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Fiesta en el Infierno

Éste es sólo otro texto sobre el amor. Sí, ya sé que el título era más prometedor, pero así son las cosas: aunque hoy en día el amor se filtra por todos los poros de la moral que hasta termina fastidiándonos, me tomaré la libertad de añadir un texto más al absurdo humano en torno al tema. Sí, éste es sólo otro texto sobre el amor.

Todo ser humano enamorado está condenado a desmerecer credibilidad en la historia, pues el velo del amor termina por quijotizar incluso al más sensato de los positivistas. Hasta un infante con acceso al cine comercial, a la música de moda, a las revistas líderes de opinión, a los libros más vendidos, al entretenimiento paladino en general, sabría que el amor es una construcción burguesa, una invención medieval, un cuento de hadas desquiciado, una fantasía delirante. Con un poco ―sólo un poquitito― de sentido común, cualquiera negaría tal disparate, renegaría de él.

Con todo, siempre hay persistentes que se enamoran. Los demonios, amantes de todo mal terrenal, celebran la degradación de otro corazón cada vez que un adolescente dice “¡Te amo!”. No hay daño más grande que pueda causar un diablillo cornudo como el sincero y goliardo enamoramiento de una pareja encantada por la pasión. Luego, si su amor es profundo y para siempre, entonces el daño es todavía mayor.

El amor es cegador, como una atadura espiritual. El amor te impide mirar la desgracia del mundo, aun la propia. El amor es más grande que el honor, la justicia, la verdad, la virtud, la moral, la bondad, el valor; ¡es más grande que todo, pues! La política, la religión, la familia, la economía, la filosofía incluso, carecen de importancia cuando se ama. Cuando se ama, uno se vuelve sordo y débil: ya no estás dispuesto a pelear ni a morir, tienes miedo de perder tu casa y tu dinero, cedes ante cualquier amenaza o combate inminente. Cuando se ama, uno se vuelve tonto y débil.

Una humanidad de enamorados sería una humanidad de debiluchos indefensos, enceguecidos por el ímpetu acelerado de su palpitar. Justo ésa es la oportunidad que cualquier dictador desalmado necesita para ejercer imperios descaradamente convenencieros; ése es el momento que un ladrón holgazán aprovecha para salir victorioso con el menor esfuerzo; ése es el pretexto que usan los chamucos colorados para festejar la decadencia de nuestra especie. ¿Qué tonto abandonaría la ilusión profesional por un amorío? ¿Qué ingenuo cambiaría toda su riqueza espiritual por un beso de amor verdadero? ¿Qué imbécil tendría preferencia por veinte minutos de sexo sobre veinte años de éxito? ¡Exacto!: nosotros, los humanos. Sí, así somos de estúpidos.

Enamorarse es dejarse vencer por la involución de la especie, por el sexo del cuerpo, por el sentimiento del corazón, por la felicidad del alma, por el desuso de la mente. Si se requiere mi consejo, sólo podré decir una tontería más: enamórate. Sé feliz, dichoso, que arda en tu pecho toda alegría vehemente, que tu sexo ―por más animal que éste resulte― sea complacido a plenitud, libera los instintos de la bestia, deja salir al humano absurdo e inmaduro, que se apague tu cerebro por completo. No te preocupes por el honor, la justicia o la política; de cualquier forma, el universo se rige por su propia entropía, el mundo siempre ha sido una porquería y siempre lo será. Así que, por tu propio bien, cierra los ojos e ignora el menoscabo de la humanidad; enamórate y contribuye, con ese pequeño aporte, a la destrucción del mundo.

…y deja que los diablos del infierno sigan la fiesta en paz.

Kobda Rocha

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La sonrisa del camaleón

 Extraído del libro “.el abc de la estupidez”, publicado en 2016.

