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Eppur si muove!

Recordemos la caverna de Platón, donde había un gran grupo de personas —¡toda una sociedad!— mirando hacia el fondo de la caverna permanentemente. Detrás de ellos está la boca de la caverna, una gran entrada que da paso libre a la luz del sol que, al atravesarla por completo, sólo refleja sombras en la pared del fondo. Estas personas pasan toda una vida, ¡construyen toda una cultura!, mirando esa pared de sombras, y nunca voltean hacia atrás; jamás salen de allí. Platón nos dice que cuando las personas se atrevan a salir de ahí dejarán de vivir en las sombras y finalmente verán la realidad —o, al menos, otra perspectiva de la realidad.

Nosotros, la generación del siglo XXI, ya volvimos la mirada; salimos y hemos visto la luz. Sin embargo, como predijera Lavaniegos, «la puerta de salida sólo es una entrada a otra realidad desconocida»; y vamos así, constantemente, de caverna en caverna; y estamos siempre en una cada vez más amplia y compleja que por supuesto es más difícil superar. Siempre vivimos… creemos que vivimos en la panacea absoluta, que no hay más verdad ni mejora. Y es por esa obstinación tan ciega que envenenamos a Sócrates, llamamos loco a Ptolomeo, exiliamos a Dante Alighieri, quemamos a Giordano Bruno, nos burlamos de Baudelaire y, para colmo, acusamos a 141 mujeres en el pueblo de Salem. Esto se pone en evidencia, por ejemplo, cuando hablamos de sexualidad. Hace algunos siglos (bien lo sabemos) era inconcebible hablar de ello; ahora ya es un poco más natural, por decirlo de algún modo inofensivo. Sin embargo, algunas veces todavía es un tanto alarmante cuando se trata no ya de sexualidad sino de sexo. Freud, («¡Ay, Sigismundo, cuánta vanidad! Infantiloide y malsano el orgasmo clitoriano…» eso lo saqué de una canción de Liliana Felipe); en fin, ¿no fue Freud calificado de indecente, de inmoral? ¿no lo llamaron pervertido, impertinente? Y ¿cuántos se negaron (y, aún se niegan) a reconocer su complejo de Edipo? Pero sólo es una caverna más de la cual salir. Otro caso: Hester Prynne, quien fue condenada a cargar la letra escarlata sólo por adúltera; ¡Por Dios, ¿tanta humillación por algo tan pequeño?! —que arroje la primera piedra quien esté libre de pecados (pecados de palabra, obra y pensamiento)— y no es por defender ni justificar el adulterio, pero esa clase de humillación es consecuencia de la ignorancia, la intolerancia y la estupidez.

Hablemos ahora de pornografía, la gran caverna del siglo XXI. Con sólo escuchar la palabra, algunos se incomodan y otros se molestan, algunos se ríen y otros se divierten, y algunos otros también se excitan. Playboy, Private, Brazzers, YouPorn, PornTube, xvideos: es morboso, dañoso, pernicioso, malsano, alienado, es simplemente insano. En cambio, el teatro de Wilmot, Justina y Julieta de Sade, El gran masturbador de Dalí, las orgías de Kirschner: eso es arte. ¿Cuál es la diferencia entre una y otra?

Cuántas veces hemos escuchado que la homosexualidad es una enfermedad. Cuántas veces hemos pensado que los gays son ‘gays’ por moda. Cuántas veces los hemos llamado locas, manas, ladies, girls, super-gays. Ah, pero la generación del millenium somos diferentes, distintos, incomparables. Ya no vemos desde la caverna las sombras de los maricones y los putas —¿o ‘las putos’? En fin, somos una generación permisiva, comprensiva, amante del ser humano y protectora de sus derechos. ¡Bien! Vamos por buen camino. Empero, ¿somos una sociedad realmente open mind o sólo respetamos el libre albedrío porque la mayoría cree que la mayoría respeta la naturaleza individual de las preferencias sexuales y su propia libertad de elección?

Todos: literatos llamados locos, poetas y escritores vetados, científicos condenados por herejes, negros discriminados por ser negros, mujeres aborrecidas por ser libres, putas detestadas por ser mujeres, homosexuales abominados por no ser mujeres. Todos son juzgados por igual, todos son juzgados por nosotros. Sí, somos nosotros quien los reprueba. Hablo de usted que me está leyendo. Hablo de mí, hablo de todos. Hablo de los chilangos, de los mejicanos, de los latinos, de los americanos, hablo de todos. Hablo de los seres humanos. Porque los mismos que están sentados en la caverna viendo la sombra de Cristo crucificado, son los mismos que están sentados en la sala de su casa viendo la sombra de Raúl Osiel Marroquín, el matajotos, sentado entre Javier Sicilia y Javier A La Torre. Y seguiremos haciéndolo hasta voltear la mirada y salir de nuestra caverna. Sexo, preferencias sexuales, entre filias y fetiches. ¡Dejemos ya de reputar con tantos prejuicios! En alguna ocasión, recuerdo que una muy buena amiga me dijo «Tengo relaciones tan íntimas con algunos de mis amigos, que es absurdo no llamarlos amantes sólo porque no nos acostamos». Y mi ex-novia me dejó porque dormimos juntos y no tuvimos coito. ¿Precocidad?, ¿novatada?, ¿o es una caverna más que ha sido superada? Al igual que Juan José, yo apostaría la visión de un Quijote contra la vista de un SuperMan.

Si usted es de las personas que ya no contraponen la ciencia con la religión, o de los que ya no escogen a sus amistades por su valor socioeconómico, si usted es de los que ya no señalan ni critican a alguien por sus preferencias (por la vida sexual que escogió), entonces con toda confianza puede mirar a la persona que se encuentre a su lado y asegurar no sólo que ya ha superado todas esas cavernas, sino que también está listo para dar el siguiente paso y salir de una caverna totalmente nueva: Zoofilia. La palabra del millón. Aquí es donde muchos se cierran y se encierran en su pequeña caverna. Quizá pensarán «¡Eso está mal! ¡Eso no es una relación, eso es bestialismo!». Algunos dicen que es antinatural; igual se dijo eso de los homosexuales en algún tiempo. Algunos dicen que no fuimos creados para eso; igual se dijo que los negros habían sido creados para ser esclavos. Algunos dicen que simplemente no deberíamos hacerlo; igual se dijo en algún tiempo que las mujeres simplemente no deberían votar ni estudiar.

Muchos se pondrán en el lugar de los animales, y exclamarán «¡Oh, y ¿qué culpa tiene el pobre animalito de tus perversiones sexuales?!». Nunca podremos discutir en la cara de Galileo hasta no entender por qué decía Eppur si muove, y tal vez nos contestaría: «Pues… te guste o no, la tierra no es el centro del universo, y tan no lo es que hasta se mueve —alrededor del sol. Ya lo creas o no, eso es lo que menos importa. Toda tu moral, toda tu ideología es irrelevante porque, sin embargo, se mueve.» Y aquí yo no estoy tratando de convencerlo a usted de creer en algo en específico, sólo lo estoy informando con la verdad. Y la verdad es que la zoofilia es tan antigua como el talento de los negros, la inteligencia de las mujeres y los machos homosexuales; así de ancestral. Claro, como todo enigma —en una sociedad tan represiva—, siempre hay que esconderlo, mantenerlo en secreto, lo hago pero no lo digo, me gusta, pero jamás lo haría, hay que disfrazarlo de algún modo para evitarse problemas. Tantos siglos, los homosexuales tenían familias —de hombre, mujer, e hijos— aunque fuesen plenamente homosexuales. Asimismo, los zoófilos tienen vidas comunes y corrientes para no fastidiar a aquellos que seguimos en la caverna. No se confunda, no le estoy diciendo que salga a tener sexo con animales. ¡No, no, por Dios! Como un homosexual nunca nos dice (o no debería decir) «Todo el mundo debe ser homosexual». Sólo es un poco de comprensión, tolerancia, respeto y empatía.

