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En silencio nuestras flores

Maldigo a Anna-Varney por el eterno sopor.

Desde que mi mamá se murió, ya nada es igual en mi casa. Ya nadie sonríe, pero tampoco se atreven a llorar. Mi abuela no habla con nadie, ni siquiera conmigo; sólo mira su altar y se pone a rezar para que todo esté bien. A mí me da miedo cuando reza. A veces imagino que la virgen se aparece y que revive a mi mamá, pero otras veces creo que Dios se la llevó porque necesitaba una mamá menos mala que la virgen.

Mi papá es muy bueno conmigo, casi no me regaña. Se enoja mucho porque dice que no tiene dinero y que porque mi hermano se fugó con mi prima; dice que el diablo se le metió a la cabeza. Yo digo que está bien que se hayan casado, porque mi prima es una buena mujer. Cuando era más chica, venía a visitarnos a la granja y siempre jugaba conmigo. Tal vez a mi hermano también le gusta que juegue con él.

El otro día fue el cumpleaños de mi mamá y fuimos al panteón a llevarle flores a su tumba. Mi papá chilló mucho y yo lo abracé para que no llorara más, pero después terminamos llorando los dos juntos. Mi abuela dice que a mi mamá le gustaban los claveles, pero yo prefiero llevarle orquídeas o bugambilias porque me hacen recordar el vestido morado que traía mi mamá cuando la encontramos en el matorral allá en el campo, y los claveles me hacen pensar más en la sangre y en Dios. Porque Dios es del color rojo como la sangre, y a mí no me gusta ver la sangre… ni a Dios.

Lo malo es que luego vino mi hermano y se peleó con mi papá. Mi hermano dice que él tiene la culpa de que mi mamá se haya muerto, pero mi papá sí la quería. A mí también me quiere mucho; y a mi hermano también, pero él dice que no. Cuando está contento dice que nos quiere a los dos porque los dos somos sus hijos y de mi mamá. Mi mamá era la más buena, porque nos quería a todos: a mi papá, a mí y a mi hermano, y a mi abuela. Yo también la quería mucho, y creo que todos los demás también.

Después se fue mi hermano y todo se puso más tranquilo. Yo le dije que por qué no había venido mi prima y dijo que porque no había podido, pero yo sé que es por mi papá. Ella tampoco lo quiere. Es que él ya no es como era antes cuando mi mamá estaba viva. Ahora siempre está triste y enojado y nunca está contento. Bueno, a veces sí está más feliz, cuando está conmigo y me cuenta historias. Ha de ser porque dice que yo le recuerdo a mi mamá, que porque me parezco mucho a ella. Yo digo que nos parecemos porque las dos lo queremos mucho; bueno, ella ya no porque está muerta, pero yo sí.

Aquí en la granja no hay muchas cosas nuevas. En el pueblo sí, pero casi no vamos para allá. Mi papá sí va diario a trabajar, pero nunca nos lleva; mi abuela y yo nos quedamos en la casa a cuidar a los animales y a darles de comer y bañarlos. A mí me gusta jugar con los pollitos, aunque mi abuela se enoja porque luego los aplasto. Pero no lo hago con querer.

De mi mamá sólo conozco una foto que está en la sala. Es de cuando se casaron mis papás y yo todavía no había nacido. Mi mamá se ve chistosa, yo no la conocí así. Siempre me decía que se veía así que porque estaba embarazada de mi hermano. Yo hubiera querido tener una foto de ella, de como yo la conocí, una foto que sí se pareciera a ella. A veces me da miedo que se me vaya a olvidar su cara y que sólo me acuerde de la foto de la sala. ¿Qué tal si se me olvida cómo se llamaba?; ¿qué tal si se me olvidan todas las cosas que me dijo cuando era más niña?; ¿o qué tal si se me olvida que ella era mi mamá? Yo no quiero que se me olvide. Mejor que me muera yo y que me entierren y que me lleven flores a mi tumba. Pero mi papá lloraría más y más fuerte ¿y qué tal si se muere? Y si se muere mi papá también, yo ya no sé si aguantaría seguir viva. ¿Y qué tal si me muero yo? Mejor que me la recuerde bien para que ya no se muera nadie más.

Hoy en la mañana, mi abuela se fue con mi papá. Dijo que iba a ver a su hermana que estaba en el hospital. Yo quería ir con ella, pero dijo que no tenía dinero para la camioneta. A lo mejor, si ella no se hubiera ido, o si yo me hubiera ido con ella, mi papá no hubiera llegado tan enojado. Ya me golpeó dos veces: primero una cachetada y luego un cinturonazo. Pero yo no le hice nada. Ha de estar enojado por mi hermano otra vez. Ojalá se hubiera muerto él y no mi mamá.
Lo bueno es que me le escapé. Ojalá que no me encuentre aquí en el establo. Hasta acá se oyen sus gritos… y mi nariz no deja de sangrar ni mis ojos de llorar. Si no me callo, me va a encontrar. Mejor me voy a esconder al matorral donde encontramos a mi mamá; ahí nunca se le va a ocurrir buscar.

Se hace tan difícil caminar con tanto estiércol. Si mi abuela no se hubiera ido, hubiera limpiado la granja y yo me hubiera podido escapar más fácil. ¡Dios mío, ya me vio! Ahora tengo que correr de a de veras o si no me va a matar como mi mamá.

Llegando al campo ya no me alcanza. ¡Ay, sí ya me alcanzó! El cinturón es de cuero y duele mucho. No sé si me pueda levantar, mejor me quedo bocabajo hasta que se me pase el dolor.

¿Qué está haciendo?, ¿me está metiendo el cinturón por las piernas? ¡Ay, duele! ¿Por qué me tapa la boca?, ¿no ve que estoy llorando? Me duele mucho…

Ahora me voltea bocarriba, y me dice que no le diga nada a mi abuela.