Arianna es el nombre de mi guitarra. Fue un regalo de mi padre en la última Navidad que estuvo con nosotros. Yo tenía dieciséis años y quería ser rockstar. Mi madre se oponía, insistía en que fuera abogado o doctor; pero mi padre me apoyaba, decía que todo trabajo es bueno siempre que uno estuviera feliz con ello.

Ahora soy un hombre casado, un hombre común con una vida común. Mi esposa es una mujer hermosa, inteligente y talentosa; lee al menos treinta páginas antes de dormir, es gerente general en la compañía donde trabaja, tiene hábitos saludables, hace deporte, conoce gente importante. Es una mujer importante. Tenemos dos niñas, de cinco y tres años. Las amo tanto. Son mi vida, son mi amor. Amo a mi esposa, pero son ellas mi razón para seguir con este estilo de vida. Ellas son mi fuerza; sin ellas, me hubiera derrumbado hace tiempo (cuando mi esposa y yo dejamos de platicar sobre asuntos sin importancia, cuando cambiamos nuestra medianoche de amor y charla por veinte minutos de café y cigarrillo en silencio). Tengo un empleo mediocre con un sueldo miserable en una empresa de alto prestigio. Mi padre ―donde quiera que esté― debe estar decepcionado de mí. Mi trabajo en la oficina no me hace feliz, y lo que hago ni siquiera lo hago bien. Pero no puedo dejarlo, es lo que me mantiene al día. Mi esposa dice que tenemos la vida que soñamos, y la sonrisa de mis hijas lo comprueba.

Soy un hombre feliz. No me quejo de lo que no tengo ni me disculpo por lo que no hice. Cada mañana, cuando el despertador me susurra que es tiempo de comenzar la rutina, abro los ojos y sonrío. Día a día, debo preguntarme por qué tengo esta vida y por qué hago lo que hago, y mi respuesta siempre es la misma: lo hago porque soy un hombre feliz.

El sábado por la noche, como cada semana, estoy en un bar al sur de la ciudad. Es un bar sin concurrencia a cinco minutos del metro Xola. Mi esposa dice que es absurdo e infantil que siga yendo a ese lugar; cada semana se molesta por ello. Debo confesar que algunas veces me da miedo que el asunto termine con nuestro matrimonio. Hago esto a pesar de mi esposa. No quiero molestarla ni lastimarla, pero esto es mi válvula de escape. Sin ello, explotaría.

Cuando voy a tocar al bar, mi esposa no me deja usar el auto ni llevar dinero; cuando está de buen humor dice que es por mi seguridad, que lo hace para cuidarme; cuando está de mal humor dice que no le importa si muero allá un día de estos, pero que no soportaría vivir una semana sin el auto. Creo que es mejor así. Me gusta caminar entre faros y estrellas de regreso a casa. Alfredo, mi compañero, me ofrece un aventón aunque sabe que, como cada sábado, me negaré. Lo hace automáticamente por cortesía, tal vez por aprecio o amistad; sin embargo, ambos sabemos que si aceptara, el viaje sería incómodo para los dos. Seguimos yendo a ese bar a tocar juntos, pero nuestras vidas han tomado rumbos separados y totalmente distintos. Además, me gusta caminar de regreso a casa entre faros y estrellas. Creo que es mejor así.

La caminata sobre la Calzada de Tlalpan se embellece con prostitución a cada paso. De vez en vez, cuando me canso de caminar, les canto una canción a cambio de un tabaco y una historia ―debo confesar que soy adicto a sus amores. Anoche me detuve en el parque Xotepingo para rendir un homenaje a Luis Álvarez; las chicas contaban bromas y soltaban carcajadas al ir escuchando la letra de la canción:

“Sólo quiero eyacular mis ideas en tu mente,

Sólo quiero eyacular mis sentimientos en tu vientre.”

Al terminar la canción, los cigarrillos se encendieron y los tacones se disiparon sin despedidas ni miradas. Sólo Wendy permaneció inmóvil frente a mí, con la intención en los ojos de doblegar su fortaleza. “Me encanta eso que haces con la guitarra; parece que llora, parece que se lamenta”. Wendy era, siempre lo creí, una chica muy inteligente. Sabía de temas políticos y científicos, a veces hasta más que yo. Decía que todo lo leía en el periódico o que sus clientes se lo contaban, pero yo siempre sospeché que había algo más.