La verdad, la biblia ya reconocía la zoofilia, dice Lv. 18:23: «Con ningún animal tendrás ayuntamiento amancillándote con él, ni mujer alguna se pondrá delante del animal para ayuntarse con él, es perversión.» La reconoce, aunque claro la castiga. Pero ¿qué se puede esperar?, también castiga comer mucho. ¿Usted estaría de acuerdo con las ideas de un libro tan absurdo? La zoofilia está más cerca de lo que creemos. Por ejemplo: el doctor con la oveja en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo de Woody Allen; ¿no uno de los posibles orígenes del SIDA son las relaciones con los monos?; Leda y el cisne de Chavita Dalí; hasta los vampiros y hombres lobo son un acercamiento muy evidente, que obvio los imaginamos como semi-humanos para no sentirnos tan mal, pero en el fondo es esa misma atracción hacia el bestialismo, hacia el salvajismo animal; es más, hasta en nuestras canciones más románticas hacen el amor “como animales”.

Es un proceso muy sencillo. Primero [1], el mito de la Homofilia; es decir, la atracción sólo por la misma especie. Quién no ha visto un elefante con un caballo, o a un chango con una jirafa, o a un perro con un pato, o a un hombre con una gallina. ¡Es lo mismo! Todo está ahí en YouTube. Nosotros mismos idealizamos formas semi-humanas: los griegos exaltaban la belleza de Circe y de Medusa; en Egipto, Isis, la vaca; quién podría no ver atractivo a un Minotauro, al Macho Cabrío, a una Sirena, a un Hada, o a Tarzan (medio animal el tipo). Segundo [2], Antropofilia; es decir, el favoritismo hacia el hombre que hacia cualquier otra especie, ya del hombre por el hombre ya del animal por el hombre. Muchos gatos prefieren estar con su amo que con otros gatos; así también los perros, y está demostrado que sienten celos cuando te ven con tu pareja —no esos celos morales que nosotros conocemos, sino unos celos más animales, validando la redundancia—, algo así como King Kong. Y tercero [3], el Libre Albedrío, y el respeto ajeno por la libre elección. Stekel; la mujer que se untaba miel en la vulva para que llegaran las moscas a posarse sobre ella y entonces tenía un orgasmo milenario; el perro de Pavlov bien podría babear por un hueso que por la mujer de Stekel; ¿recuerda usted al ‘niño-gallo’?, quien imitaba el canto de los gallos para que le picotearan el pene; el Doberman de Snuff y la cabra de Sheitan. En ningún caso se le está haciendo daño a los animales, al contrario, suertudo el Capitán por que la güerita está muy buena; ellos sólo atienden a un mecanismo orgánico: la naturaleza de su instinto sexual (reproductivo). Y mientras éste se satisfaga, y no se les esté lastimando de otra forma… Eppur si muove!

Finalmente, repito: esto no es una invitación a fornicar con su mascota, sino una invitación (como lo hizo Platón con las personas de la Caverna) a voltear la mirada y ver la realidad —o, al menos, otra perspectiva de la realidad. Porque ver la sombra del respeto es vil irreverencia; brindar tolerancia sólo cuando se está de acuerdo es pura hipocresía; y pretender comprensión sólo porque parece correcto y no porque en verdad se entienda es perfecta estupidez. Graciela Baquero, en su poema Zoofilia, nos propone alcanzar una madurez social, mental y moral, como todas las grandes revoluciones, a través del cambio: un cambio interno, un cambio individual y verdadero.

«Soy el olfato de ese perro,

esa dirección que llega,

pone el hocico entre mis piernas y manso reconoce.

Es entonces cuando mi hembra

se queda sin mujer.»

Kobda Rocha

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Top albums

Un disco es una sola obra, es una unidad indisoluble, infraccionable en sus partes. Todo album es una pieza completa, dedicarse a una sola canción sería como leer un solo capítulo de un libro. Escuchar un álbum es una experiencia que debe vivirse de principio a fin, sin interrupciones y sin divisiones. Por ello, he aquí mis más altas recomendaciones a mi personal top de discos perfectos.

A) El Amor Supremo de Transmetal. Una revisión conceptual del mito cosmogónico de Eva y Adán. Musicalmente, el disco forja un hilo perfecto entre track y track para sustentar el discurso lírico magistralmente escrito por Lorenzo Partida. Éste álbum es mi favorito personal por lo que lo he posicionado en la cúspide de mi lista.

B) Blackwater Park de Opeth. Llevo aproximadamente quince años (desde que escuché por primera vez este disco) tratando de encontrar las palabras exactas para describir la sensación que esta obra provoca al escucharla. Sinceramente, aún no me atrevo a hacerlo. ¿Qué palabras estarían a la altura de tan magnánima obra maestra? Lo único que diré es que al subir el volumen, cerrar los ojos y no pensar sino sentir la música, el alma se transporta a otro mundo, a uno mejor, lleno de belleza, tranquilidad y plenitud.

C) Gymnopaidia Del Leteo de Eidyllion. Un sube y baja; ésa sería mi mejor descripción. Pasa por lo melódico y lo apacible, por lo agresivo y lo aterrorizante, por lo complejo, lo instrumental, lo sinfónico incluso, lo medieval, lo oscuro, lo natural, lo etéreo, lo espiritual, lo visceral, lo corrosivo, lo sensible y lo violento. Este álbum es un recorrido por el corazón humano, por su espíritu y su mente.

D) Issues de Korn. Este disco es una película de terror. La construcción instrumental de esta obra se forja principalmente de sonidos experimentales entre mezclas de guitarras, efectos digitales, sintetizadores y un tratamiento de producción bastante quisquilloso. La voz de Davis está exhaustivamente trabajada para conseguir el impacto y la conmoción exactas. Además, las letras de las canciones hacen un recorrido de emociones extravagantes como sólo Jon sabe hacerlo. Simplemente, un discazo oscuro y poderoso.

E) Sing Along Songs For The Damned And Delirious de Diablo Swing Orchestra. El estilo de esta banda por sí solo ya es lo suficientemente innovador y bien construido para posicionarse al instante en cualquier top de sonidos perfectos. Y, por si fuera poco, se dan el lujo (o debería decir “nos brindan el honor”) de componer un disco sin topes, sin tropiezos, sin titubeos y sin sobrantes. Nada le falta y nada le sobra, así es DSO.

F) Κατά τον δαίμονα εαυτού de Rotting Christ. Un himno máximo a la oscuridad, el homenaje más alto al abismo, una majestuosa alabanza al gran demontre. Un trabajo casi enciclopédico en todos los sentidos: musicalmente, tiene cruces alternos de compases y un ensamble minucioso de instrumentos orquestales y paganos; líricamente, tiene un uso interlingüístico de griego, latín, inglés, español, francés, hebreo y otras lenguas ingentes que escapan a mi conocimiento; conceptualmente, tiene la exactitud de ser directo, redondo y claro. Una declaración, demostración y purificación de la evolución artística humana.

