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Dame una G

La palabra del día es “Gay”. Una palabra que supondría no causar ningún revuelto en pleno siglo veintiuno. Dos mil y veinte años de calendario cristiano debería ser suficiente esfuerzo de madurez en este asunto… pero no lo es. Lamentablemente para algunos y afortunadamente para otros, lo “Gay” sigue siendo un tabú… a veces… en algunos contextos… de algunas formas… y en modos algo extraños… pero sigue siendo tabú a fin de cuentas. No importa lo que se diga de los griegos, o de los egipcios, incluso de los religiosos contemporáneos o de la fuerza bruta, armada y salvaje de los gobiernos macho-alfas. Marchas, revueltas, revoluciones, movimientos sociales masivos, drogas, teorías, estudios, psicología, sociología, historia, asesinatos, muerte, violencia, manifestaciones pacíficas, tratados, leyes, discursos, filosofía, poesía, ¡nada ha servido para hacer que mi padre cambie de opinión cuando le digo que soy “Gay”! Para él, cualquier cosa que no sea heterosexual está mal. Ninguna lesbiana, Gay, bisexual, trasvesti, transgénero, transexual, intersexual, pansexual, asexual, demisexual, queer ni zoosexual le hará entender su propia postura, su cosmovisión, su ideología, su constitución integral como ser humano. Reto a cualquiera a posarse frente a mis tíos y abuelo, y ganar el debate discursivo (sin utilizar la fuerza, claro, pues eso sería hacer trampa). Por supuesto que el cocowash mediático y retórico puede funcionar, pero no se atendería la situación desde la razón, desde la comprensión racional de las perspectivas. Así pues, establecido que en el mundo (sí, en este mismo planeta) hay aún resistencia al concepto “Gay” y todo lo que eso implica y de lo que eso se desprende, hablemos de música Gay.

Como en todas las artes atendiendo a una temática en específico, hay tres formas de música Gay: 1) música hecha por Gays, 2) música hecha para Gays, y 3) música que refiera a Gays. Y de ahí, podríamos hacer otra división: a) la música intencionalmente Gay y b) la música Gay por accidente, acaso por incidente. De lo cual podríamos subdividir la música consumida por Gays, la no consumida por Gays, la consumida por todos y la consumida por ninguno. En este punto, vamos cayendo en el absurdo humano de lo creativo por casualidad, es decir, la creación con intención. Qué es de quién o para quién: cabe la pregunta qué es Gay, qué es negro, qué es ciego, qué es sidoso, qué es cubano. ¿Cuál es la música cubana: la creada por cubanos? ¿Cuál es la música sidosa: la creada por sidosos? He aquí el absurdo en que el artista toma una postura, ya sea porque pertenece a ese mismo grupo identitario o porque esa masa (tonta y manipulable como todas las masas) paga bastante bien por sus servicios. En suma, los temas de la realidad ya no sirven al arte sino que el arte sirve a la realidad y sus temas. Y entramos a otra discusión aún más profunda que nos llevaría siglos resolver. Así que, entendiendo ya que para el consumo mediático masivo capitalista lo Gay no es más que otra oportunidad de seguir haciendo dinero, hablemos de música Gay.

Indudablemente, se tienen que mencionar todas esas canciones y grupos que han sido catalogados como Gay ya sea por la misma comunidad Gay o por el resto, o por amba, aunque no necesariamente hayan surgido con esa intención. Un ejemplo de esto es Goodbye Horses de Q Lazzarus, la cual, a pesar de ser cantada por una mujer sin intenciones originales de representar a una comunidad Gay, gracias a la película The Silence of the Lambs (1991) y a la magnífica interpretación de Ted Levine como Buffalo Bill bailando al ritmo de esta melodía, se posicionó como una de las canciones pilares (casi de culto) no sólo de lo Gay sino de toda la población HLGBTTTIPADQZ.

Otra mención inevitable es la gran labor que hizo Village People al tomar la imagen de los estereotipos masculinos (el vaquero Marlboro, el motociclista metalero, el policía, el soldado, el obrero, et cetera) y estetizarlos, sensualizarlos al grado más extremo. El impacto que provocó fue inmenso porque nunca hubo un sentido Gay explícito: los cuerpos estaban bien torneados, las ropas no fueron —como solía decir mi abuela— feminizados, los bailes eran sensuales (sí) pero no más que un tango, y las letras de las canciones siempre estuvieron apegadas al discurso normado del sistema social (YMCA, la musculosa Macho Man y, claro, la inolvidable In The Navy). En realidad, fueron unos genios, porque los hombres nunca dejaron de ser hombres, nadie podía negarles ese título; la única diferencia es que no eran el tipo de hombres que nos habíamos acostumbrado a idealizar durante siglos, lo cual era exactamente el punto de todo esto: un homosexual no deja de ser hombre, sólo es otro tipo de hombre.