Gracias, le respondí, y ¿dónde van al baño? La pregunta que me trajo aquí. Jamás debí pedirlo; debí orinar en un árbol como hacen todos. Pero necesitaba refrescarme. Ella entró conmigo, dijo que de otra forma no me dejarían pasar. Si mi esposa hubiera visto aquella escena, en este momento estaría firmando el divorcio en lugar de haberme traído flores al hospital.

No sé en qué pensaba mientras estuve en el baño. Recargado en el lavabo, tratando de no tocar las paredes —como si eso me librara del contagio—; no sé o tal vez no quiero recordar qué pensaba. Habían pasado alrededor de diez minutos cuando me decidí a salir. Wendy ya no estaba, yo me retiré de ahí sin dar las gracias. Afuera había una escena grotesca: un hombre barrigón de unos cuarenta años manoseándola enfurecidamente y lamiéndole de la nariz al pecho. De pronto, el hombre se detuvo por un segundo y luego la golpeó dos veces en el estómago. Al instante, sin premeditar en lo que me estaba metiendo, corrí para defenderla; pero el tipo sacó una pistola… y disparó.

Definitivamente, mi esposa no me dejará volver a tocar mi guitarra por el resto de mi vida. Quizá pueda aprenderme Las Mañanitas y cantar en los cumpleaños de nuestras hijas. Ni siquiera sé si Arianna sobrevivió a la noche de ayer. La enfermera dice que mi esposa está allá afuera con un ramo de flores esperando la hora de las visitas. Yo no sé si tendré el valor de mirarla a los ojos y explicarle lo que sucedió.

“Estás vivo. Si es lo que quieres saber.” Dijo el doctor al acercarse a mi cama. “La pregunta es: ¿qué vida vivirás a partir de hoy?” Me miró inquietantemente, intrigado y muy serio. Supuse que quería saber qué hacía yo en ese lugar. En cualquier momento preguntaría ¿qué le dirá a su esposa cuando suba? o haría señas de confidencialidad machista, guiñándome un ojo para hacerme saber que mi secreto estaba a salvo. Pero Dios sabe que jamás he tenido sexo con ninguna de ellas. Así que me anticipé a cualquier cosa que estuviera pensando decirme y exclamé: “¡Viviré una vida feliz, con mi esposa e hijas!”.

Me miró fijamente por unos segundos y entonces dijo: “Las estrellas sólo son estrellas. Realmente ellas no conocen su condición, tú eres quien ve la belleza en ellas. Eso no significa que una estrella sea feliz sólo por ser estrella. Al igual que tú no eres feliz sólo por ser quien eres.” Al terminar, sonrió. Yo había visto esa sonrisa antes; una sonrisa sincera, sin burla, plena, real. Antes de dar la vuelta para salir de la sala, me dijo: “Reza y agradece, porque estás vivo de milagro… Por cierto, te gusta caminar entre faros y estrellas, ¿verdad?”.

Era él…

Era ella…

Sonriente, sincero. Ése es el rostro detrás de la fortaleza impenetrable y el maquillaje de Wendy. Y no tiene interés en esconderlo… Simplemente es. Un ser completo, un humano íntegro, seguro de sí mismo, sin temores, sin debilidades. Y yo… me estremezco al ver los claveles y la sonrisa de mi esposa, quien, por primera vez en cinco años, está usando su anillo de bodas.