G) Burning: A Wish de Lacrimas Profundere. Doom, gothic, melodic rock o cualquiera que sea el género que se supone toca esta banda, éste es uno de los mejores discos de todos esos géneros. Emotivo, casi romántico, pero también triste y melancólico. Tiene sus guturales y sus sopranos aunque ninguno de los dos domina la totalidad de los sonidos vocales. Schmid hace un excelente trabajo con las líricas y el balance vocal; canta lo justo y justo cuando tiene que hacerlo. Musicalmente, tiene un hilo conductor armónico, todas las melodías circundan una misma serie de tonos que a ratos parece un disco de una sola canción, inseparable en sus partes. Simplemente, perfecto.

H) The Satanist de Behemoth. Si el gran emperador Lucifer ha esperado tantos milenios para recibir el halago perfecto, es sin duda este disco merecedor de tan alto título. Escucharlo, incluso sólo mirar la portada del álbum, es una condena blasfémica. He aquí la mayor tragedia del cielo y la mejor victoria del averno. Y todo eso sólo hablando del sentido conceptual y lírico del disco. Musicalmente, es un derroche de maestría, creatividad y verdadero espíritu artístico.

Kobda Rocha

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Paradise Lost: un homenaje

John Milton escribe sobre la espalda avenida de Eva, sobre sus espesos muslos, sobre sus ramas lisonjeras que a cada gota de Adán van regando semillas de placer. El autor escribe como si la hubiese conocido, la describe como queriendo conocerla. Uno se pregunta si, como Beatrice Portinari para Dante Alighieri, Laura de Noves para Francesco Petrarca o Maria d’Aquino para Giovanni Boccaccio, Eva encumbró toda idealización femenina ―acaso divina o incluso deífica― que para Milton representaba no ya la mujer en sí, sino el sentido orgánico del universo, el motivo inclemente de Natura o, por más simple, la absurda teodicea de dios. En este sentido, la intermitente ignominia de Mary Powell, Katherine Woodcock y Elizabeth Minshull no inspira (ni refleja) en absoluto la imagen generadora del escritor. De pronto, pareciera que la rectilínea realidad, por más que lo intentase, no puede alcanzar las secuencias zigzagueantes de la imaginación, como si el deseo fuera un simple artilugio creativo y no una necesidad percibida. Milton también escribe sobre el cuerpo humeante de Satán, sobre su amorfismo antropomorfizado, sobre sus pálidos lampadarios de tristeza y encono cuyos pedestales retiemblan con sendos augurios del Poeta Supremo. El autor escribe como si hubiera mutua identidad, lo describe como describiéndose a sí mismo. No obstante su genialidad, esta empatía no sólo hacia el ángel caído, sino también hacia el mal en general ―entendiendo aquí mal como ese reino de azoro y perpetuidad que plantea Milton― es una constante desde la dubitación teológica tras la invención de dios―ese dios omnicomprensivo en quien creía Milton, no el Dios menesteroso en quien nosotros no creemos. Por momentos, parece que esa afición por el infierno y su maldad no germina de la inconformidad literaria, sino de un inconformismo humano por más ecuménico y, a decir de nuestra humana verdad histórica, bastante connatural e innato, casi llegando al adjetivo ‘instintivo’.

Asimismo, Milton, en su texto Paradise Lost, cae en constante recurrencia al uso ―por no decir al abuso― de dicotomías preestablecidas, por ejemplo Eva-Adán, Infierno-Cielo, Satán-Cristo. Algunas otras, en forma mucho más innovadora, las carga de un sentido profundo y recóndito, acaso arcano, el cual aparenta suma lejanía con respecto del significante definido (es decir ‘lo significado’ o ‘lo que se significa’), aunque no por ello las presenta menos motivadas. Ejemplos de esto último son: Creación-Autarquía, Poder-Deber, Deseo-Lenguaje. Tales dicotomías están presentes a lo largo del texto de Milton, pero jamás se vislumbra cuál es el opuesto del Edén. Al parecer, Miguel conduce a nuestra estirpe hacia un páramo desolado cargado de incalculable miseria e infortunio transfinito, un llano cansado y mustio tan lleno de nada, un abyecto matusalén desvencijado tan fatigado y disperso como los dedos decrépitos del capitalismo; sin embargo, a pesar de los análisis literarios tan rigurosos ―y exagerados en el sentido de remarcar en insistente demasía tal relación de opuestos; en esencia, la exageración incide en la cantidad de ensayos dedicados a dicho asunto y en la pedantería, o fatuidad, de sus argumentos (en absoluto distantes de los míos, por cierto)―, esta campiña indómita destinada al exilio y la amargura no es el opuesto del Edén, sino sólo una excedente plétora de arrestos contra la humanidad y su futuro hado fatal nacido como resultado de la mundana batalla mas no como contraparte del campo de pelea. El Edén, en cambio, es más un concepto que un lugar, es más un qué que un dónde, es, en fin y en suma, más idea que estado. Más allá de una consuetudinaria oposición binaria, se esculpe en tinta polícroma una triangularidad sonora entre la imagen celeste, la infernal y la rugosa atópica del Edén. Otro concepto que tampoco tiene opuesto en el texto de Milton es el Creador. Por ningún motivo uno debe dejarse engañar si algún incivil y descarado intenta convencernos de que el tan mentado y célebre Satanás es la antípoda antonimia de dios. De hecho, si algún antitético adversario tuviera Lucifer, éste sería el reticente Cristo… tal vez también podría ser el apócrifo Adán… o el deshonroso Miguel… o el incorruptible Gabriel… o, incluso, hasta el réprobo pasional de Abdiel… o cualquier otro, o muchos (para mejor decir), pero no el Gerente de la gloria. Esto último, por supuesto, a nadie le interesa; sin embargo, es inevitable notar esa ausencia de contrarios en ambos casos: Edén y dios.

Por una parte, el sumo mandatario de las fulgurantes llamas es una proyección intelectual, sentimental, emocional, espiritual y metafísica del propio ser humano que lo conceptualiza. No atiende convencionalismos rigurosos ni entiende cualquier tipo de acuerdos sociales; en tanto sea un ímprobo acoplamiento de valores, de creencias, de juicios y prejuicios, de ideas preconcebidas, de supuestos teológicos, de opiniones infundadas, y de moralejas agrupadas en un gran mito antepuesto al orden correcto de la creación, el concepto ‘rey de las tinieblas’ seguirá siendo una honda construcción individual. Este término, por cierto, tiene una carga sarcástica ―si no es que hasta irrespetuosa y vilipendiosa―, puesto que no puede ser amo y señor de la oscuridad y de las sombras si en origen él es el eminente operador de la luz, el todo hecho de brillo y beldad, el gran endiosado por el alto resplandor del cielo, la verdad y la belleza. Si algo domina mejor que la luz, es la inteligencia, sino es que éstas son la misma cosa.