Y, sin embargo, lograron cumplir el objetivo planteado, porque dejaron en la consciencia colectiva una idea fija y renovada de aquellos estereotipos de macho alfa. Esto se comprueba con, por ejemplo, el video de Mope de la banda Bloodhound Gang, la cual es un collage paródico de muchas cosas al mismo tiempo, y entre tantas también de esta nueva herencia que dejó Village People al poner a dos policías danzando ahora sí sexosamente con un arcoíris formado con la bandera Gay de fondo (y usando, por cierto, a Frankie Goes to Hollywood diciendo “Relájate y no lo hagas”, referencia importantísima por ser un mensaje harto machote que se transparenta con ver su respectivo video “Relax” donde hay violaciones, feminicidios y usanza de mujeres por placer sexual).

Como nota especial, y por puro divertimento, haré mención de ese capítulo de Los Simpsons en que Homero cree que Bart es Gay y, hombrecito como lo quiere, pretende mostrarle el mundo de “los hombres más rudos del país”. Una fundidora de acero, símbolo del trabajo duro, afianzado idealmente con lo masculino, resulta ser el escenario perfecto para una comunidad Gay. Extrañamente, en esa escena los trabajadores Gay comienzan a bailar al ritmo de Gonna Make You Sweat del proyecto C&C Music Factory, la cual nunca tuvo nada qué ver con el movimiento Gay pero que, por su género musical, por su cercanía con lo declaradamente Gay y su sonido ahora ya relacionado con la comunidad, ahora era catalogada como una canción más de y para los Gays.

Así, podríamos mencionar muchísimas referencias musicales relacionadas con lo Gay, ora intencional ora incidentalmente. Quizá también sería importante mencionar a esas personalidades que se posicionaron como estandartes de esta revolución sexual, como Sir Elton John y Freddie Mercury. Incluso podríamos decir muchísimo acerca de los Gay en el Punk, el Metal y hasta el Grupero, géneros esencialmente masculinos, misóginos y mucho machos. Quién no recuerda ese momento en que Rob Halford, vocalista de Judas Priest, se declaró abiertamente homosexual. Cómo olvidar las letras de Jonathan Davis, el freak violado por su padre, violentado por su madre, el que chillaba “como niñita”, el clown, el faget, el que vestía lencería femenina en el video A.D.I.D.A.S. (siglas, oportunamente, de Todo El Día Pienso En Sexo). Y, nomás por no dejar de mencionarla, Gloria Trevi, la diosa de la noche, uno de los actuales totems Gay de Méjico al menos, entre otros tantos, erige un desenvolvimiento exuberante de la música consumida por Gays, que no necesariamente es restrictiva de esta comunidad.

Quiero hacer otra pausa para nombrar dos canciones de las cuales no quiero opinar sino sólo recomendar y dejar que cada uno genere su propio comentario. 1) Tlalpan Girl de la banda A Love Electric, y 2) Ladyboy Fisted de la banda Isaacarum.

Aunque estoy dejando pasar por alto mucha música, he de terminar esta digresión con una banda mejicana abiertamente Gay: Larva. De hecho, ellos se venden como Puro Pinche Gay Metal. Al principio, por supuesto, el mensaje estaba un poco más oculto. Por ejemplo: en su disco Anormal, siguiendo la línea del New Metal, parecía ser el discurso de una niña depresiva suicida harta de este mundo que no entiende ni la entiende; en Casa de Alfileres, parecía ser el discurso de un adolescente raro que no encaja con el modelo común de la sociedad; y así, cada álbum trataba de evidenciar a ciertos personajes marginados por los amplios grupos sociales dominantes, cosa nada diferente con la comunidad Gay. Finalmente, poco a poco, con una carrera musical consolidada (por tocar bien, no por ser Gay), lograron develarse como una banda Gay haciendo Gay Metal. Hasta aquí, todo va bien. El problema comienza cuando llega la declaración de Peech en una entrevista para un documental sobre el movimiento Gay en Méjico: A la comunidad metalera no le importa si Larva es Gay, en tanto toquen buen Metal; en cambio, la comunidad Gay discrimina a Larva por tocar Metal, a pesar de ser Gay.

Kobda Rocha

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Jingles

El mundo capitalista, consumidor y vanidoso tiene muchas formas de vender un producto, muchas de las cuales no necesariamente requieren que el producto goce de buena calidad… es más, ni siquiera de mediana calidad. Tampoco importa que el producto sea necesario o siquiera útil para ser comercializado. De hecho, y para llegar al colmo de lo absurdo, ni siquiera es relevante si al consumidor le gusta el producto; con que lo compre es suficiente… y, sobre todo, si lo compra recurrentemente. El grado más alto de éxito en la mercantilización de un producto es la creación de adictos, obsesivos y coleccionistas.

La estrategia mercantil es simple: no importa qué se vende sino cómo se vende. Para esto, hay muchos recursos; algunos de los más evidentes son los eslóganes y los logotipos. Y algo de lo más presente (que es a lo que nos dedicaremos en esta digresión) son los jingles. Un jingle es una tonadita breve y pegajosa utilizada en los anuncios comerciales para representar una marca o producto. Son las cancioncitas fastidiosas que se nos meten a la cabeza durante semanas y no se satisface hasta adquirir el producto anunciado. Los jingles son la prostitución suprema de la música.