Ya se va…

● ● ●

¿Cuántos años pasaron en los últimos cinco minutos?

Ahora soy una anciana aburrida; soy incluso más vieja que mi abuela. Mis ojos no se atreven a ver, pero mis manos reconocen que es sangre lo que sale de mi cuerpo. Ya ni siquiera puedo llorar. Me siento como triste, y como sola. Desde aquí se siente el viento, y huele como a pasto húmedo. El cielo se ve tan bonito. El sol es muy brillante y bellísimo. ¡Cómo quisiera ver un arcoiris en el cielo! Que una nube se rompiera sobre mí; que mi madre no me esté viendo así desde el cielo en este momento; que las flores pudieran hablar, ellas que lo vieron todo… que pudieran explicarme lo que pasó; que no permitan que olvide el rostro de mi madre muerta, o el de mi padre vivo; que pudiera convertirme en una de ellas, y nunca levantarme de este campo hermoso.

Kobda Rocha

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Mis Niños Regordetes

¡Estamos de festejo! Justo hoy se cumple un año de esta sección, Digresiones Musicales. Aunque la mayoría de textos son míos, Kobda Rocha, en realidad la sección está abierta a quien tenga la misma afición por la literatura y la pasión por la música. De hecho, se han publicado textos de Natalia Balul, David Rodríguez, Santiago Segura, Mar Qin y Motorik. La variedad también se encuentra en la amplitud de géneros, pues estas digresiones abarcan desde el cuento, el ensayo, el relato, la crónica, hasta la poesía, las reflexiones, las críticas y las elucubraciones.

Hoy celebramos el primer aniversario de Digresiones Musicales y, como obsequio de cumpleaños, dedicaré esta publicación a un ejercicio autobiográfico que revise mi experiencia directa (activa) con la música. No haré un recorrido exhaustivo de mi papel como escucha, porque el camino sería casi insufrible. ¿Quién podría enumerar todas las canciones que han epifaniado su vida? No, iré directo al pasaje autobigráfico con, quizá, el mismo artificio literario ucrónico que la mayoría de ejercicios semejantes.

Cuando párvulo apenas, tras un amor no correspondido con las matemáticas, caí casi por accidente en el Conservatorio Nacional de Música. Lamentablemente, mis manos siempre han sido más lentas y torpes que mi cerebro; así que, a pesar de lo mucho que aprendía, me era complicado interpretar con precisión los movimientos más sencillos en cualquier instrumento que encontraran mis dedos. Al cabo de unos meses, fui expulsado irremediablemente.

Por el berrinche de habérseme negado la profesionalización en este arte, me dediqué a los ritmos más odiados por la academia: Punk, Heavy Metal y Cumbia. Por algún tiempo, fui miembro de Magia Musical, un grupo que amenizaba fiestas sociales (bodas, bautizos, XV años, etcétera). Corazones Rotos fue un grupo de viejitos enamorados auspiciados por jóvenes músicos sin escrúpulos. SICK ha sido la expresión más puramente contrasistema a la que he estado adscrito. Nastaroth, por su parte, fue la banda con la que experimenté la desazón de ganar un concurso. Crystal Lake, la nostalgia de aún tener sueños en la vida. El Fuego de la Luna Menguante… a la fecha no sé qué sonidos extravagantes eran esos ni tampoco sé qué hacía yo metido allí. Adnah como la experiencia más puramente glamurosa del medio. Blast, el proyecto fallido. Y, cual colofón, Las Ballenas Azules llegó para aliviar las grietas del alma.
Entre tanto armazón de aficionado, surgió un proyecto que sí logró su cometido, nos llevó a la cima (al menos a la más próxima), nos dejó experimentar en nuestras propias dimensiones y como únicos momentos en la vida todas esas sensaciones que los múltiples escenarios ofrecen a un artista. Más que música, más que Metal, más que una escena, más que una banda, uno podía sentirse en plenitud con el título de Artista. El proyecto se llamó: TronchaToro.

En las composiciones líricas de TronchaToro fue donde comencé a experimentar el artificio literario, el plagio, mi verdadero humor, el trauma, la carroña, la locura de crear como dios creando el universo. En lo musical… mejor escúchenlo. He aquí el link de la primera producción de TronchaToro, un disco titulado Mis Niños Regordetes.

https://soundcloud.com/kobdarocha/sets/mis-ni-os-regordetes

Kobda Rocha

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20 años ondeando la bandera del metal

Transmetal, desde su génesis en 1958, ha gozado una serie de cambios en múltiples sentidos. Y aclaro que he preferido usar el verbo ‘gozar’ y no ‘sufrir’ porque me consta que, a pesar de que todo cambio trae consigo una carga de peligro y nostalgia, la banda ha pasado a través de sus metamorfosis con más gozo que sufrimiento.

La alineación de integrantes ha tenido muchas etapas, como si fueran bloques discográficos. La única constante son los tres hermanos Partida Bravo: Javier, Juan y Lorenzo. Esta tercia de consanguíneos dio vida y ha mantenido en pie a la banda por más de treinta años a la fecha.

Diez años atrás, Transmetal contaba con Bruno Blázquez como imagen frontal. Junto a los Partida, él era un niño, aunque no por ello su calidad escénica era menor. Había un contraste bien marcado entre la experiencia de los instrumentistas y la jovialidad del vocalista. Sin embargo, más allá de provocar un descuadre musical, se complementaban. Los músicos se contagiaban de juventud y el mozo aprendía de los grandes. La imagen que proyectaban era estupenda.

Con esta alineación (Javier Partida en la batería, Juan Partida en la guitarra líder, Lorenzo Partida en el bajo, Bruno Blázquez en la voz, y Antonio Tenorio en la guitarra rítmica por cierto), grabaron un disco titulado 20 años ondeando la bandera del metal. Un título sin duda extrañísimo como sólo una banda latinoamericana podría nombrar su álbum, y no lo digo en afán despectivo sino con intención de remarcar la creatividad picosa que fluye por nuestra raza.