En realidad, el decano del averno se acerca más a la concepción de Santo Ángel que comprende Lorenzo Partida que a la de Padre Adoptivo de Charles Baudelaire. Por un lado, el Santo Ángel de Partida es un ángel caído ―descripción directa que retoma de Milton―, ahogado en tristeza eterna, extrañando con memoria melancólica el alto cielo al cual pertenece de origen, como anciano vagabundo añorando su niñez sólo por su casa con cama limpia, comida fresca y calefacción automática y no precisamente por el desdén de su padre. El Luzbel de Partida no es émulo enemigo del Creador, ni lo odia ni lo pretende destronar; en efecto, él desea con vehemencia posarse junto a dios y reinar a su lado, andar en universo y dimensión juntos de la mano con perfectas decisiones en armoniosa pareja, ser el cuarto ente para emparejar a la trinidad. El gran obstáculo entre ambos es el conflicto de intereses propiciado, en gran medida, por la obstinación del uno y la contumacia del otro. Por otro lado, el Père Adoptif de Baudelaire se apega al camino del crimen desenfrenado y la perpetua villanía, es el Hereje Rebelde que propone De la Borbolla, el sado-maquiavélico primogénito del Señor quien, como Caín, no entiende ni acepta que su padre exprese preferencia por el hermano bastardo hijo de la esencia y no del saber, hijo de la carne y no del amor, hijo de mujer y no de luz. El amo subterráneo, el científico del subsuelo, en términos Baudelaireanos, es el sabio supremo… y dios es sólo la errata inédita. Para Milton (como para el director mejicano Ismael Rodríguez …comparemos aquí, en este paréntesis, a los ángeles subordinados en Paradise Lost de Milton con los demonios infernales en Autopsia de un fantasma de Ismael Rodríguez: el dignatario de los cielos, más allá de ser creador, es regente y rector de todo ser sobre (o bajo) el universo; todo ente vivo o inanimado existente, ora en los mundos ora en los cielos ora en los infiernos, le debe sumisión, respeto y sobre todo obediencia―En Rodríguez, dios ordena a los diablos hacer el mal; en Milton, dios es el éter alquímico, la fragante esencia, alma intravenosa de todo ser, ánima inherente de todo cuanto habita en su vasta gloria, creación o alcance…), Satán es un cadete más en las líneas divinas, es un simple soldado raso desfilando entre las tropas celestiales, un obrero más. La característica que lo diferencia de sus compatriotas empedernidos es la insubordinación (además, agradecemos que haya sido Rodríguez y no Milton quien concibió la brillante idea de erigir un sindicato de ángeles y demonios).

Otro interesante dato compartido (esta vez con Dante… no como acaso estará pensando de La divina commedia, sino del tan manoseado tratado de lenguas vulgares) es el lenguaje. Si, como plantea Plutón, el idioma de Satán es aquel del Pape Aleppe, no hay razón valiosa para creer que la lengua del infierno sea distinta a la del cielo, ya que todos los ángeles caídos cayeron ―valiendo poco la redundancia― del mismo cielo donde habita dios porque antes fueron ellos mismos ángeles ―ahora sí importando lo redundante― y, si al caso habrá cambiado, lo que se habla es una variante dialectal un poco menos aspirada y quizá más aglutinante.

Por otra parte, la mujer del Edén es una fantasía, un simple sueño, una carga inexistente de utopía traída a fuerza de esperanza y voluntad a la consciencia masculina ―porque ninguna relación tendrá con la mujer, y si la tiene, ésta será en demasía distinta a la (o las) que pueda formular ahora― cuya intención es un básico deseo animal lejano a toda racionalización de la realidad. Eva es, como expresara Jodorowsky, una idealización pura del mismo Arquitecto Supremo ―porque no de Adán― y por cuya razón se encuentra más allá de la propia divinidad del éter celestial. Adán es una copia vil del Gran Señor en todos aspectos: fisiológico, intelectual, espiritual, sentimental y metafísico. Por contrariedad, Eva es una proyección idealizada del mismo Creador: ella es todo lo que él no tiene ni es pero desearía poder alcanzar, ella es todas las cualidades que él imaginó contenidas en un sólo ser, ella es el cuerpo complejo y la mente ideal, es el ánima simple y el corazón de ensueño, es todo eso que él no pudo ser, es todas sus ambiciones vitales y todas sus expectativas existenciales, todas sus más profundas esperanzas y confusas voluntades reunidas, todas sus fantasías íntimas entremezcladas, todo lo bueno, todo lo mejor, es el mismo dios pero sin tantos errores naturales.

Tomemos dos puntos de comparación: 1) La Mujer de Antonio Plaza, y 2) El Hereje Rebelde de Óscar de la Borbolla. Ambos textos, como el de Milton, relatan el pasaje de los primos humanos dotados de vida, cuerpo y consciencia ―como descubre Lorenzo Partida en cierto pasaje teológico, no hay necesidad alguna para creer que Adán y Eva fueron los primeros seres humanos creados por el Jefe universal, pero sí ―muy probablemente― fueron los primeros dotados de consciencia y pensamiento. El primero, de Plaza, establece la maravilla de Eva como algo supradivino, como algo fuera de las omniscientes manos del Alto Mandatario, alguien independiente, libre. Esta espontánea libertad de acción y pensamiento puede o no estar aprobada por el Jefe ―en realidad, eso es irrelevante―, lo importante es el hecho de ser Eva una tentación sexual y amorosa para dios… tanto como para Adán. En esta línea, el gran pecado de la dama original no fue la sublime tentación carnal de su compañero masculino, sino la mundana tentación pasional de aquel Inmemorial Inventor que reina en los cielos. El codicioso deseo de dios por poseer a la mujer de su propio hijo, el hombre, es tan extenso y efervescente que unos minutos después decide arremeter tremenda violación corpórea sobre María, la mujer de José. La incandescente ansia pasional hacia la joven María se torna insuficiente, puesto que el vehemente anhelo verdadero fluye con dirección a la anciana Eva. En El amor supremo de Partida sucede algo similar, con la pequeña diferencia de ser Lucifer quien hace justicia en Partida mientras que es Adán en Plaza, Rafael y Miguel en Milton, y ninguno en Jodorowsky. En el último, dios toma a la mujer de José, después a la mujer de Adán y, al final ―como si fuera un delicioso postre chocolatoso―, a la mujer de Zacarías. La idea es que el Regente Eterno no es (o, al menos, no parece) un ser todo bueno y todopoderoso, sino sólo un presto gerente con la autoritaria capacidad de dar órdenes y asignar tareas a sus subordinados, mas no una gran fuerza inmortal o deidad imparable e incomparable con la cualidad omnipotente de hacerlo todo él mismo.

El segundo, de De la Borbolla, desdibuja la belleza inalcanzable de Eva y la retrata como un ser rapaz y terrestre paralelo al macho de su especie. Eva ni es indomable ni se libra del castigo y la mirada del Gerente. La comparable diferencia característica en este texto es la rebeldía. En sentido estricto, no es precisamente rebeldía lo que experimenta nuestra madre hembra, sino autonomía; ella es independiente, posee criterio personal, inteligencia crítica, pensamiento libre, decisión y carácter. Esto no se aleja de la Eva de Milton, pero en uno piensa y desea por sí misma ¡y lo sabe… y lo acepta! mientras en el otro piensa y desea por sí misma, pero no lo sabe sino hasta ser obsequiada con el don de la sabiduría ―nótese que, para De la Borbolla, sabiduría no es lo mismo que inteligencia y, de hecho, entendimiento y pensamiento también son distintas entre sí; en síntesis, no existen los sinónimos absolutos en el lenguaje; por tanto, el sustentante de esta publicación (o sea, yo mero) está por completo de acuerdo con dicho criterio lingüístico del autor. Para Milton, tampoco hay mayor diferencia entre el hombre y la mujer, pero para el lector de Milton ―sobre todo para el lector astuto y cuidadoso― Adán es un autómata mecanizado designado para creer que cree con libertad y, en contraparte, Eva es un ser indefinido que, en efecto, cree con total libertad.