Existen variaciones regionales y temporales en cuanto al uso de los jingles; esto es que las melodías son a veces diferentes dependiendo el país o el año en que se anuncie, sobre todo cuando el producto sobrevive al paso de las generaciones, pues se tiene que adaptar a las modas y oídos del nuevo mundo tan mutable y destrozable al por mayor.

El Méjico de los noventas (o sea, el mundo donde crecí mi infancia) estuvo lleno de publicidad, no sólo sonora sino también visual y hasta mnemotécnica —o como sea que se llame ese tipo de malevolencia. Previo al actual sistema internetizado, todo entraba por tres grandes y metafóricas cabezas de Cerbero: radio, televisión y revistas. Las revistas como entidad visual, la radio como herramienta auditiva y la televisión como la perfecta combinación de ambas. Además, la inteligencia mediática había madurado bastante durante las dos décadas anteriores (setentas y ochentas) con tantos avances en Sociología, Psicología y Maldad. Todo contenido que se transmitía por estos medios estaba cargado de intenciones políticas, económicas, sociales, y a veces hasta religiosas o cosas más ruines.

Hablar de publicidad en general es un asunto extenso en demasía que nos tomaría varios compendios enciclopédicos para revisar por completo, y el tema de los jingles no es menor. Por ello, sólo pondré como ejemplo aquellos jingles noventeros más malditos y asquerosos; es decir, los que recuerdo con más cariño y alegría… porque significa que cumplieron su objetivo al quedarme marcados en la memoria y sobrevivir a mi infancia. ¡Malditos! Lo repito porque odio recordar con más claridad los jingles que los nombres de mis compañeros del colegio; pude haber olvidado mis clases de Geografía y de Ciencias Naturales, pero los malditos jingles aún los recuerdo… y lo peor de todo es que los canto y se me antoja comprar sus productos. ¡Malditos!

El primero que viene a mi memoria auditiva es Dulces Vero. Ahora que sé de poesía y teoría literaria, puedo decir que su recurso era muy tonto, pues el ripio con la terminación “-ero” es un tropezón horrible en un poeta. Pero a quién le importa; a mis cuatro años era una tonada mágica con lavado de cerebro incluido:

Ésta es la magia de Vero,

el dulce que yo prefiero,

el dulce que más me gusta

porque Vero es primero.

 

¡Vero! ¡Vero! ¡Vero!

¡Vero! ¡Vero! ¡Vero!

Lo segundo que asalta mi memoria son esos jingles pequeñitos pero efectivos. Canciones que no duran ni medio minuto pero con eso se quedan marcados en la memoria para siempre. Por ejemplo: Play Doh, Mamut y Duvalín. Por un lado, aunque parezca mentira, Play Doh sólo era una repetición en una alta de escala, subiendo el tono y acelerando el compás: Play Doh Doh Doh Doh Doh Doh Doh, Play Doh Doh Doh Doh Doh Doh Doh… Por otro lado, Mamut es la cosa más simple que se ha hecho en cuestión de jingles: sólo decir tres veces la palabra “Mamut” con un tono cavernicolesco después de sentenciar “Para ese apetito feroz” a modo de consejo, sugerencia u ordenanza. Y, claro, el explícito mensaje de Duvalín: “A Duvalín no lo cambio por naaada… ¡Duvalín!”. Además, la súper promoción que hizo Chabelo cuando rapeaba: “A tu Duvalín / le quitas la tapita / le cortas la carita / y en una cartita / me mandas tres.” Ya estando en esto de los jingles cortos y efectivos, habría que mencionar el de Tuinky Wonder, el pastelito de más sabor.

Lo tercero que recuerdo al pensar en jingles es el comercial de Triciclos Apache. El tono alegre, jocoso, animado, es suficiente para bailar y gritar “A – – Pa – Che”. Pero lo mejor de todo es la intromisión de un verdadero apache diciendo “Dura, dura, dura, dura”. Esto, por supuesto, con el implícito cocowash de que los triciclos nunca se acaban pues el gran atractivo es que tenían un año de garantía (¡qué extraña parece en los dosmiles esta propaganda!). Por cierto, y como dato curioso, no conozco a un solo nacido entre los ochentas y noventas que no haya disfrutado un Apache en su niñez. Todos tuvimos uno… ¡qué triste!

Para terminar, los dos grandes genios del jingle: Sanborns y Del Fuerte.

Sanborns tiene dos jingles, uno muy adulto y otro muy infantil. El adulto es una cancioncilla como de superación personal que acompaña una secuencia de batería con pianito alegre en tonos mayores, casi navideño, y el coro vocal “Sólo, sólo Sanborns”. El infantil es un contrapunto de voz grave y masculina (Borro Borom) con una aguda y femenina (Turu Tururum). Y eso sin mencionar el excelso recurso caricaturesco de los tecolotitos. ¡Ah, malditos genios!