En general, el disco es bastante hosco, de tonos graves, de guitarras secas y bajos pronunciados; la voz de Blázquez también es mucho más gruesa que en sus dos producciones anteriores (El despertar de la adversidad y Progresión neurótica). El sonido podría parecer un experimento, sin embargo, la banda ya ha acostumbrado a sus fans a los cambios de estilo, así que uno escucha sin el prejuicio del que está enamorado de lo inmutable.

En esta digresión, aprovechando este álbum como hilo conductor, recomendaré tres canciones que me parece son una rareza no sólo en Transmetal sino en el Metal como género musical en general: 1) El rocío celestial, 2) El culto impío, y 3) El salvador negligente.

¿Qué tienen estas canciones diferente al Metal en general (salvo algunas excepciones)? Lentitud. Una característica que regularmente se le reservaría al Doom o al Gótico, quizá hasta al New Metal, pero que uno jamás lo pensaría en el Thrash, el Death, ni siquiera en el Heavy. Hoy en día parece que el Metal es una carrera de velocidad, como si eso hiciera mejor una canción. Ya nadie quiere desacelerar, se avientan cuatro minutos a todo lo que dan sus plumillas y sus baquetas, cuando a veces sería mejor un bit lento, lento… L – E – N – T – O

¡Transmetal lo ha logrado una vez más!

Kobda Rocha

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El Frente

Una era de imbecilidad: 

Guerra sagrada… sagrada estupidez.

¿Cuántos cadáveres para derramar una lágrima?

Lorenzo Partida

Uno nunca sabe dónde irá a encontrarse con la maldad en carne viva. A veces, la maldad sólo es un concepto abstracto que nada tiene qué ver con el ser humano; es un ente cornudo y colorado, un adjetivo prescindible, característica de villanos y criminales, una fuerza sobrehumana que nos amaga el día, una palabra con más religión que significado. Mas, algunas otras veces, la maldad parece ser el sentido más humano que poseemos.

Yo la conocí desde pequeño cuando mi padre, abrazado a la cintura de mi mamá, juraba por diosito que nosotros, su familia, éramos lo más preciado en su vida, que sin su querida familia moriría al instante, que no sabría qué hacer si le llegara a faltar uno de nosotros, que estaba tan orgulloso de su hijo como enamorado de su esposa, que nos amaba como no nos imaginábamos. ¡Por supuesto que era inimaginable! Cómo sabría un niño de once años si los golpes de la noche anterior habían sido reales o sólo una pesadilla abductora. Pues, aunque los moretones en la espalda y la sensación de huesos rotos eran bastante reales, el rostro amoroso de mi padre me sobornaba, me sedaba, me confundía.

A lo largo de mi vida he visto innumerables ejemplos de lo mismo. En la escuela, sobreviví (no sé cómo) al bullying. En la oficina, la maldita explotación y el miedo al desempleo me han torturado cada día desde la juventud. En la calle, con tanta rata, ya no se puede caminar a gusto; hasta para robarte veinte pesos y un mísero celular te sacan la pistola. El narco, los linchamientos, los secuestros, la envidia, el mal de ojo, los fraudes, el desalojo, la injusticia, la impunidad. Pero nada de eso se compara con la maldad que he visto aquí en el frente de guerra.

Al principio, todos creímos que esta guerra sería exactamente igual a las últimas: valientes soldados con armas de fuego distrayendo al enemigo hasta que alguien se decidiera a lanzar una bomba que pusiera fin a la disputa. Sin embargo, cuando finalmente se rompieron las hostilidades, no pasó nada, al menos nada belicoso; no hubo invasiones ni avionazos como cuando Estados Unidos encabezaba los movimientos beligerantes, tampoco hubo tropas militares marchando en territorio hostil. Sí, la milicia sigue jugando un papel importante en cuanto a política se refiere, pero ya jamás salen del territorio nacional. En un inicio, todo eso fue extraño, mas, como no había peligro de muerte, muchos ciudadanos queríamos enrolarnos para ayudar a ganar esta guerra.

Aún recuerdo con arrepentimiento el día que envié mi currículum para secretario de algún secretario del secretario de defensa. Como sea, me dieron el puesto y después de cuatro años me han cambiado de división tantas veces que ya no encuentro una real diferencia entre matar y servir cafecito con galletitas para las estrategas y generales, pues, al final, esto sólo es un empleo como cualquier otro donde hay que “hacer lo necesario” con tal de ganar unos pesos, porque no ya la guerra. Eso lo aprendí cuando estuve en la Oficina de Planeación y Desarrollo de Armas Bioquímico-Virtuales. Cuando me enviaron allí, no creí que en verdad existiera tal departamento, sonaba simplemente ridículo, pero pronto me estremecí al ver lo que se hace en esa oficina que más bien es algo así como un laboratorio de ingeniería computacional combinada con tanatogénesis inducida: de alguna forma, colocan enfermedades en simples actualizaciones de programas comunes en internet que, al ser descargadas en los dispositivos móviles, la salud de los usuarios se va deteriorando gradualmente con cada actualización hasta matarlos. Por supuesto, como en todas las divisiones, son mujeres quienes desarrollan tales armas; a los hombres se nos reservan las órdenes simples como “prepárame un café y, cuando termines, envías la actualización para el reproductor de música”, en cuya aplicación se incluye un prolapso neuronal o una psoriasis pustulosa.