Kobda Rocha

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Top song endings

Una canción, mejor dicho, una buena canción, es un éxtasis auditivo. Es claro que la posición de una canción dentro de un álbum es muy importante, esto puede aumentar o disminuir la intensidad emotiva de la canción; sin embargo, las buenas canciones también deben poder funcionar por sí solas, independientemente de su disco y su concepto integral dentro de una obra mayor de un cantante o banda. Lo que es más, hay canciones que solitas te llevan por un mar de orgasmos auditivos en diferentes momentos (el intro, el solo, el intermedio, etcétera). En la digresión de hoy, haré mención de algunas canciones con los mejores finales que han pasado por mi rocola personal.

A) Invocation of the Continual One de Morbid Angel. Comienzo con esta banda porque el final de esta gran pieza es prácticamente una canción completa. Su duración es de casi diez minutos, y los últimos cuatro minutos son (repito) un salto melódico completo. Al minuto 5:20 hay un corte total, se detiene la música hasta el punto del silencio. Cuando entra de nuevo la instrumentación, lo hace con un cambio de compas, de tempo, de tono, de todo. La velocidad es distinta, el motivo es otro y hasta el tono ha variado indiscutiblemente. Y sin embargo, sigue siendo la misma canción y complementa la obra con un cierre exquisito. Además, todo esto sucede con una invocación en lengua hebrea y un solo de los mil diablos. ¡Una chulada de rola!

B) Deliverance de Opeth. Ésta es una canción que tiene una cantidad insospechada de cambios rítmicos y melódicos. De pronto es muy acústico, luego muy agresivo, muy rápido y después lento, guturales, voces limpias, solos y adornos por aquí y por allá. En fin, algo en lo que esta banda se ha especializado magistralmente. Esta canción, que es un buen resumen del trabajo conjunto de Opeth, tiene además un final impresionante. Un ritmo único contrapuesto entre sí: mientras la línea rítmica es pausada, grave y lenta, la línea melódica es veloz, aguda y continua; luego viene el sentido inverso y los roles van y vienen continuamente. Un final con un mismo ritmo de tres minutos que no cansa, no aburre, y al término uno quiere más y más.

C) Frozen Memory de Dark Lunacy. Otro final que bien podría ser una canción completa. Justo a la mitad del track comienza lo que uno, ingenuo en su primera escucha, interpreta como el intermedio de la canción. Pero la sorpresa es que ya es el final. Un vuelco de lo agresivo, rápido y oscuro a lo pasivo, armónico y complejo. Comienza un ensamble coral de voces femeninas al cual se le suma eventualmente la presencia de la voz masculina, en susurros, gritos, guturales y todo cuanto ha sido ingeniado para reforzar esta gran pieza. Es un contrapunto bellísimo aunado a una progresión sonora tan bien compuesta, ensamblada y ejecutada que uno simplemente agradece estar vivo para poder escuchar tal magnificencia.

D) Apology for Pathology de Haemorrhage. El último track del disco homónimo a esta canción. El género de esta banda es de esos demasiado acelerados, llenos de brutalidad; pero esta última canción baja sus niveles de velocidad aunque no por ello deja de ser feroz. Y al final de la canción, cuando parece que ya todo terminó, comienza una revisión del soundtrack de NekRomantik. No sólo la adaptación musical es pertinente y acertada, sino también la intención. Esa imagen que automáticamente viene a la mente del necrófilo masturbándose mientras se apuñala a sí mismo; el semen y la sangre brotan incontrolablemente a la par, confundiéndose el uno con la otra; luego, la eyaculación y el suicidio llegan a su respectivo final; la muerte y el orgasmo han llegado juntos. Así es este gran final de esta gran canción de este gran disco de esta gran banda.

E) The Satanist de Behemoth. Una obra maestra de principio a fin. El final tan catártico sólo es comparable con el intro tan impactante. Los tonos generales de la canción son la representación perfecta de los sonidos luciferinos más altivos. La filosofía lírica, la fuerza vocal, la firmeza instrumental, todo está puesto en el lugar exacto para formar una pieza digna de honores y alabanzas. Y aún hay más, porque el final es tremendamente desgarrador e inclemente. Primero, el grito develador “I am the great rebellion!”. Después, el solo… uno que no tiene descripción, debe ser escuchado y punto final.

F) Alegoría de Ultratumba. Esta banda es una de esas pocas que no han cometido un solo error en toda su carrera, tiene acierto tras acierto en cada álbum nuevo que componen. Liderado por Lorenzo Partida, este súper grupo ha sido sede de grandes músicos, tales como Víctor Baldovinos, Alejandro González, Iván Ramírez, Antonio Tenorio, Arturo Huizar, Ricardo III, Sergio Burgos, Juan Partida, Javier Partida, Julio Márquez y Gerardo Lugo. En esta canción se demuestra a toda magnitud la calidad de estos grandes talentos mejicanos. El recorrido es maravilloso desde los primeros segundos del track, la letra profunda y poética como siempre a manos de Lorenzo Partida y la música explotando el talento de todos los involucrados. Al llegar al final uno ya está satisfecho con el gran trabajo musical que tuvieron a bien desarrollar estas grandes personalidades; y, sin embargo, no ha terminado aún, ellos ponen en decreto que tienen mucho más que ofrecer y lanzan un solo sobre una alteración del tempo y el compás seguido de una reordenación del coro, además de una aparición totalmente inesperada del barítono Roberto Ramírez, lo cual agrega el ingrediente final para esta gran obra maestra.

G) Hasta que te conocí de Juan Gabriel. Éste es el pilón. Nomás pa que vean que se debe ser ecléctico. Y es que ¿quién no se emociona con el final tan estruendoso, tan lleno de emoción y sentimiento? Después de una intensidad lírica y vocal por parte del divo, llegan las trompetas casi como caídas del cielo anunciando el apocalipsis. Baile, llanto, emoción y mariachi. ¡Quién me va a decir que no es un final digno de esta lista!

Kobda Rocha

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Un arte bella

La música, en general, ya no es considerada un arte bella. Cuando, como un ejercicio de memoria nostálgica, pensamos en la música como una de las Bellas Artes, viene a nuestra mente la música clásica, la música de cámara, de orquesta o, si al caso, una ópera como a la que jamás hemos asistido. La música (¡la bella y artística!) la imaginamos fuera de nuestro alcance, fuera incluso de nuestra comprensión. El arte de la música, creemos, está en lo antiguo, en esa música que ya no se hace porque, así lo creemos, ya no existe. Pensamos que lo único que nos puede acercar a ello es una reproducción con una orquesta sinfónica a la que jamás hemos escuchado o un disco compacto con las Cuatro Estaciones de Vivaldi o baby Mozart. Sin haber escuchado jamás una pieza completa, decretamos que la música clásica no nos gusta, nos aburre, nos duerme, nos desespera. La música artística es para gente inteligente, eso solemos creer. Sólo a la gente lista le entra la música clásica, la música que es bella y artística. Ésta es la verdad con la que vivimos: hace falta ser inteligente para escuchar música clásica.

