginemos que se ignora la existencia de los criminales, que pretendemos por un día que no existe la gente malvada (aunque sepamos que sí, pero sólo pretendemos que no); seguramente sería el día en que se registren los índices más altos de delincuencia. Tal vez eso es lo que hacen los personajes que ejercen el poder político, simplemente ignoran la existencia de los pobres y ya ¡asunto arreglado!

Víctor Cota denuncia esta conducta y sugiere a los profesionales que se estudie de cerca el fenómeno de la estupidez. Entonces, uno no puede dejar de preguntarse «¿y para qué, con qué fin?» y formular conjeturas sobre las intenciones que él habrá tenido. Mi hipótesis, aunque no es la única que puedo formular pero sí es la única que quiero creer como posible ―aunque sea en mínima medida―, es la siguiente:

Divertimento puro. Diversión y nada más. Si uno viera a los psicólogos enfocando sus recursos en explicar la estupidez, no habría más opción que echarse a reír intensamente. La pobreza se ha explicado mucho, se le comprende y hasta se sabe cómo puede solucionarse; y, de todos modos, no se ha hecho nada. Lo mismo con el fanatismo, el narcisismo, el nepotismo, el cainismo, la corrupción, la misantropía y tantas otras. ¿Cuál sería, entonces, la diferencia con la estupidez? ¿Para qué serviría explicarla si, de cualquier forma, no se haría nada para solucionarla? Pues, sencillamente, para echarse a reír.

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Higaditos a la diabla

Arribar a cualquier teatro en cualquiera de estas tardes flamígeras bajo un sol canicular que todo lo vivo deja tostado y tener que esperar afuera sin árbol que gentil ofrezca sombra alguna, sin techitos ni marquesinas protectoras y sin una sola valiente nube que se atreva a entrometerse cielo arriba entre el astro rey y los pobres espectadores haciendo fila sin protección redentora contra los candentes rayos del sol emperador sería la experiencia más aterradora y horrible en que uno pudiera encontrarse, motivo suficiente para abandonar misión y marcharse a cualquiera otra actividad en tanto tenga sombrita. Pero los del Foro Doble Nueve son unos genios: apenas uno va llegando al lugar, a la banqueta, a la acera incluso a unos metros todavía lejos de la entrada, y una mano amiga se extiende ofreciéndote una sombrilla para cubrirte del poder incendiario del sol. ¡Gracias! Sin ese empático gesto, la piel de los asistentes quedaría más chamuscada que en comal.

Una vez concedido el ingreso y devuelta la sombrilla prestada, hay que subir varios pisos por un cilindro de concreto diseñado muy pragmáticamente. La escalera en caracol no permite la visión a la meta, dejando en claro que todo camino en dirección al cielo, a la gloria y a la felicidad suprema (como lo es el arte en general y el teatro en específico) no debe ser un derrotero recto, llano, simple ni aburrido. Y es por eso que uno llega brotando sonrisas y algo mareado, pero no por la escalera de caracol sino por el texto que se lee en la pared a lo largo de la subida: nada más y nada menos que las «Instrucciones Para Subir Una Escalera» del único y maravilloso Julio Cortázar.

Una vez en el familiar y acogedor ambiente del foro, es inevitable chulear la disposición del espacio y el diseño tan sencillo como fascinante; tiene ese bello encanto de las cosas simples, sin ostentosos ornamentos que distraigan la atención pero con aquel no sé qué que deja el alma atónita. Luego de entretenerse mirando la creatividad de las butacas y decidirse ya por tomar asiento finalmente, hay que hacer notar necesariamente la estructura cubista, surrealista, mecánica y geométricamente retadora que se ubica en el centro del escenario. Las imágenes proyectadas sobre las cortinas en forma de ‘V’ adquieren un orden estrafalario por los pliegues ondulados y la esquina hundida hacia atrás, a más de la figura cuasirrectangular semirromboide tipo camastro al centro del escenario que con sólo tratar de  descifrarla se va la imaginación hacia lugares inusitados. Ahora, la piel chinta y las expettivas al por mayor.

¡Y comienza la función!