Con el tiempo, uno se acostumbra a esta guerra. De hecho, ha dejado de parecer una guerra; incluso los noticieros ya no anuncian ataques bélicos, sólo informan plagas, epidemias, tendencias juveniles al vandalismo, inconformidad social, descompensación alimenticia, sedentarismo, psicosis, suicidios, como si fueran situaciones naturales y no ya algo provocado por alguna nación adversa. Las estadísticas muestran que el aumento en la tasa de mortalidad durante los últimos seis años es exuberante, mas a nadie importa esto. Mientras la guerra no llegue con armas nucleares, la población no se opone a ella aunque mueran decenas de millones cada año.

Aun así, nada de eso puede compararse con lo que vi hace unas semanas en el frente de guerra. En realidad, ya no es un frente como se lo conocía en las guerras anteriores, ahora sólo se utiliza el nombre para mantener la jerga militar aunque nada tenga que ver la función que desempeñamos los oficinistas en ese departamento. Lo que hacemos allí es matar, matar directa y firmemente, sin titubeos, sin enfermedades, sin delicadezas. Buscamos algún oficinista del bando contrario y, con un simple botoncito rojo (que jamás supe cómo operaba), le provocamos una muerte cardiaca súbita.

El Frente son pequeños cubículos alfombrados, cada uno con una computadora enorme, dos sillones reclinables, un gatillero y una estratega. La estratega se encarga de encontrar un blanco potencial, creo que con patrones psicológicos, no estoy seguro, y después el gatillero presiona el botón. Sí, te pagan por mover un dedo y presionar un botón, lo que es claro si se toma en cuenta la creciente popularidad del Tratado Feminista Militar: en resumen, se llegó a la conclusión de que las mujeres son mejores estrategas militares siempre que no sean responsables directas de alguna muerte. Y para eso nos contratan, para matar y servir café, lo segundo por convención social.

La maldad, ahora lo sé, es más pura en una mujer que en un hombre. Por cuatro meses fui gatillero de Sofía, la gran maestra estratega. Hacíamos buen equipo, ella me regresó la fe en mi nación y yo le preparaba mokaccinos exquisitos. A diferencia de la mayoría del personal con que había trabajado, Sofía jamás perdió el objetivo de esta contienda. Matábamos a diestra y siniestra, ¡y no sólo a los oficinistas! De alguna manera, ella logró decodificar patrones alterados para identificar a los gatilleros adversarios. En tres meses habíamos acabado prácticamente con esta guerra de seis años, nuestros contrincantes estaban a un paso de firmar el armisticio… Fue entonces cuando comenzamos a matar estrategas.

Yo no quería hacerlo, lo juro, pero sólo era un simple gatillero, no estaba en posición para oponerme ni para desobedecer las órdenes directas de una estratega como Sofía. Además, su argumento me pareció bastante razonable: matar gatilleros no basta, puesto que siempre contratarán más y más; al final, un gatillero sólo es la mano, hay que ir al verdadero problema: la mente detrás de la mano, es decir, las estrategas. También matamos generales, políticos, negociadores, gente a quien no se debe matar a mitad de las hostilidades, pero ella insistía en ir cada vez más allá, decía que matar ciudadanos no serviría de nada. Y a pesar de ello, pasamos dos días matando niños, luego fueron bebés recién nacidos.

Dejó lo peor para el final: convirtió la computadora del frente en una especie de incubadora biológica. Ya no matábamos niños, de hecho en los últimos días ya no matamos a nadie, ella dijo que ya no era necesario matar, que había encontrado la forma de ganar la guerra sin tener que quitar una sola vida más, y ¡claro que la apoyé, todo cuanto habíamos hecho hasta entonces había funcionado! Además, aunque yo sólo era el gatillero, las muertes se van acumulando en la consciencia de uno y yo ya no quería seguir coleccionando muertos. Pero muy pronto supe que esto era incluso peor que asesinar: primero, provocamos diástasis, abortos, y no sé cuántas cosas más a todas las mujeres embarazadas; y después, dejamos estéril a todo el mundo.

Sofía me dijo que la guerra era un ente abstracto ―como la maldad― y que la única forma de acabar con ella era acabando con quien la produce. Ahora somos la única nación que podrá tener hijos, puesto que atacamos incluso a nuestros aliados y también a todas las naciones que no entraron a la contienda, porque cuando vieran lo que podemos hacer, me explicó, tanto aliados como enemigos arremeterían contra nosotros, así que debíamos neutralizarlos indistintamente.

El mundo no verá más hijos que los nuestros. Dentro de ciento cincuenta años, no habrá más cultura que la nuestra, no habrá más bandera que la nuestra; es como aniquilar a todo ser humano sobre la Tierra y no tener el suficiente valor para suicidarse. ¿Puedes imaginarlo? Es como decirte que, en adelante, sólo tú podrás tener hijos y nadie más, que estamos dejando el futuro de la humanidad en tus manos. ¿No es ésa la mayor maldad concebible?

Kobda Rocha

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Aburrido / Bored

El aburrimiento es uno de los peores males del mundo. No el aburrimiento que nace del no hacer nada, ése en realidad es muy fácil de combatir; la inacción se contraataca con acción, el sedentarismo con movimiento y la nada con un poco de todo. El aburrimiento peligroso es el que nace de hacer (sobre todo cuando se hace mucho), hacer y hacer y hacer una y otra y otra vez sin descanso, sin cambio, sin variantes.

Uno pronto se aburre de los actos más simples, por mecánicos y habituales, como defecar o dormir. Para cuando uno cumple veinte años, ya no hay originalidad alguna en comer o bañarse; son actos meramente rutinarios… A menos, claro, que se nos presente un platillo exótico o una tina-casi-alberca de lujo. A los cuarenta, uno ya está aburrido de trabajar y de pagar impuestos. A los sesenta, uno ya se aburrió de aburrirse. Y a los ochenta uno ya está aburrido hasta de esperar la muerte.