Todo cuanto he dicho hasta ahora ha sido mentira. Pero eso no lo sabemos porque ni somos inteligentes ni escuchamos música clásica. ¿Qué son las Bellas Artes y por qué la música es una de ellas? No desmentiré ni responderé ninguna pregunta por ahora. Me limitaré a poner una pequeña idea en cada lector que se tope con esta digresión:

Las personas inteligentes no escuchan música clásica porque sean inteligentes. En realidad, la inteligencia les vino mucho tiempo después de que comenzaron a escuchar música clásica. Ésa es la belleza del arte.

Kobda Rocha

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E – Lecciones de vida

Elegir un favorito de cualquier cosa siempre es difícil. Hasta para la comida es uno indeciso. Cuando te preguntan “¿Cuál es tú comida favorita?”, siempre es dificilísimo responder. La respuesta incluso puede variar dependiendo la hora, el lugar, el día, el clima, y una infinidad de condiciones extragastronómicas. Yo, por ejemplo, en la mañana lo mejor que puedo ingerir es un vaso de leche, tal vez un platón de cereal con trigo o un licuado de guayaba o aguacate; todo depende si tengo tiempo para sentarme a disfrutarlo o si tengo dinero para acompañarlo con pan, vainilla o queso. Si estuviese condenado a muerte y hoy fuere mi gran día en la silla eléctrica o la cámara de gas y me preguntaran qué deseo para mi última comida, la verdad no sabría ni qué responder. Además, casi todo se me antoja a la hora justa de comer, no antes. Algunas veces, uno mantiene un antojo por días; por ejemplo, el chocolate. Uno no se lo come al momento porque es un pecadillo que uno trata de refrenar hasta que, claro, como humanos de voluntad débil que somos, terminamos comiéndonos el mentado chocolate. Pero, fuera de eso, al momento en que el estómago comienza a pedir alimento, es cuando uno comienza a pensar en qué comer. Así es que, si me lo preguntaran un día antes o una semana antes (¿qué quieres comer mañana? o ¿qué quieres comer en tu cumpleaños? o cualquier caso similar) seguramente erraría. Cuando hace calor, no hay mejor opción que un buen helado. Cuando hace frío, un cafecito con galletas. Los domingos de tianguis, unas carnitas de cerdo o consomé de chivo. El sábado de flojera, pizza o pollito rostizado. Al mediodía, un emparedado de cajeta o mermelada como tentempié. A las dos de la mañana con insomnio y desesperación, una torta de jamón. Los lunes, las sobras de toda la semana anterior. Y así, todo varía, todo depende. En las noches, regularmente prefiero el ayuno. Así es que, si fuera mi última cena, me iría con hambre. Tal vez, para no fallar, pediría un buffet.

Por eso, que nadie me pregunte cuál es mi canción favorita ni cuál es mi poema favorito. Porque siempre puede variar. Todo depende del momento, del día, la circunstancia, el ánimo y, sobre todo, al igual que sucede con la comida, lo más importante es con quién lo voy a compartir.

Kobda Rocha

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Hermanos entre humanos

En junio de 2019, fui invitado a participar del Segundo Congreso Nacional de Creadores Literarios, llevado a cabo en Aguascalientes (México) dentro de las instalaciones de la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Esto, para mí, fue un honor y una sonrisa sólo por haber sido considerado merecedor de tan sublime distintivo. Quién era yo (qué era yo) frente a verdaderos creadores literarios de porte nacional. Desde el primer día, me halagaron con el título de congresista, me brindaron confianza y amistad, además de obsequiarme un precioso símbolo de hermandad, respeto y cordialidad. Ésa bienvenida colmada de fraternidad fue suficiente para sentirme agradecido al igual que obligado a un gesto de reciprocidad, no sólo con buenos modales y afecto sino también con una entrega sincera, extensa y profunda de aquello por lo que había sido invitado: mi espíritu literario, mi sensibilidad artística y mi humanidad intelectual.

Al llegar a las calurosas tierras aguascaltenses, lo primero que hice fue caminar, de madrugada, con maleta en mano, sin saber a dónde iba, con intenciones de perderme en aquella ciudad. Sin embargo, lejos de perderme, llegué al centro de la ciudad, como si mis pasos fueran guiados por un hilo persefónico hacia mi destino; tal vez mis anfitriones me llamaban más con el alma que con la razón. Lo segundo que hice fue caminar aquel suelo descalzo, unir mis piés con su tierra, su pavimento, su pasto, sus empedrados y sus empolvados. Cada suelo es diferente, como el canto de las aves que varía según el clima, la latitud, el viento y hasta el idioma de los humanos circundantes. Lo tercero que hice fue mirar. Sentarme a mirar como si no fuese un turista, como si no hubiese ya nada nuevo de mi interés, como si tuviera tiempo de sobra para desperdiciarlo sentado mirando: un ritual practicado por mi cuerpo para dar paso a las acciones de mi corazón.

Cuando llegó mi turno de compartir mi trabajo con el congreso, estaba plenamente preparado. Alguien, más tarde, me confesó que lo llevé al filo del llanto. También recibí halagos, sonrisas y, mucho más importante, demasiados silencios. Un desfile de silencios sentados a mirar como si tuvieran toda la vida para turistear descalzos mis textos, letras guiadas de grial en grial. Espero que mi participación haya dejado al menos un diez por ciento de lo que yo obtuve con tantas personas talentosas: Akatl Guijarro, Jonathan Torres, Aldo Barucq, Neitzy S. Jaimes, Mariana Estrada Gaytán, Rafael Aragón, Laura Vallín, Valentín Eduardo Sánchez y, por supuesto, el jefazo.

En Aguascalientes nació la muerte mexicana. Allí se inventó nuestra nostalgia final y la tristeza del inframundo. Tal vez por eso los vivos no se reservan una sola sonrisa ni una sola lágrima, comparten su llanto y su alegría contigo, aunque te destruyan, aunque te hundan en la oscuridad o, peor aún, aunque te salven la vida.

Kobda Rocha

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Mejicanah

Si alguien considera que somos amigos, le pido me lo haga saber cuanto antes. He tenido muchos cuates, vales, compas, brothers, carnales, camaradas, valedores, y a muchos también los he llamado amigos. He tenido amigos ―espero―, por supuesto que los he tenido. El problema es que no sé distinguir cuando ambos estamos en la relación. Es una cosa así, por poner un ejemplo, como cuando le sueltas un «te amo» de veinteañero a tu pareja y parece que fue un error porque ella no lo dice pues parece que no te ama y eso te hace dudar porque igual y tú tampoco pero lo dijiste por la euforia hormonal de los besos y las caricias en el complejo orden constructivo de la juventud. A partir de entonces, siempre dudas en decirle a alguien un «te amo» porque tal vez y no es cierto puesto que nada más lo dices por decir.

Si alguien considera que somos enemigos, le ruego me lo haga saber cuanto antes. Jamás he tenido enemigos, y en verdad espero que me equivoque. El problema es que no sé distinguir cuando ambos estamos en la relación. Es algo así, por poner un ejemplo, como cuando le gritas un «te odio» a tu madre y parece que fue un error porque ella a pesar de tus palabras y tu actitud parece que te ama y lo seguirá haciendo y entonces dudas de lo que dijiste porque tal vez tú también la amas pero lo dijiste por la rabieta del momento. A partir de entonces, siempre dudas en decirle a alguien un «te odio» porque tal vez y no es cierto puesto que nada más lo dices por decir.