La masacre del 3 de mayo perpetrada por la infantería francesa en Madrid contra los rebeldes, opositores y revolucionarios patriotas españoles fue una orden mandataria del emperador Napoleón Bonaparte en 1808. La pintura de Goya mostrando a los mártires sacrificados, detenidos por la guerra, caídos por el honor, descubre a un valiente madrileño enfrentando su destino con valor, encañonado por las armas francesas, sirviendo de bastión para sus compatriotas, dispuesto a morir por su virtud.

Y aparece Marcos Celis en escena, el vivo retrato de aquel personaje en el lienzo de Goya, como si dios hubiese tomado la pintura cual modelo y de allí moldeara al actor en carne, hueso, sangre y espíritu. Pero el rostro no viene solo, sino acompañado de movimientos asustadizos, incautos, temerosos y un discurso poético, político, portentoso y poderoso en todos sentidos. Cada palabra, cada silencio, cada mirada y cada giro de la estructura geométricamenteretadora hacen de este acto una verdadera joya de emotividad.

Una cortina se abre. Un caminar, dos larguísimas piernas, interminables. Un par de tacones altos. Un fantasma transparente. Un halo de inquietud, de incógnita, de zozobra incluso. He ahí la contundente revelación de Alice Dutailly… y con ella vuelve la batalla con lo franco, lo foráneo, lo informe del abismo.

Así dialogan los cuerpos, las miradas, los movimientos y la poesía, desfilando eternamente cual uroboros cíclico del hado inevitable que asalta a la humanidad. La guerra y la paz; la libertad y la opresión; la injusticia y el idealismo; la vida y la muerte; el miedo y la valentía; la furia y la pasividad; el hombre y la mujer; el amor y el vacío.

‘Mon Petit Hígado’ es un delicioso encolado de arte y corazón engendrado por los talentos de Bocamina Teatral. Una interpretación increíble de una obra excelente en un foro maravilloso bajo la dirección del genial Daniel Rivera Rubio, todo lo cual termina por dejarlo a uno rendidamente enamorado… ¡de todo!: de la experiencia, del espacio, de la propuesta y de la poesía. Pero, y entonces, ¿qué queda después del amor?

No se pierdan esta experiencia, y aún queda una oportunidad, pues este fin de semana, 24 y 25 de junio, serán las últimas funciones de esta obra tan sabrosona. Ya se la saben, el Foro Doble Nueve los espera con los telones abiertos en Carretera Las Bombas-La Paz Km2, Col. Adolfo López Mateos, a un costado del «Club Deportivo Terrazas», Pachuca de Soto, Hidalgo. Teléfono: 7716997572 y claro en sus redes como Foro DobleNueve

 

Kobda Rocha

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Los libros no sirven para nada

Salvo para detener la puerta cuando hace calor, estabilizar los muebles cuando el suelo está chueco, avivar la lumbre de una fogata, adornar pretenciosamente la oficina y presumir una enorme pila de textos que a nadie importará si has leído (o escrito), los libros no sirven para nada. No sirven para ganar más dinero ni para ascender de puesto, no sirven para resolver problemas familiares ni para ser popular en la escuela, no sirven para calmar el hambre ni para detener una hemorragia, no sirven para reparar el coche ni para pagar las deudas, no sirven para lavar la ropa ni para trapear el piso, no sirven para sobornar a los policías de tránsito ni para salvar a las especies en extinción. En fin, los libros no sirven para nada; somos nosotros quienes debemos servirles a ellos.

 

Kobda Rocha

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Apología de un escritor

No recuerdo mi rostro. No recuerdo mi cuerpo. No recuerdo la forma de mi espalda ni recuerdo quién era yo cuando solía ser yo, antes de ti, antes de mi padre, antes del mundo, antes de todo. La vejez me persigue por la vida, va conmigo a todos lados, me ha besado las manos desde que nací; la tristeza nunca estuvo presente, pero dos ríos de sal brotan fríos cada mañana; la gente me abrazó fuerte y largo, dejándome solo. No hay razón para llorar ni razón para reír.

Tristeza, Solitud y Vejez son mi dios. Me han creado, me han criado, y luego me matarán. Mi destino está sujeto a su voluntad, mi futuro depende de sus decisiones. Un hombre no es sí mismo sin su dios. Tenemos un lazo sagrado sin alabanzas, sin plegarias, sin amor.