Aburrirse, ¡pero aburrirse de veras!, es una de esas cosas que no se quitan con nada. Dinero, fama, poder, inmunidad, drogas, sexo son inútiles frente al aburrimiento. Lo peor de todo es que el aburrimiento también es aburrido. Y uno termina por aburrirse de amar, de sonreír, de vivir.

Pero todo esto tiene, como todo, un lado positivo: Cuando uno se aburre, entonces uno ya es adulto. Madurar es la clave. Ya no ser un adolescente que lucha y se rebela y exige sus derechos y pide justicia y busca el amor y defiende a sus amigos y quiere un futuro posible y hace cualquier cosa por cualquier otra cosa. ¡Qué aburrido! Mejor es madurar.

Kobda Rocha

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Las melodías de la paz

El pasado 25 de mayo (2019), en la ciudad de Pátzcuaro, Michoacán (México), se llevó a cabo el IV Encuentro BABEL al cual fui invitado. El evento es un encuentro de escritores y editores donde se tratan asuntos no sólo de creación literaria sino también de trabajo editorial y hasta de experiencia lectora. Como resultado de este Encuentro, se publicó la antología ALTAS y bajas, por parte de las editoriales Cartopirata, ENd0RA y Ediciones Ají, de la cual participo con un texto titulado El jenga de la felicidad. En fin, más allá de las grandes personalidades que participaron en este Encuentro y de las actividades que se desarrollaron en el mismo, lo que quiero es compartir una experiencia auditiva sublime en aquellas tierras michoacanas.

Al llegar, lo primero que lo recibe a uno es un gran monumento escultural con letrotas enormes que dictan la leyenda “Amor & Pátz…cuaro”. Seguido de un trozo del tronco donde fue fusilada Gertrudis Bocanegra, dama ingente y magnífica guerrera mexicana. Al final, un bloquesote con la figura de Tata Cárdenas y la nostalgia por la memoria de Vasco de Quiroga. El paisaje, como muchos otros paisajes, es encantador; sin embargo, el sonido es único. Hay que detenerse a escuchar con calma, sobre todo uno como viador, como paseante, como turista, foráneo, extranjero. He aquí tres experiencias sonoras magníficas.

  1. Detrás de la Casa de los Once Patios, se encuentra el Andador Madrigal de las Altas Torres, donde hay unas escaleras altas, altas, altas… Personalmente, no sentí que fuera taaan alto —quizá porque vivo en un estado de cerros y montes—, pero me parecía muy curioso escuchar a todo el mundo (turistas y residentes por igual) que era una subida muy fatigante. Muchos, inclusive, se quedaban a la mitad. Pero quien logra llegar hasta arriba se encuentra con una vista preciosa (supongo que atenderá a gustos, pero ni el Mirador El Estribo alcanza esta magnificencia). Desde allí se ve toda la ciudad: muros blancos, color hueso para ser un poco más exactos, techos rojos de teja, y cuatro torres campanario de cuatro templos resguardando la ciudad. Cuando las manillas marcan las once, los cuatro campanarios repican al unísono y ¡¡¡Puff!!! desde allá arriba se percibe el estruendo avenido de las cuatro esquinas de la ciudad. Ni un trueno anunciando una tormenta, ni una montaña derrumbándose por el terremoto, ni el rugido de todas las fieras es tan escabroso y salvaje como ese repicar tan abrupto.
  2. Caminando las calles de Pátzcuaro, llegué al Santuario de Guadalupe. Crucé el amplio atrio, leí las placas conmemorativas, y me dispuse a entrar. Cuando subía los primeros escalones para cruzar las puertas del templo, escuché un grito militar: «¡Atención!». Y en seguida la respuesta de los subordinados: «¡Sí, señor!». Entonces, me apresuré a entrar, la curiosidad se me había metido al pecho, ¿qué hacía un ejército en la iglesia?; además, un día antes me había topado con una policía civil camino al panteón, El Humilladero. Entré. Todas las bancas estaban echadas a los lados y había muchos niños bailando y brincando, usando el templo como patio de juegos. Así que arrancó la música: «Chu chu wa, chu chu wa, chu chu wa, wa, wa…».
  3. El lago de Pátzcuaro es uno de los parajes más bellos que he contemplado —no tanto por la imagen, sino por el concepto. El primer día, a mi llegada, un anciano que miraba con una infinita paz el gran lago blanco me dijo como queriendo salvarme de este mundo: «El cielo es un reflejo de nuestro lago. Si miras fijamente el cielo, podrás ver el lago en él.» ¡Cómo no encontrar a dios ahí! ¡Cómo no enamorarse! ¡Cómo no aprender a ser feliz! A la mañana siguiente, con la intención de escribir una carta, profunda y empática a través de estas eternidades, a la orilla del lago, mientras el sol comenzaba a surgir por debajo de las aguas tranquilas, comenzó a sonar una orquesta de aves sobre mí. Los árboles, hasta ahora dormitando por la noche, eran en realidad la morada de grandes familias aviarias. Los cantos eran variados, no distingo (ni reconozco) tantas especies, pero piénsese en el poema Cantos de pájaros de Humberto Ak’abal interpretado por cientos de aves al mismo tiempo, a la luz hermosa de la aurora sobre el lago maravilloso de Pátzcuaro… y ahí, en el hipocentro de la grandeza, un escritor pensando en el paraíso.

Kobda Rocha

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Antilógica reina

Hoy vi un muro (propiedad privada con renta comercial) pintado de colores aburridos aunque bastante conspicuos a decir del barrio y su nivel socioeconómico tan bajo. En ese ahora mural se anunciaba un Jaripeo… ¿Qué es eso? ¡Una cosa horrible! No sé exactamente cuál sea su definición lexicográfica, pero alguna vez tuve la desafortunada oportunidad de asistir a uno de esos y… Es como un viaje en el tiempo, como una regresión hacia un mundo involucionado con instintos violentos irrefrenables, apetitos sexuales incontrolables y estupidez humana inadjetivable. En fin, hay baile, música, comida, feria, apuestas, caballos, encuentros coitales, payasos, tabaco, cocaína, chemo, y litros y litros y litros y litros y litros de alcohol. El único dios, la única democracia, la única y absoluta verdad del universo es una Michelada.