He leído varios libros de superación personal, he leído muchos libros infantiles, algunas fábulas también, he hablado con expertos, psicólogos, sociólogos, filósofos, conozco la etimología, lo he visto en películas y en novelones desde el Quijote hasta el Harry Potter, incluso mis amigos me han dicho que son mis amigos y yo le he dicho a mis enemigos que son mis enemigos, pero quisiera por una vez en mi vida mirar a alguien de frente y decirle que es mi amigo, sin dudar de lo que diré, decirlo porque lo sé, porque lo siento; quisiera por una vez en la vida que alguien me mirase de frente y me dijese que soy su enemigo, sin dudar de lo que habrá de decir, que lo dijera porque lo supiese, porque así lo sintiese.

La duda es el peor de los tormentos. No tener enemigos y quererlos tener resulta tan catastrófico como tener amigos y no quererlos tener. Según los libros, mis amigos son de esos amigos muy buenos; y, también según esos mismos libros, yo soy un muy buen enemigo. El problema es que yo soy un fiasco para ser amigo de alguien, así como cualquier otra persona es un fiasco para ser mi enemigo.

Lo peor es que, a pesar de todo el esfuerzo invertido, aún conservo algunos amigos y todavía no encuentro ningún enemigo. Sí, hay personas que me odian, pero eso no los convierte en mis enemigos, porque tampoco el amor que algunas personas sienten por mí los ha convertido en mis amigos. Y, ya que el odio es cuestionable en todos sus niveles, podemos comenzar a cuestionar el amor que sientes hacia tu madre, tus hijos, tu esposa, tus hermanos, et cetera. No vaya a ser que todo ese amor sólo lo sientas por sentir.

Postdata: Todo esto que digo no sólo es aplicable a los individuos, sino también a las naciones.

Kobda Rocha

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Insigne invectiva

La figura de Walt Whitman se ha metido en mi cabeza últimamente. Lo veo en cada rostro, lo escucho en cada verbo; de pronto, creo que lo conozco o, peor aún, que él me conoce. Siento como si invadiera mis sueños y mis recuerdos; ocasionalmente pienso que es mi mejor amigo o incluso mi padre. Tal vez somos íntimos amantes, tal vez él reencarnó en mí, tal vez yo soy Walt Whitman. Tarde o temprano, uno llega a conocer por completo a todo el mundo, excepto a uno mismo.

Irrecusablemente, un joven nicaragüense me ha descrito como un santo, patriarca y sacerdote, profeta, poeta e incluso se atreve a llamarme emperador. Me miro al espejo y no me reconozco. Tampoco el fanatismo de un joven español logra atinar un sustantivo. Él jamás lo habría creído, pero tanto como estaba enamorado de un viejo hermoso, seguramente se odiaba a sí mismo. La barba enmarañada no es de mariposas, sino de murciélagos; sólo hay que quererlo ver.

Todo lo que se ama se repudia al mismo nivel. Yo siempre he amado mi país, su bandera, su himno, su gente, su gobierno; pero tanto como lo amo, también lo aborrezco. Casi tanto como lo odio, le temo; y casi tanto como le temo, me da lástima. ¿Por qué habría de anunciar un tiempo mejor para el futuro?

País de hierro, dice uno; ciudad de cieno, dice el otro. La verdad, alambre y muerte es lo que hay. La verdad ambos la conocieron, pero sólo el primero tuvo las agallas de aceptar su amor, su odio, su temor y su lástima por mi nación cuando escribió a Teddy Roosevelt:

«Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!»

Kobda Rocha

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Palabras

Las palabras son insuficientes,

las palabras no alcanzan,

las palabras no sirven.

¿Qué son las palabras?

¿Serán sonidos, grafías,

ideas, realidades,

kalktpkens acaso?

¿Qué me importan las palabras?

¿Qué te importan mis palabras?

Te amo.

No hay más verdad en mí;

mas la hay en tu cabello,

en tus ojos, en tus senos,

en tus manos, en tu vientre,

en ti, en toda tú.

Te amo… quizá sin saberlo.

En exceso, te amo.

¿Qué más puedo decir?

¿Qué más quieres que diga?

¿Hay algo más acaso?

Si lo dijera, ¿me creerías?

Cuando lo digo, ¿me lo crees?

Te amo.

Dime, ¿lo creíste?

¿Por qué sí? ¿Por qué no?

¿Con qué fin, con qué prueba?

¿Quién eres? ¿Quién soy?

Aunque me creas, ¿yo me creo?

Y si no me crees, ¿yo me creo?

Me amo.

¿Me creíste? ¿Me creí?

Puedo decir tantas cosas,

pero no hay forma de obtener credibilidad.

Puedo decir que te amo

―mira, “te amo”―,

pero ¿cómo demostrarlo?

¿Cuál es el sustento?

¿Cómo amarte en realidad?

Te amo, es cierto;

pero, cuando lo digo, siento que no te amo de verdad.

Si no lo dijera, ¿te amaría?

Si lo digo, ¿dejaría de amarte?

Y ¿para qué?

¿Con qué fin, con qué prueba?

Dejaré de decir que te amo;

pues, porque lo digo,

te amo,

y, por eso, lo sé.

Si no lo digo, no lo sabré,

pero tú

me lo dirás

cuando lo sepas.

Kobda Rocha

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Insultos al lingüista

La voz popular se vanagloria de poseer una sabiduría secular que permea a todos los individuos de una comunidad, acaso pretende discernir la verdad absoluta de toda la especie. Sin embargo, aunque muchas veces parece sensato el conocimiento vertido en esa voz popular, regularmente (me atrevería a decir que siempre), la sabiduría del pueblo está equivocada. Si algo he aprendido a lo largo de diez milenios de historia humana es que la opinión mayoritaria está mal. Aclaro que no he dicho que sea errónea, sino que es defectuosa. Cuando una idea se populariza, se echa a perder; ésa es una verdad indiscutible. No importa si en su origen fue una brillante idea, al momento de ser compartida por la mayoría de la gente, se va al caño. Para sostener lo que acabo de elucubrar, pondré en conflicto tres grandes frases de la sabiduría popular. Nomás por discrepar.

  1. Al buen entendedor pocas palabras.

Qué contrariedad tan grande y tan absurda. Esta frase sostiene una realidad completamente de cabeza, volteada patrás. Como escritor, filósofo y eterno conversador, estoy plenamente convencido de que las palabras jamás se deben limitar ni retener. Cuando uno encuentra un interlocutor digno de nuestras ideas, de nuestros sentires, de lo que pensamos, de esas divagaciones intelectuales, lo único que queremos es hablar y hablar y hablar, porque sabemos que quien escucha sí escucha de verdad, que comprende lo que decimos y que también, sobre todo, en algún momento nos habrá de devolver la cortesía y nos deleitará con sus palabras que por seguro tendrán mucha sustancia, relevancia y profundidad. Por eso, al buen entendedor muchas palabras. A los otros, a los que les dices algo muy simple y de todos modos no entienden nada, a esos sí muy poquitas palabras.