Kobda Rocha

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Sociopayasos

Sólo hace falta leer los diarios para estremecerse de miedo, de ira o de risa según la noticia expuesta. Muerte, hambre, pobreza, miseria, enfermedad, injusticia, odio y crimen. Donald Trump y su neofascismo se preparan un rico sandwich de mundo, mientras Yessica Procil Montalvo se casa con la honestidad. Se extinguen las especies, los polos se deshielan, el SIDA se propaga. Los gobiernos latinoamericanos se aferran cual esparadrapos a la panacea mediática para no colapsar. Los libros se pudren deshojados en las bibliotecas. El internet resultó más estupidizante que la televisión. El hombre se vuelve violador; la mujer, pornografía. Los teléfonos son más inteligentes que sus usuarios. La escuela es una simple capacitación laboral y no ya una educación intelectual real. Desaparecidos, presos políticos, narcotráfico, asesinatos, corrupción, degeneración moral, asaltos a mano armada. Jóvenes decepcionados con vacíos existenciales y tendencias suicidas. Ancianos olvidados en asilos o puestos como souvenirs en la vitrina de su casa. La justicia está del lado de quien pueda pagar un mejor abogado. El amor caduca en menos de siete años. El divorcio es más practicado que la caridad. Las religiones se pelean por los feligreses aunque sus almas se las lleve el diablo. Pederastas incógnitos, racistas justificados, madres solteras incongruentes, millennials posmodernos y lesbianas feminazis. Se vive con miedo, sin dinero y buscando copular a cada paso. La estadística dicta que en el mundo muere una persona cada dos segundos; es decir, la muerte, el dolor, el sufrimiento y la tristeza se renuevan (se reinventan) cada dos segundos.

…¿y el cuerpo?

¡Relajado! ¡¡Relajado!! ¡¡¡Relajado!!!

Kobda Rocha

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Antología perdida

He recibido la luz de la mañana y sentido fluir la paz del cielo,              pero también como Virgilio he bajado a explorar el horror del infierno.
Arturo Huizar

 

Imaginar un mundo desinteresado, frío, antipático, obeso de crimen, inseguridad y telenovelas tautológicas. Un mundo nada preocupado por sus niños, su educación ni su felicidad; un mundo, más bien, ocupado por los negocios y la acumulación de poder. Un globo acelerado, con prisa por vivirlo todo y morir joven, sin contacto humano, sólo máquinas y autómatas consuetudinarios, de crisis política, de deficiencias sociales, apachurrado entre el abandono ideológico y el hacinamiento económico, supuesto en el progreso pero estancado en el retroceso humano. Un mundo, por más, en pleno Refallecimiento oscurantista.

Imaginar un niño inocente, ingenuo y feliz, viviendo en ese mundo. Un niño sin preocupaciones, ocupaciones ni planes para el futuro, sin caja de ahorros ni tarjeta de crédito, sin ambiciones profesionales ni presiones laborales, sin estrés ni filosofía. Un infante que corre, brinca, juega, ríe, que se ensucia y lo regañan, que hace la tarea y lo congratulan, que no entiende el sentido de la vida porque él mismo es el sentido de la vida.

Imaginar una abuela religiosa, arrodillada ante la cruz, con miedo al infierno, en confesión recurrente, con plena fe en dios, devoción eterna hacia el cielo, amor ciego a los santos y persignada ante un cristo magullado por tres siglos de Ilustración. Imaginar una madre, una madre buena, amorosa, haciendo su mejor esfuerzo por bieneducar a sus hijos, incluida en esa educación la religión de su propia madre. Imaginar un padre indiferente ante las cuestiones del alma y de la fe, ni ateo ni creyente, sólo indiferente. Imaginar una sociedad tradicionalista en un país guadalupano, católico, crédulo. Imaginar un niño —el mismo de antes— a la mitad de todo eso.

Imaginar ahora un librero polvoso repleto de cachivaches: libros varios (en su mayoría de medicina pediátrica y enciclopedias monstruosas de siete u ocho tomos), figuras de porcelana despostilladas y con aspecto macabro, una Olivetti Lettera 32, un tablero de ajedrez con las piezas incompletas, veinte discos gramofónicos (casi todos de diferentes danzoneras), una pila de casettes y discos compactos, y por supuesto un aparato enorme con lector de vinilos, CDs y cintas.