El grupo estelar que musicalizaría el Jaripeo lleva por nombre “ECCEZO”. No quiero hacer una epigramática explicando todos los errores que lingüísticos, gramaticales, ortográficos, morfológicos, discursivos, lógicos, humanos, comerciales, mercadotécnicos, científicos, académicos, sociales y políticos que tiene la palabra (si es que podemos llamar a eso una palabra). Lo impresionante, y lo que quiero enfatizar, es el nivel de ignorancia que hemos desarrollado como especie. No es que ellos hayan nombrado así a su grupo musical, sino que nosotros (el público, la sociedad, el ciudadano común, la audiencia, los consumidores) hemos aceptado al grupo y hasta lo hemos hecho la estrella del Jaripeo. Si no podemos (debemos) llamar a eso ‘degradación moral’, entonces significa que la moral ya no existe… y por eso no se podría degradar…

Hoy entré en un gran dilema filosófico. ¿Para qué mi literatura? ¿Para qué LA literatura? Si un grupo musical se autonombró “eccezo” y son famosos, ricos y felices. Entonces ¿qué hago yo escribiendo? ¿Qué hago yo pensando? Le he dado tantas vueltas al asunto y creo que sólo me quedan tres opciones: 1) ezkrivir ma| y Иo pэnzar, 2) no escribir del todo ni pensar en absoluto, o 3) echarme una Michelada e ir al Jaripeo.

Kobda Rocha

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Pensamiento e individualismo

Hace unas semanas presenté un recital poético en el Corredor Cultural del Tianguis del Chopo y, después de la presentación, recorriendo los hondos catálogos musicales del comercio ambulante, me topé con un disco que hacía décadas no veía (ni escuchaba): República de ciegos de la extinta banda mejicana Resorte.

El disco es una joyita. Desde el primer track llegan los recuerdos: «Congregando a toda la raza de Latinoamérica en pro de los derechos humanos». Inevitable odiar a mi nación, mi país, mi república de ciegos.

De pronto, comenzó a sonar una melodía que había olvidado casi por completo y lo poco que recordaba no era tan impactante como ahora lo sentí. La canción es Think, y el mensaje es simple, directo y verdadero: ¡Piensa por ti mismo!

Probablemente, esto me pareció neurálgico porque recién he estado releyendo algunos títulos de Óscar de la Borbolla que resultan tan simples, directos y verdaderos como aquella canción: La rebeldía de pensar, El arte de dudar y La libertad de ser distinto.

Resorte con musicalidad, De la Borbolla con filosofía; Resorte con ritmo, De la Borbolla con argumentos; Resorte con el sonido, De la Borbolla con las letras; ambos sugieren (acaso piden) lo mismo de esta república: ¡PIENSA POR TI MISMO!

Kobda Rocha

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acosados nuestros indios murieron al luchar

Peleando por su cultura,
derramando sangre en las tierras,
castigados sólo por ser indios.
A. N. I. M. A. L.

Para hacer algo verdaderamente sublime no hay que ser sublime uno mismo ni querer serlo siquiera, basta con hacerlo. Una de las frases que más han impulsado a generaciones jóvenes actuales (dosmiles) es la sentenciada por Vladimir Putin: «Existen dos clases de personas: las que harán grandes cosas, y las que las están haciendo». Palabras dirigidas a jóvenes casi niños de su nación, quienes lo miran con respeto y acaso algunos con admiración; quizá por la labor mediática o por la organización cívica escolar, pero el hecho es que el impulso que se busca en los consejos de un alto mandatario sí lo hubieron encontrado aquellos aprendices atentos y críticos, audiencia del amado Vlad.

¿Y nosotros qué tenemos? ¡«Me canso, ganso.»! Lo que nos queda es una cabizbaja Latinoamérica que ya dejó de ser libre ha muchos periodos gubernamentales. A nosotros nos resta una raza sin fe, sin esperanza; más valdría soltar a Pandora, sacarla del zoológico y dejar que hiciera su revolución. No importa qué fuimos, ahora sólo somos una estirpe de gente masacrada, violada, decepcionada, sin fe, sin esperanza. Hemos nacido en una tierra de promesas huecas, de pasados sin futuro. Naciones divididas por billetes, pueblos unidos por injusticias, pobreza, hambre, tristeza y la guillotina del imperio norteño sobre nuestras almas nos han dejado impotentes, temerosos, indefensos, sin fe, sin esperanza. ¿Qué nos queda? ¿El arte? ¿La familia? El autoconsuelo, las migajas de un amor cinematográfico. Somos lo que queda de la humanidad cuando la especie da un salto evolutivo. Somos indios sin fe. Somos indios sin esperanza.

Kobda Rocha

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(h)om(i)nipresencia

La lectura pasiva de un texto es una pérdida de tiempo;
se requiere una lectura participativa, hay que re-crear el texto.
Raúl Alcalá Campos

Mi abuela era una religiosa, creyente, crédula; —no sé cómo llamarla— el punto es que trató por muchos medios y de muchas formas meterme a su dios en el alma. Por fortuna, las condiciones contextuales impidieron que mi contacto con la teología me hiciera cocowash. Por desgracia, la constante dubitación quedó impregnada en mi fe desde pequeño. No es que me importe la tendencia deífica o la humillación espiritual, lo importante es que ahora casi todo me parece estar relacionado con el diosito de mi abue. Por supuesto, la música no es la excepción; pondré tres ejemplos de cómo percibo esa omnipresencia divina hasta en las letras de las canciones más desinteresadas del quehacer teológico.