  1. Una mirada vale más que mil palabras.

¡Falso! Aquella persona que exprese más con una mirada que con mil palabras es una persona que no sabe usar el lenguaje, una persona cuyo vocabulario es tan limitado o tan deficiente que por ende lo que diga no tendrá mucha fuerza ni significado y tiene que lanzar una mirada para compensar su insuficiencia lingüística. Cuando una persona posee más valor en una mirada que en mil palabras, entonces no tiene sentido sentarse a platicar con ella, bastará con mirarse en silencio y así casarse, tener hijos y morir: juntitos y calladitos. Porque para qué gastar mil palabras inútiles, cortas y pobres. Ah, pero haría falta enamorarse de un poeta para darse cuenta que algunas veces ¡una palabra vale más que mil miradas!

  1. A palabras necias, oídos sordos.

Éste es un consejo para necios, porque sólo a ellos beneficiaría la sordera. Cuando un necio comienza a lanzar sus palabras necias a otro necio, si el segundo necio responde, sólo regresará más palabras necias. Por eso, es mejor ignorarlo, poner oídos sordos y hacer como que no lo escucha. Así, la discusión no se volverá una grillera sinsentido. En cambio, a los no necios no habría por qué ensordecerlos, pues ellos sí tienen la suficiente madurez para resolver dicha discusión. Entonces, el verdadero consejo es: ¡a palabras necias, palabras sabias!

Kobda Rocha

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Tropicosito

Ha llegado el turno de poner atención a lo tropical y sabrosito. Musicalmente, hay ritmos latinos de todas calidades y de todas complejidades, desde lo monótono y primitivo hasta lo multitonal y elaborado. No obstante, hoy quiero hacer hincapié, más que en lo musical, en lo lírico, lo cual llega a rozar con lo literario y, mejor aún, lo poético. Aunque no es un rasgo específicamente de lo tropical, tiene un tinte cachondo y sensualón, una especie de enamoramiento juguetón que se sustenta en la premisa de que somos un pueblo de sangre caliente.

Comencemos por mencionar Señorita, A Mí Me Gusta Su Style de Los Rabanes. La cual, entre los albures y los piropos, suelta una sentencia lapidaria: “Cómo camina, cómo baila; por usted yo vendo mi alma.” Esa entrega total para el amor es la predominante en la música, aunque nunca viene una promesa sin esperar reciprocidad; a veces, incluso se vuelve pedinchito al grito de niño de mami, como es el caso de Yo Quiero Una Mujer de Los Amigos Invicibles cuando cantan: “Yo quiero una mujer que me quiera de verdad, que me pueda comprender y que me quiera mimar.” Siempre es más astuto y hasta divertido cuando la petición va aderezada con juegos lingüísticos propios de la plasticidad del idioma. Así lo hacen, por ejemplo, los Hermanos Narvaez en Pancha Baila En Turcos cuando cantan:

“Yo quiero una muchacha que sea muy vivaracha;

para empezar, que sea muy trucha;

que trabajando sea muy hacha;

que parezca una garrocha,

que la pata tenga mocha

y que se robe la mercocha.”

También existen las canciones que describen a la mujer cual si fuera una diosa. Esa mirada masculina para entender la belleza, para endiosarla, para describirla con vivaz tenacidad está presente en Hechicera de Maná. Primero, hablando de ella: “Hay una mujer hermosa, la más primorosa, de ojitos negros y piel gitana. Es una hechicera que domina al hombre con sus danzares, con las caderas. No se sabe de dónde ha salido ni a dónde ha ido; ella es un misterio. Se mueve con cadencia, con la inocencia de una princesa que nadie toca.” Y todo esto sólo para tomar valor y finalmente decirle: “¡Ven! Déjame estrecharte, deja desnudarte bajo la luna poquito a poco.” Lo mismo que hace Emmanuel en Corazón De Melao, primero una descripción deífica, después una invocación amorosa y termina en un diálogo sensualón:

“Mira a la morena que me tiene alborotado;

brinca, salta y baila como un trompo de medio lado.

No hay más que mirarla y ya te sientes atrapado.

¡Ay, que ella me vuelve loco!

 

Suelta la cintura si me quieres enamorado,

deja que la sangre se te mezcle con el cha cha,

bríndame un te quiero con limón y sin mezclar.

¡Mira, que me vuelve loco!

 

Bailo como un loco en tu cintura dislocado,

sorbo de tu boca el veneno regalado.

Una telaraña de tu cuerpo me has echado.

¡Mira, yo me juego todo!

 

En la noche oscura, te escabulles a mi lado.

Subo por tu pecho, sin aliento y todo sudado.

Quiero tu cintura pero todo se ha borrado.

¡Ahora yo me vuelvo loco!”

De pronto, va a parecer que es el hombre quien, casanova, conquista mujeres con música, baile y verbo; pero también la mujer se ha desenvuelto plenamente en este arte de la seducción musical. Y para prueba Amor A La Mexicana de Thalía: “Compasión no quiero. Lástima no quiero. Quiero un amor duro que me pueda hacer vibrar. Tu sabor yo quiero. Tu sudor yo quiero. Quiero tu locura que me haga delirar. Suavecito quiero. Bien rudo lo quiero. Quiero que me llegue hasta el fondo del corazón. Lento yo lo quiero. Siempre más lo quiero. Quiero que me espante hasta perder la razón.” ¡Vaya! Si algún caballero se puede resistir a estos niveles del candor, será un extranjero de sangre fría; porque no hay piel morena que resista los embates de una dama llamando al amor de tal manera. Y por si fuera poco, Thalía no se conforma y lo vuelve a hacer con Piel Morena:

“Es la magia de tu cuerpo o el perfume de tu aliento, es el fuego de tu hoguera que me tiene prisionera. El veneno dulce de tu encanto es la llama que me va quemando; es la miel de tu ternura la razón de mi locura. No soy nada sin la luz de tu mirada, sin el eco de tu risa que se cuela en mi ventana. Eres dueño del calor sobre mi almohada, de mis noches de nostalgia, de mis sueños y esperanzas. Eres suave como el viento, eres dulce pensamiento, eres sol de mis trigales, eres miel de mis cañales. Son tus besos dulce fruta que me embriaga, que se lleva mis tristezas y devuelve al fin la calma. Prisionera de tu amor en la alborada, de tus besos, tus caricias que se quedan en el alma.”

Eso es una declaración de lo más poética. Que me parta un rayo si estoy diciendo una mentira o una barbaridad. Podría hacer un análisis literario sobre la lírica de la canción y exprimir cada figura retórica, cada imagen poética y cada estructura lexicosemántica que la compone, y explicitaría académicamente lo sobrasote de la canción. Pero mejor escucharla y bailar, para qué ponerse sesudos cuando a primera oída se siente el sabor. Justo así lo hacen las Hermanas Navarro en Pepe, una canción de fiesta, de baile, de apretujones, arrimones y caderazos.

Finalmente, cómo dejar fuera la maravillosa Piel Canela interpretada una y otra vez por tantos y tantos, pasada a cuantos géneros musicales se les antoje. Porque, al final del día, no importa en qué ritmo se diga sino con que intensidad, emoción y poesía:

“Que se quede el infinito sin estrellas

y que pierda el ancho mar su inmensidad,

pero el negro de tus ojos que no muera

y el aroma de tu piel se quede igual.

Aunque pierda el arcoiris su belleza

y las flores su perfume y su color,

no sería tan inmensa mi tristeza

como aquella de quedarme sin tu amor.”

Kobda Rocha

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