He vivido pleno como todo ser humano lo ha hecho: atado a un gobierno, a una nación, a un apellido, a un idioma, a un sueño. Mi vida no depende de mí, mi muerte tampoco, ni mi cuerpo, ni mis ideas. Yo no soy yo. Sólo soy una transformación más en el sistema evolutivo de la especie. Soy quien debía ser hasta donde pude serlo.

Los caminos recorrieron mis pies, los sabores probaron mi boca, los placeres banales disfrutaron mi cuerpo. He vivido muchas veces en distintos lugares, momentos y estilos. El precio de vivir tantas veces es morir una sola vez, y mi crédito pronto terminará.

Hoy tengo más recuerdos que planes. No distingo entre mi vida y mis libros. No me arrepiento, no me disculpo; tampoco me alegro ni presumo. He vivido tantas veces, he vivido tantas vidas. Otros como yo dejaron su testamento en mi alacena, me obsequiaron sus romances, sus problemas, sus ideas, sus vidas enteras en unas cuantas páginas, en unos cuantos óleos, en unas cuantas partituras, en unas cuantas cintas, en unas cuantas enseñanzas, en unos cuantos consejos.

Yo soy la vida de otros como yo a través de sus letras. Ahora, ante la muerte y ante mi dios, dejaré estas letras en tus manos… No las dejo para que vivas mi vida, no las dejo para que aprendas de mí, sino para que lo evites.

 

Kobda Rocha

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El envase depositario

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Se nos ha dicho siempre que cada persona tiene un cuerpo y un alma,  que cada cuerpo tiene un corazón y una mente, que cada alma es perenne y trascendente. Se nos ha dicho que el cuerpo es el envase y que el alma es el huésped irremediablemente precario. Se nos ha dicho que el corazón alberga los sentimientos y que la mente resguarda las ideas. ¡Pero ya no más! Debemos dejar de creer en absurdos arcaísmos y debemos comenzar a formular nuestros propios principios filosóficos, ideológicos, teológicos y morales. Los sentimientos son sólo ideas afectivas y primitivas, tan casi instintivas. No hay amor en el corazón, lo hay en el pensamiento; no hay dolor de pecho, lo hay de cabeza; no hay tristeza en la sangre, la hay en las neuronas. Todo lo demás es pura biología, anatomía y fisiología. Tampoco la noción de pertenecer las ideas a la mente es del todo acertada. Las ideas están en la experiencia, en lo vivido; si estuviesen verdaderamente en la mente, cualquiera podría tener las mismas ideas, cualquiera podría haber escrito Pedro Páramo, La ciudad y los perros, o componer Let it be, Bohemian Rhapsody, en fin…

Por último, y quizá sí lo menos importante, no todos los cuerpos tienen un alma… hay algunos que tienen dos o más.

 

Kobda Rocha

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A tiempos desesperados medidas desesperadas

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Uno debería fijarse un límite de estupideces por día, después callar y aquietarse. Se podría comenzar con, digamos, 288 estupideces al día; es un buen número para empezar, pues tendríamos tolerancia de cometer una estupidez cada 5 minutos. Tal vez para algunos sería más pertinente comenzar con un número más alto, digamos 1440, para poder cometer una estupidez por minuto. Además, restándole el tiempo de sueño, hasta nos quedaría la oportunidad de hacer o decir alguna estupidez cada 45 segundos; ahora que si alguien duerme más de ese porcentaje, entonces podrá despertar cada día sabiendo que cometió al menos su primera estupidez mientras dormía.

Sé que sería difícil esperar 45 segundos, ya que regularmente no dejamos pasar tanto tiempo entre una estupidez y otra, pero eso es precisamente lo bonito de esta propuesta. Imaginemos que ya se agotó el límite de estupidez en el día y apenas son las 7:30pm… bueno, pues entonces a callar y quedarse quieto: no hacer nada, no decir nada. Ni siquiera para hacer cosas buenas e inteligentes, porque la verdad es que la estupidez brota de nosotros incluso en los momentos de mayor lucidez.