Imaginar un sábado por la tarde, un sábado lleno de aburrimiento y curiosidad que el niño desea saciar a toda costa. Por alguna razón oculta —que ningún miembro de la familia podría explicar—, dentro de aquel vórtice caótico, el niño encuentra un disco blasfemo: en la portada está una iglesia similar a las catedrales que solían visitar en vacaciones; hincada ante el altar, se encuentra una mujer desnuda, excitante (más aún para un niño cuya mirada no ha conocido jamás una espalda femenina al descubierto); y, justo en el lugar preciso donde supondría haber un cristo, hay un excelso rostro celestial —aunque un tanto desconcertante por su expresión grave, adusta e intempestiva—, sus manos buscando apoderarse de la mujer, quien ofrece libremente su cuerpo a este ángel divino; escrito en letras mayúsculas y tinta blanca, “LUZBEL”; finalmente, en la esquina inferior izquierda, una inscripción que el niño jamás comprendería conscientemente, pero que marcaría el inicio de un nuevo yo: “ΨυΧή”. Al girar la caja, el niño lee su primer gran frase —palabras que le harían comprender que la lectura sí sirve para algo—: “No todos los ángeles viven en el cielo”. Imaginar un niño cuyo espíritu envejeció cincuenta años en ese momento.

Imaginar cencerros y balidos de becerros. Una respiración profunda y constante. Una antropofanía herética, hermética, hermenéutica. El estruendo de los semitonos. Una voz: “Me he caído del cielo / para esta noche estar contigo / He atravesado el umbral del tiempo / para amarte / para poseerte / para transformarte”.

Imaginar a dios, a partir de entonces, no venía solo. Ya no era lo único, ya no era un pensamiento aislado. Ahora había ubicua ousía perfecta: esencia y sustancia, significado y significante, forma y contenido, el dios glorioso de la abuela y este nuevo ángel caído: Luzbel.

Kobda Rocha

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El mundo es un maldito

Yo crecí en un mundo extraño. Desde que nací ya se escuchaba el grito feminista en cada noticiero televisivo. En mi casa, se hablaba de igualdad de género en la sobremesa; siempre salían a colación la tía Fer que nunca se casó y Rita, la vecina, que a sus veintidós años se casó con un anciano ricachón. Derechos de la mujer, liberación femenina, posmodernidad, eran temas a los que las caricaturas dedicaban episodios tan naturalmente por su familiaridad e integración con los niños, niñas y niñes (¡Ah!, porque también me tocó nacer en tiempos de inclusión lingüística). HLGBTTTIPQZ, Twitter, globalización, ése es el mundo en que crecí. Sin embargo, a pesar del respeto y la tolerancia profesados por la opinión popular, mis padres concluían siempre en la fatal advertencia: cuídate, no andes sola, no salgas tan noche, evita situaciones riesgosas, recuerda que siempre habrá gente mala en el mundo.

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Digresiones Musicales: Nueva Sección

Música y Literatura han caminado abrazadas desde su génesis. Erato y Euterpe son íntimas amantes; son sustancia y esencia la una de la otra. Las palabras son sonidos sucedidos, son música hecha letras. La ausencia de ambas resultaría en un abisal mutismo que nos dejaría el corazón afónico y la razón silente; id est, muertos —si no en cuerpo— en espíritu.

En esta nueva sección se publicarán relatos, cuentos, poemas, ejercicios de écfrasis, elucubraciones ensayísticas, cronicómicas y cuantos más tipos de textos literarios sean idóneos para conquistar su objetivo: cohesionar estas dos expresiones artísticas a través de las palabras. Digresiones Musicales no posicionará a la música como tema central, sino como punto de partida para excogitar su propia belleza artística —más allá, también, de lo meramente literario. Escuchar un texto y leer una melodía son virtudes que hacen del mundo un olimpo y del humano un dios.

Kobda Rocha

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