Del Fuerte… ¿Qué decir de Del Fuerte? Aunque el original es de los setentas, censurado para los noventas, llegó completa y unrated por repetición de las tías, las madres, las vecinas y las abuelas. Creo que es éste el nivel más alto de propaganda auditiva. Lo que es más, ¿no es esto poesía de la mejor?

Estaban los tomatitos

muy contentitos

cuando llegó el verdugo

a hacerlos jugo.

 

“Qué me importa la muerte”,

dicen a coro,

si muero con decoro

en los productos Del Fuerte.

Como mención especial, queda “Con XL3, alivia la gripa en un 2×3” y “Póngale lo sabroso” (con voz de gallina, por cierto). Y así, poco a poco, una vez más, se van descifrando los torcidos trastornos subliminales del mundo hecho pedazos.

Kobda Rocha

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La fortaleza

Cada centímetro cuadrado contenido dentro de los casi 500950700 kilómetros cuadrados que conforman este planeta está lleno de mundo. Salvo por lo profundo de los mares, los desiertos, los volcanes y otros ciertos terrenos inhabitables —aunque no por ello inocentes—, todo está cubierto de humanidad. La guerra en algún momento pasó por cada lugar del orbe; la sangre, la muerte, el dolor, el llanto, la tristeza, la injusticia, la pobreza, y/o la enfermedad han marcado cada pedazo de nuestro planeta en algún momento de la historia. No hay ningún espacio libre de una memoria aterradora, no hay ni una espelunca que resguarde intacta su cualidad natural. Los humanos lo hemos manoseado todo, incluso el aire, incluso el cielo.

No teniendo salvación ni opción de huida, nos aferramos a la ruindad que hemos consolidado y, agregados ya al flujo lógico de nuestra propia consuetud entrópica, nos apropiamos de un trozo de mundo para hacerlo nuestro mundo. Si todo lo que hemos pisado ha quedado despojado de su altivez para convertirse en una contaminada vanidad, entonces compramos un terrenito para que al menos esos 200 metros cuadrados (o menos… mucho menos) sean nuestra vanidad, nuestra personal forma de destruir y salvaguardar el mundo. Ése, llamado nuestro hogar, es nuestra mitomaniaca esperanza de paz.

Poseer una casita, pagar el impuesto predial e imprimirle nuestra personalidad no es garantía de seguridad y verdadera posesión de algo; sólo es un holograma, una estampa, una ilusión, porque en cualquier momento nos sueltan un misil nuclear encima y destrozan nuestros dos cuartitos con cocina y baño… o nos hacen fraude y nos estafan con las escrituras de propiedad… o a las capas tectónicas de este lastimado planeta se les ocurre danzar sin interesarles nuestro recién levantado cimiento arquitectónico… o igual lo vendemos por propia voluntad. El punto es que no tenemos nada, el planeta no nos pertenece, ni siquiera los 200 metros cuadrados (o menos) en donde construimos nuestro hogar.

Y aun, con todo, nos aferramos a esa casita como si en verdad valiera la pena. Porque, de cierta forma, es lo único que nos queda: tragarnos la mentira, seguir el juego y enamorarnos de esos cuatro muros. Tras un ejercicio vacuo de resignación y conformismo, ese espacio irrelevante se transforma en el santuario más sagrado que podamos soñar. Ese templo, ese hogar, es una guarida contra todo lo mundo que es el mundo, es una muralla, una defensa contra todo lo humano que es el humano. Ahí dentro, con la sensación de estar donde todo es nuestro, forjamos el único refugio posible ante las atrocidades de nuestra especie.

Yo no critico esta medida tan simple, tan cóncava, tan superficial. Al final, de uno u otro modo, es bueno que encontremos un racimo de bienestar entre tanta calamidad mundana. Sin embargo, no puedo evitar pensar (¡oh, gran defecto!) que un hogar es la guarida del cuerpo. ¿Qué edificación, entonces, resguarda nuestra alma?

Kobda Rocha

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El encierro

La soledad se ha ganado el aprecio de muchos y el repudio de otros tantos. El arte le ha dedicado extensas obras y los filósofos la han mirado de cerca, casi enamorados de ella. Los poetas, por supuesto, también han merecido mil versos en su honor. Dediquemos tautológicamente una página más al tema.

Alguna vez escuché (no sé dónde) que aquella persona que disfruta su soledad tiende a escoger mejor sus compañías, pues quien huye de su soledad termina aceptando cualquier mala compañía sólo por desesperación. Esto me recuerda un poco a eso que dijo (espero recordar bien) Jean-Paul Sartre: “Si te sientes solo cuando estás solo, entonces estás mal acompañado”. Ah, porque eso es una vuelta de tuerca al dicho popular “Más vale sólo que mal acompañado”. Hay una canción de Molotov, lo digo como paréntesis, Más vale cholo que también se prende de esta frase, y es buena rola ya de paso… Algo más: cuando se habla de soledad lo primero que siempre viene a mi mente es aquella frase contradictoria de Bécquer que dicta “La soledad es muy bella cuando tienes a alguien con quien compartirla”. Es como el acertijo de mi abuelo: “Si unimos tu soledad y la mía, ¿tenemos dos soledades o ninguna?”.