1. Perdido en la apatía de Lorenzo Partida. Al escuchar la canción, claramente se nota que el mensaje es romántico, pero… Además, ante la abierta declaración de Partida por clamar la presencia de un ser supremo, ¿cómo no escuchar una plegaria a dios en lugar de una declaración amorosa?

Estoy perdido sin ti.
Cuando en tu furia tú me apartas,
te necesito para ser más que una caricia.
Al menos hoy pon tu luz en mí.

¡Abrázame! Es tan grande el dolor
y mis esperanzas piden una prueba de ti.
Te necesito; estoy perdido en la apatía.
Al menos hoy pon tu luz en mí.

2. Necesito decírtelo de Los Cardenales de Nuevo León. Ésta es otra declaración de amor de un hombre hacia dios. Bueno, en realidad es hacia una mujer, pero cada vez que yo la escucho no puedo evitar dedicársela a ese diosito santo a quien le rezaba mi nana.

Necesito decírtelo, que tú sepas que te amo.
Es preciso que entiendas que te estoy necesitando,
que ya nada me importa —sólo estar a tu lado—,
que mi vida ya es tuya y tú ni cuenta te habías dado.
Dime con tus ojos (…pues es más que suficiente)
que para ti ya no te soy indiferente.

2.5 Si yo fuera él también de Los Cardenales de Nuevo León. Aquí dejaré ver en plena transparencia mi tendencia [¿psicosis?] a insertar ‘El Libro’ de mi abuela en todas partes. Lo que escucho en la letra de esta canción es al diablo hablándole al ser humano, convenciéndolo de que el dios padre no merece su fe.

Si yo fuera él, no te dejaría un momento
—ni siquiera un instante— de adorar.
Si yo fuera él, estarías conmigo en la gloria
y se tendría que hacer nueva historia
de lo que es el amor.

3. Tu falta de querer de Mon Laferte. Lo que todo mundo escucha en esta canción es un reproche despechado de una mujer hacia un hombre protervo (como acaso somos todos). Sin embargo, yo escucho un reproche despechado de una mujer hacia dios (quien también resulta protervo… acaso por ser hombre).

Te quiero ver…
Aún te amo y creo que hasta más que ayer.
La hiedra venenosa no te deja ver.
Me siento mutilada y tan pequeña.
Ahora dormiré muy profundamente para olvidar.
Quisiera hasta la muerte para no pensar.

Ven y cuéntame la verdad.
¡Ten piedad y dime por qué!
¿Cómo fue que me dejaste de amar?
Yo no podría soportar tu tanta falta de querer.

Kobda Rocha

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De las letras a los sonidos

Hoy quiero hacer una recomendación. Ya sé que las digresiones no son las acostumbradas reseñas de discos, así que trataré de no convertir este texto en un repaso del álbum. Sin embargo, la recomendación no la hago meramente por lo musical, sino por lo literario. ¿Literatura? Sí, algunas veces yo me pongo muy escéptico cuando se habla de difusión cultural (específicamente en lo literario), pues las fuerzas omnipotentes que controlan nuestra política, economía, medios, y demás, regularmente evitan que la cultura [entiéndase recreativamente] logre llegar al vulgo, porque (¡claro!) a ellos les conviene tenernos entretenidos con programas televisivos de contenido estúpido, libros bestsellers, películas jolibudences, y canciones que no canten más que puro amor y desamor.

La recomendación de hoy es el disco Tierras de leyenda (2000) de la banda Tierra Santa. Musicalmente, no me siento preparado para criticarlo ni siquiera juzgarlo —aunque personalmente lo disfruto mucho. Empero, líricamente hablando, es una preciosura de divulgación literaria maravillosa. Todos los temas revisan diversos pasajes:

  • Bíblicos. Sodoma y Gomorra resume ese capítulo, lo mismo que La Torre de Babel.
  • Griegos. La caja de Pandora y Caballo de Troya hasta sirven para usarlas como material pedagógico.
  • Históricos. El secreto del faraón muestra un panorama de los motivos egipcios para la momificación, y Una juventud perdida retrata el estilo de vida de aquellos periodos de guerra patriótica.
  • Literarios. La canción del pirata (que fue por la que llegué a este CD) es una musicalización al poema de José de Espronceda, el cual está fiel, íntegro e intacto.

Tras escuchar este disco, uno se pregunta por qué los compositores no utilizan este recurso más seguido. Es cierto que lo han hecho, y lo hacen, a veces en canciones o a veces sí en discos completos como éste; pero la verdad es que comparando los porcentajes con las canciones de amor y demás banalidades, el recurso literario no es muy concurrido (al menos en la mayoría de los géneros musicales. Así que esperemos que se siga produciendo esta mancuerna de sonido y letra para deleitar nuestras almas con arte sublime.

Kobda Rocha

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Con visión de poeta

Fotografías de Ana Cureño

Del 5 al 7 de mayo (2019) en la ciudad de Pachuca de Soto, Hidalgo (México), se llevó a cabo el 5º Encuentro Nacional de Performance (ENAPE V). Este encuentro, a pesar de su nombre, congregó a performers no sólo de Méjico sino también de Argentina, Brasil, Alemania y EEUU. Yo (Kobda Rocha) tuve el honor de presentar el recital poético «El Demoño & La Maldá», presentación inaugural del encuentro, por cierto. Debo confesar que llegué a sentirme ínfimo e intimidado por las personalidades que estuvieron presentes —aunque en realidad todos, grandes artistas, poseen una excelsa calidad humana y me hicieron sentir cobijado, ¡hermanado!, con ellos; habrá que imaginarse a un poeta y su miseria entre tan talentosos performers—: Erika Bulle, Eliana Gómez, G. Hurley Santos, Juan Pohls, Jesica Bastidas, Lorena Barrera, Dante Tapia, Fredy García, Laura Lubozac, por mencionar algunos. Por supuesto, maravillas hubo a borbotones… ni con toda mi teoría literaria, figuras retóricas ni poética estética podría describirlo con la precisa belleza, grandeza y plenitud con que lo viví. Lo que sí puedo decir es que este encuentro me dejó marcado, ¿para bien o para mal?, no lo sé —para mi oficio de escritor, quiero decir—, pero la marca ya está hecha.