Hagámosle un bien al mundo y quedémonos mudos e inmóviles tras alcanzar el límite de estupidez fijado. Poco a poco, iríamos aprendiendo a moderar nuestro comportamiento y lograríamos cometer nuestra última estupidez justo antes de dormir. Una vez que pudiésemos regular nuestra estupidez con ese límite, sería momento de reducir el número, digamos a 1152; así, podríamos cometer una estupidez cada minuto y medio. Gradualmente iríamos reduciendo el número (El límite se podría fijar como usted quisiera: cada dos minutos quince segundos, cada siete minutos y medio, en fin, ¡usted marcaría ese límite!): 576, una cada tres minutos; 72, una cada quince minutos; una estupidez por hora; y así hasta que, eventualmente, lográsemos cometer dos, una, o incluso ninguna estupidez al día.

Esto sería ―hay que estar conscientes― un proceso muy largo, y algunos quizá morirían antes de alcanzar el dominio total de su estupidez. Mas ¿no creen que valdría la pena intentarlo?

Kobda Rocha

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Noire

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Todo en este mundo es constante y para todo hay consumidores. Algunas veces se ven cosas inútiles y horribles en tiendas departamentales, como si ya no supieran qué hacer con tanto dinero y tantos recursos y entonces lo desperdiciaran produciendo cualquier estupidez material que se les ocurre cual escupitajo espontáneo y sin finalidad, pero resulta que hay personas que lo compran, y no son precisamente las personas adineradas que les sobra el dinero y lo desperdician comprando cualquier idiotez mercantil, ¡NO!, en verdad lo compran personas clasemedieras o inferiores. ¿Por qué? Nunca lo sabremos, a pesar de lo que opinen los sociólogos, psicólogos e historiadores.

Quien no está inmerso en los oscuros sonidos del Black Metal seguramente pensará lo mismo, quizá del metal en general. Aunque a veces los mismos metaleros adeptos de otras subramas del género no terminan por comprender al black. Y es tan incomprendido que hasta han surgido bandas cristianas de las cual no hablaremos porque son tan absurdas que no merecen ni tantita pena. Lo cierto es que, cuando no estamos envueltos en el contexto de alguna corriente, suele parecer que no existe, que está olvidada, añejada o que se ha vuelto por más repetitiva. Bien, a continuación presentamos tres álbumes que demuestran todo lo contrario, que el Black Metal está muy vivo, muy propositivo y original, además de ser objetivo y tener una función en la existencia.

  1. Svindeldjup ättestup de Armagedda. La impresionante continuación lírico-conceptual y musical de Ond Spiritism. Seis años después de su último disco, el que parecía su máxima obra maestra, aparece este nuevo y majestuoso discazo no sólo superando todo lo que habían conjurado anteriormente sino también hermanando ambas obras en una sola y magnífica construcción descomunal. Es la continuación de un sueño hórrido, la segunda parte de una guerra infernal, la secuela de la perfección nocturna.
  2. Accursed Possession de Cultus Profano. Un extraño y rarísimo black metal gringo. Raro por lo gabacho mas excelente por lo musical. Un par de mentes increíbles que lograron conjuntar desde la tierra del color vívido y el aburrimiento suburbano un gran demonio helado, nórdico, ajeno a su tradición y a su historia nacional. Y no sólo es por lo raro sino por lo maravilloso que formaron, composiciones clásicas con elementos modernos y una atmosfera predilecta de las tinieblas y las flamas. ¡Imperdible!
  3. Argentina llegó para demostrarle al mundo que son los nuevos amos de las sombras. ¿Argentina? Sí, desde Buenos Aires germina el nuevo poderío, los actuales señores imperantes de la negrura auditiva: Los Males del Mundo. Después de que en 2015 los polacos Батюшка se colocarán como los reyes del género, cinco años más tarde, en 2020, Argentina les arrebata el cetro, el trono y la corona. Descent Towards Death es el disco que lleva la batuta actual de las penumbras, con una brutalidad infernal, un sonido que hace honor a los padres del género pero no los copia, los reinventa, los eleva, los magnifica. Esta banda merece toda la gloria de la oscuridad y toda la atención de cualquiera que goce con la música de lo negro, de la noche.

Kobda Rocha

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