Sin embargo, a pesar de todo lo que se puede decir y se ha dicho sobre la soledad, hay una soledad de particular interés: la causada por el encierro. Pensemos en un prisionero que ha sido aislado de todo contacto humano, guardado en una celda psiquiátrica o en una cárcel policiaca. No es lo mismo estar solo por ser feo y no tener amigos que por estar encerrado. Cómo pasar por alto El castillo de la pureza o el magnífico Yellow wallpaper y otras maravillas similares.

La soledad es superable y combatible, pero el encierro es insoportable y abisal. Hundido en la soledad del encierro, cualquiera podría, un día u otro igual que cualquiera, terminar, quizá por aburrimiento, tedio o desesperación, creando el cielo, la tierra y todas las cosas. Tal vez es ésa la cosmogonía de los artistas. Tal vez ésa es la teogonía de la creación.

Kobda Rocha

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Oscuros rincones de mi habitación

Alondra Montero, una voz en las letras, un sonido en el nombre.

El salón está lleno de rostros pálidos, son rostros tan inexpresivos como inalterables. Las copas tintinean, los vestidos caen, los perfumes se mezclan. La danza comienza, las parejas se reúnen, la música susurra notas menores a los piés de los invitados. Es la pesadilla irreal, es la ficticia celebración de los cuatro, es el oscuro paisaje en mi mente.

La necesidad en mi aflicción. La necesidad en mi dolor. Sangre bajo la piel, el infierno bajo la carne. No intentes tocarme, no intentes amarme. Puedo lastimarte, incluso podría matarte. Déjame descender sin tu ayuda, sin tus brazos, sin tu nombre.

La lluvia sobre tus hombros, respetando tu silueta, figuró un ángel hermoso. El sueño compartido: busca pareja para el gran baile; el vuelo del gorrión nos invitó a cabalgar las nubes. Majestuoso espectro ronda mi palpitar, amenaza con volver… ¡Vuelve, bello espantajo, vuelve a mí! Vuelve en sueños y aléjate de mi realidad.

Si te encuentro, existirás en mis andamios interiores. Si te salvo, será para extirpar el corazón, para lastimarte, para mutilar el vínculo cenizo entre nosotros. Beligerante, combativo, contendiente. Duerme y bésame. Duerme, abrázame, sálvame. Despierta y olvídame. Despierta, olvida mi nombre, olvida mi voz. No soy belleza, no eres amor; somos cúspide inmaculada en remoto panorama imaginario.

Culto divino, cuento de hadas, perfecto mesías. Poema bajo las manos, esperanza en tinta colonial, fábula sin musa. ¿Dónde está la psicosis de mi doncella? ¿Dónde está el tacto, los dedos persistentes? El ciego enmudece, el inválido ensordece. La máscara a través de tus ojos, el ancla a través del torso, el sendero sobre mi corona de espinas.

Los puentes desfallecen mis ojos, la caída estimula mi mente, tu imagen perdura aun cuando camino sin sueño por la ciudad. Las calles cubiertas de sal y ceniza: terremoto impávido. Perfecta esclavitud de mis propios deseos: sortilegio incrédulo.

Mi adicción a tu silencio ha intoxicado mi juicio. Mi veneno, tu voluntad. Tu veneno, mi perdición. Tus manos me asfixian, tu cuerpo me estrangula, mi soledad me conforta. Tiempo y esperanza. Poder y utopía. Mito sin personajes, crucifixión sin agonía, dolor sin cuerpo.

Quiero que me odies, necesito que me odies… porque te amo, porque me amas. Quiero que te vayas, necesito que te alejes… para no lastimarte, para no matarte.

Hoy desperté sola en mi habitación, y eras tan perfecto… eras tan etéreo.

Kobda Rocha

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Madona, diosa del aire

Miró a La Virgen María,

la abrazó con amor,

besó su mejilla y le rogó piedad.

Escaló por los muros del mundo,

se montó en una nube blanca y esponjosa,

enredándose entre suspiros de algodón.

Entre flores pavimentadas,

 

sobre el verde humo de la industria petroquímica,

sonreía entre diamantes vestidos de miel

con collares de oro, seda fina y hortensia azul.

El corazón embestido contra las estrellas;

el viento despeinó su corcel imantado,

los jardines oxidados formaron sus paraísos primitivos.

Se posó frente al altar de nuestra madre

y lloró antes de poder morir;

lloró sin palabras,

sin paz, sin amor.

 

Murió, porque el mundo no supo qué otra opción podía ofrecerle.

 

Kobda Rocha

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Odio amoroso

¿Qué es el odio amoroso?

Es exactamente el amor odioso, pero sin tan buen ritmazo.

Matarse a besos, 

acribillarse con caricias, 

balearse con abrazos.

Eso que tenemos tú y yo,

eso es.

 

Esa aversión insoportablemente bella;

esa repugnante guerra de cariño y te-extraños.

Esa mutua antipatía.

 

Cachetada cariñosa, 

blowjob con mordida,

chupetón y moretón.