En fin, para la digresión de esta semana, hablaré de tres performances que utilizaron el recurso musical (auditivo en general) de manera altamente loable.

1.- Performance, Xitlalli Treviño.

La petición inicial fue ir al fondo del escenario y mirar desde allí el teatro, pues todo se llevaría a cabo en sentido inverso al común: el público sobre el escenario y el desarrollo performático del lado de las butacas. La perfo planteaba la situación de una mujer violada; lo impactante fue escuchar la voz del grillito cantor narrando:

«Escondida por los rincones,

Temerosa que alguien la vea,

Platicaba con los ratones

La pobre muñeca fea.»

En el infinito abismo oscuro del teatro, la mujer depositaba su dolor en cada fila de asientos, de pronto se perdía entre las butacas vacías y uno no lograba visualizarla a través de la oscuridad de sus rincones.

«Un bracito ya se le rompió,

Su carita está llena de ollín

Y, al sentirse olvidada, lloró

Lagrimitas de aserrín.»

Nosotros, linaje humano, a salvo en la multitud del escenario completamente iluminado, tratábamos de generar algo de empatía (al menos, yo lo hacía). Daban ganas de bajarse de ese mundo escenográfico y en un abrazo largo decirle: «Muñequita, ya no llores». Pero al final, como pasa en la vida real, resulta muy difícil generar genuina comprensión, y uno se da cuenta que nosotros somos los mismos ratones que terminan por sentenciar: «Tontita, ¡no tienes razón!». En ese momento, uno quisiera dejar de ser humano y convertirse en escoba, recogedor, plumero, sacudidor, araña o viejo veliz. Y, entre tanto, la única certeza que atina a versar Gabilondo Soler es: «Tus amigos no son los del mundo porque te olvidaron en este rincón».

2.- Quisiera ser cabeza de medusa para transformar a todos en piedra, Huasmole Corp.

Objetos arbitrarios, luces esquizofrénicas, máscaras locas, movimientos extrañísimos, discursos apretujados y, sobre todo, un fondo musical repetitivo como base rítmica en loop. La secuencia termina con la irónica revelación de que esto es arte y se ofrecen reverencias. Entonces, todo comienza otra vez: los objetos arbitrarios, las luces esquizofrénicas, las máscaras locas, los movimientos extrañísimos, los discursos apretujados y, sobre todo, el fondo musical repetitivo como base rítmica en loop. Al final, otra vez la irónica revelación de arte y las reverencias. Después de nuevo los objetos arbitrarios, las luces esquizofrénicas, las máscaras locas, los movimientos extrañísimos, los discursos apretujados y, sobre todo, el fondo musical repetitivo como base rítmica en loop. Para acabar, viene la revelación del arte y las reverencias. Y nuevamente los objetos arbitrarios, las luces esquizofrénicas, las máscaras locas, los movimientos extrañísimos, los discursos apretujados y, sobre todo, el fondo musical repetitivo como base rítmica en loop. El arte, su revelación y las reverencias. Después de un rato, uno se da cuenta que lleva hecho piedra presenciando el mismo absurdo sisifesco por horas, tal vez días, años, siglos, generaciones enteras de humanidad repitiendo el mismo hado estúpido de la especie.

Una pregunta surge al lograr despegarse del asiento: ¿dónde está dios? En ese momento, no pude responder (porque estaba petrificado), pero ahora daré una aproximación: en el cielo veraniego sobre las praderas reduidas, en el trino matinal de los pichones, en el salto discreto de las liebres, en el arrullo de una madre despojada, en la risa chimuela de los ancianos, en la simple pregunta, ahí está dios.

3.- ¡No!, Santísimo.

Los ojos vendados, un hilo amarrado a la muñeca, la música hipnotizadora de Franz Velvet y un discurso complejísimo de filosofía científica. El mensaje es simple: todo lo que hacemos afecta al prójimo. No importa si somos conscientes, si sabemos cómo o por qué, no importa que no nos demos cuenta o que no nos interese, de cualquier forma todos estamos conectados de alguna manera: los muertos con los vivos, las mujeres con los hombres, los ancianos con los niños, los artistas con los religiosos, los filósofos con los criminales. ¡Todos estamos conectados y todo lo que hacemos afecta al prójimo!

Una eternidad después de quietud y estímulo sonoro, la indicación es moverse cuando el hilo se mueva, sin forzarlo, sólo seguirlo a donde te lleve. Caminar detrás del hilo, dejarte llevar por él. La siguiente indicación es descubrirse los ojos y, ¡BAM!, el hilo amarrado a tu muñeca está amarrada a una argolla en la espalda de Santísimo. Algunos necios que se resistieron y forzaron el hilo, o los que lo jalaron bruscamente, o los que lo rompieron, o los que trataron de hacer lo debido pero por descuido o accidente igual opusieron fuerza sobre el hilo, y aun quienes creímos no errar, todos habíamos lastimado al humano sostenido por nosotros. Debimos soportar su existencia mas, en cambio, la sangre corría y las heridas latían ya en su cuerpo. Metáfora performática de cómo nuestras acciones, nuestras ideas, nuestras palabras, nuestra sola existencia afecta a todo el mundo… aunque no lo sepamos, aunque no lo creamos, aunque no lo querramos.

Pueden escuchar un fragmento del audio en el siguiente link: https://www.facebook.com/ElSantisimoOzzie/videos/680241399091623/

Kobda Rocha

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