 

Es nuestra furia incontrolable de amantes extasiados,

de necesitar al contrincante e invitarlo a cenar.

Es la ira de dos enamorados,

es la rabia de los tortolitos comprometidos.

Juan José Lavaniegos lo dijo:

“no habrá nadie que te odie tanto como te amo yo”.

Te amo tanto que me sale el necrofílico interno,

te odio con tanto amor que te quiero vivo para desear matarte.

Todo se vale, todo cuesta, todo se paga.

La única regla es:

ama a tu enemigo tanto como te odias a ti mismo.

Kobda Rocha

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Haciendo justicia a lo mejicano

La digresión de esta semana es breve y directa. Lo único que quiero es enlistar diez canciones que sellarán las bocas impertinentes de los malinchistas que repiten insulsamente que en Méjico no hay buen metal. Ya sé que es inútil discutir con cualquier ignaro que ha sido cocowasheado por el imperio estadounidense, pero igual no está de más aleccionarlos de vez en cuando (nunca se sabe cuándo podrán entrar en razón). Así es que voy a retar a todo aquel ingenuo que piense que el metal sólo puede venir de la Europa norteña o, peor aún, de la tierra del Capitán América; el reto será escuchar esta lista y encontrarle deficiencias musicales en su escala de calidad auditiva.

  1. Víctima (Ágora). Precisión y herencia exacta del linaje clásico del Heavy Metal, con un ensamble más que detallado en el andar de los compases. La fuerza y la melodía, los sintetizadores y la voz en perfecta comunión. Y eso, claro, sin mencionar el espléndido solo de guitarra.
  2. Apocalypshit (Molotov).Maldad, el diablo, blasfemia, irreverencia, maldiciones, groserías, transgresión, lo prohibido, lo indebido, lo malo y los eructos. ¿No es eso de lo que se trata el rockandroll?
  3. La estrella (Resorte). Complejidad musical a todo lo que da, una muestra de los alcances supremos de la composición. Una escuela del New Metal aprobada con honores y mención honorífica. Baterías con juegos rítmicos sutiles pero potentes, bajos no cuadrados que no son sólo el apoyo del conjunto sino una identidad vertebral del sonido, guitarras de seis cuerdas y quince trastes bien reconocidos y muy bien utilizados, y un trabajo lírico y vocal de primera.
  4. Ente (Larva). La fuerza que llega más allá del sonido instrumental, una destrucción del alma, salida de la sombra en el corazón, una oscuridad que fluye por las venas, que explota en cada grito, en cada palabra, una letra con sentimiento, con sentido, con profundidad. Y un final hermoso, tremendo y devastador.
  5. Alegoría (Ultratumba). Una prueba más de que el Metal no necesariamente tiene que ser rápido para ser agresivo. Una rítmica droga de éxtasis con dejos de Stoner, Heavy, Death, Rock y hasta de Melodic. La dupla Lorenzo Partida – Julio Márquez es un monstruo magnífico de composición, y la voz de Roberto Ramírez le agrega ese toque final que vuelve esta pieza una obra maestra.
  6. Mecosaurio (Brujería). La voz de Brujo, las metrallototas de Asesino, los tambores de Greñudo, las cuerdas de Fantasma, y todo un equipo de marijuanos locos devastando los oídos del mundo. Mecos, Satanismo, Brujerizmo, y mucho Death Metal.
  7. Adelitas (Asesino). Con un mensaje simple de sexo, cojidas, prostitución, depravación, droga, muerte, asesinatos, violencia y cruenta morbosidad, la música simplemente no puede ser cualquier ligereza. El sonido se posiciona a la altura del discurso, irrumpiendo agresivamente contra todo lo bueno, lo moral, lo moroso y lo convierte en metal extremo de Colofox.
  8. Rancid bowel sarcoma (Disgorge). Una muestra del alcance underground que, de tan bajotierra que logra ser, llega hasta las entrañas del infierno para hacerle vomitar todos los diantres condenados a las llamas. Esto es brutalidad pura nacida hace casi tres décadas en un mundo que apenas si concebía lo que era una masacre sonora en manos de músicos y románticos …por lo artístico y por lo infernal.
  9. Chabelita, la niña pornogore (Gore & Carnage). Qué bastaría para describir la cochinez sino la misma música defendiéndose por sí sola. El atascón de la garnacha, los frijoles y la perversión. Todo con sonidos marranones y salsita de la que pica.
  10. Porno Furby (Hol-a-wit). Dos palabras: Porno Gore.

 

 

He ahí la prueba del potencial mejicano en este género musical. Y eso que estamos dejando fuera a Transmetal, Luzbel, Veneno Para Las Hadas, Panic, Haqq-ed-dumm, Ángel de Metal, Semen, Leprosy, Paracoccidioidocomicosisproctitissarcomucosis, Fortaleza, Alaydha, Septentrion y tantas otras grandes bandas del metal mejicano. En fin, esto sólo fue una pequeña lección para esos ilusos eurocentristas o, peor aún, gringocentristas.

Kobda Rocha

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Mi primer asesinato

¿Qué será más placentero para ellos:
quitar o permitir la vida?
Oscar Blancas Vargas

Vivir requiere un alto grado de valentía. Existe una opinión dicotómica muy marcada cuando se trata del suicidio: algunos afirman que se necesitan muchas agallas para pegarse un tiro y otros lo califican como un acto de cobardía. Cabría entonces la suposición de que ocurre lo exacto mismo con sobrevivir. Pero no es así, pues resulta innegable que para vivir, además de un altísimo porcentaje de tendencias al masoquismo, se requiere mucha valentía. Vivir es sólo para los valerosos y para los que gustan de sufrir.

Acabar con la propia vida es un acto sin duda parteaguas en la vida (sí, entiéndase la ironía). Sin embargo, aún más titánica es la empresa de acabar con una vida ajena. Lo más terrible acaso sean las tantas consideraciones que circundan el asesinato, y no me refiero al acto último de decidir si apretar el gatillo o no, sino a la maduración previa del autoconcepto asesino… si es que hay alguno alguna vez.

Cuando uno no ha matado a nadie, son muy escasos los métodos de cómo hacerlo; la imaginación en el asesinato, como en el sexo, surge de la experiencia, del tedio de la rutina, de la aventura por lo nuevo, de la excitación ante lo extravagante. Los motivos, por ejemplo, son un límite constante y común para no asesinar porque, cuando uno jamás ha matado, el autotítulo es buena persona. Axiomáticamente, matar es una actividad de gente mala, de malhechores, de perversos, malvados, criminales y desalmados. Todo esto, por supuesto, es un pensamiento infantiloide que sólo tienen los que jamás han matado.

Para aclarar lo anterior, y para desviar la atención de los tantos detractores y moralistas obstinados que defenderán su miope opinión de que una persona buena no asesina, habrá que mencionar las tantas guerras políticas, religiosas, económicas, culturales y personales. Mucho de nuestro mundo es resultado de asesinar a la persona indicada en el lugar indicado en el momento indicado por el motivo indicado y en las condiciones indicadas. Sé que es difícil convencer a los cerrados de cerebro, pero basta con pensar en que, si hay un hombre malo, el bueno lo debe detener; por supuesto, antes que muerte se considera cárcel, castigo, reeducación o exilio, pero si es muy muy muy muy malo o las condiciones son propicias, habrá que asesinar al asesino para que se haga la paz. Existen muchos pasajes históricos, literarios, y hasta cinematográficos, así que no me fatigaré más en convencer a nadie de nada.

Ahora, aquí el relato confesión testimonio de mi primer asesinato:

Harto de la pequeña rata (criminales menores) actuando en mi ciudad, afectando a mi gente y degradando la vida de mi tierra, comencé a hacer frente a estos mini villanos (rateros, violadores, ofensores y canallas varios). Al principio, con inexperiencia y estupidez; luego, con astucia y efectividad; al final, con facilidad y dominio. Cada vez, el margen de error se reducía y la victoria era alcanzable con plena confianza del método heroico. Porque sí, uno llega a sentirse héroe, defensor de los oprimidos, justiciero anónimo, caballero valeroso.

No debería enorgullecerme de mis batallas porque, en principio, jamás debieron existir. Donde hace falta un enfrentamiento no es un lugar confiable y, por extensión de la obviedad, sus habitantes tampoco son de fiar. Sin embargo, ya metidos en este contexto de violencia y deshumanización, sí me vanaglorio de los asaltos frustrados por mi actuar, de las mujeres a quienes ayudé (salvé) de una posible agresión sexual mayor, de los ancianos a quienes socorrí con las habilidades que me brinda un fuerte cuerpo en juventud (porque, ya en esto, también eso se vuelve parte del oficio). En fin, conocí el honor, el valor y la valentía.

Pero el mundo es un maldito y siempre encuentra la forma de vencer a cualquiera, sobre todo a mí.

A bordo de un bus en pleno resistero, un hombrecillo subió gritando, amenazando y exigiendo dinero, pertenencias y temores. Bien practicada mi rutina, me levanté de mi asiento y me opuse al robo. El tipo aquel me miró, apuntome con su arma y dijo ¡Hoy no te vas a morir!. Acto seguido: disparó contra un señor que viajaba tranquilo sin secundar mi resistencia, un pasajero inocente que no tuvo la culpa de que yo, un héroe, viajara en el mismo bus que él, un hombre bueno que no pidió mi ayuda. Ahora, por mi culpa, él está muerto. Eso es asesinar.

Desde entonces, he dejado de combatir el micro crimen de mi ciudad por miedo a matar de nuevo. Se ha posado sobre mi corazón el miedo a la muerte; no a morir, sino a matar. Ahora soy débil, cobarde y deshonroso. Ése es el precio por ser bueno.

Poco a poco lo voy superando (espero… eso dice mi terapeuta) pero ahora me asalta un desconcierto aún más grande: ¿qué haría si alguien se quita la vida y como carta suicida deja un poema mío? O peor: ¿qué haría si alguien asesina a un inocente y como argumento utiliza uno de mis poemas? Quizá, por ahora, lo mejor sea el silencio.

Kobda Rocha

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Una Nación Alienígena

Es Augusto Quevedo Lara, líder, capitán, comandante del objeto volador no identificado que lleva la misión a flote de conquistar el orbe. La Nación Alien es un proyecto que llegó para invadir nuestro mundo. Arte visual, plástico, cartonería, fotografía, alebrijez, máscaras. Este proyecto, entre gratiferias, talleres, exposiciones y mil cosas más, publica un fanzine alterno en el cual también se incluye el sentido literario. Cabe mencionar que el número de humanos abducidos, entre artistas y espectadores, ha forjado una galería de talentos cuantiosos. Hablar de todos los involucrados (en las diferentes etapas de esta nación) sería una empresa casi interminable, pero debemos reconocer que cada uno ha aportado una página importante en la historia del proyecto. Yo mismo he desfilado por las trincheras de La Nación Alien, en el #9 del fanzine de hecho. Ahí una prueba más del interés artístico del jefazo Quevedo Lara no sólo por lo visual, sino también por lo literario e, incluso, por lo musical. Así es, la nación ha tenido a bien difundir un sampler de sonidos estrafalarios… a decir, “alienígenos”.
El disco se compone de diez tracks esquizofrénicos, extrañísimos a primera escucha (y cómo iba a ser de otra forma si el contacto extraterrestre no es cualquier trivialidad). Parece simple recurso retórico cuando digo que el audio del sampler es extraterrestre; sin embargo, si no las bandas comandadas por humanos (aparentes), al menos sí la sensación que su música provoca. Un poco porque las diferentes propuestas musicales son, además de alternas, complejas, y otro tanto porque la selección e incorporación al disco es muy específica. Esto no parece un acoplado común de bandas dispares que reúnen sus canciones en una misma producción; por el contrario, esto es más una experiencia sensiorial de comunicación alienígena. Mientras uno escucha, se aviene la sesación de estar presenciando a criaturas fuereñas. Como entrar al archivo general de sucesos paranormales y ponerse a oír los testimonios de todos los abducidos. Y, en efecto, pareciera como si los diferentes compositores fueran creaciones experimentales que a su vez han creado, por medio de relatar y replicar la experiencia, creaciones artísticas fuera de este mundo.

Ahora lo saben: si quieren literatura, música, arte visual y mucha buena vibra (como la que casi no se encuentra en este mundo) revisen el proyecto de La Nación Alien y alisten sus cuarteles porque el viaje es largo y sin regreso.

Kobda Rocha

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El soundtrack de nuestra realidad

En mayo, en la ciudad de Pátzcuaro (Michoacán, México), en el IV Encuentro Babel, conocí a Ioshio Hernández.Un escritor aventurado, muy imaginativo y algo chiflado (como todos los escritores acaso). La propuesta de este talentoso colega viene en una comunión de sonidos con grafías: Ficciones con soundtrack. Éste es un libro experimental, atrevido, peligroso. La cuestión es leer una serie de dieciséis ficciones al ritmo de dieciséis melodías diferentes. A primera mención, suena divertido; sin embargo, es mucho más complejo de lo que uno pensaría.

Primero, la idea que se viene a la mente es pensar que el autor se inspiró en cada canción para escribir sus textos, que los escribió escuchando las mismas canciones. Pero ya entrando en la lectura, parece que la propuesta es más profunda. Tampoco es que los textos traten sobre las canciones, ni siquiera son los exactos temas de las líricas. Y llega, pues, la pregunta: ¿qué hay que hacer con los tracks musicales? Al parecer, la indicación es leerlos con las canciones de fondo. Otra vez, parece sencillo. Pero cuando uno comienza, las canciones terminan antes, o sobra mucho tiempo de música después de terminar de leer. A veces el beat es muy lento y el texto muy largo como para llevarlo al mismo ritmo, o viceversa.

Segundo, es muy difícil encontrar la concordancia entre las letras y las notas. Música muy buena y textos muy buenos que parecieran no estar ligados, como una hamburguesa de amaranto o un pastel de aguacate. Es un gran reto forzarse a comprender la relación y, sobre todo, a sentirla. Es inútil sólo dejarse llevar por las emociones, pues ni la música ni la literatura son tan simples. Tienen, como toda excelente obra de arte, una profundidad y un trasfondo bastante complejo, completo.

Es octubre y yo apenas logro digerir esta entrega de canciones ficcionalizadas. Y probablemente no lo hubiese logrado de no haber coincidido nuevamente con Ioshio Hernández en la II Feria Itinerante del Libro Alternativo (FIL Alterna), donde tuve la fortuna de escuchar al propio autor leer algunas de sus ficciones con los soundtracks de fondo. Fue entonces que llegó el ¡Kaboom!, el ¡Eureka!, el ¡Alakazam! Es decir, la epifanía. Comprendí que no sólo es el texto y la música, sino también la lectura, el ritmo, la intención, la medida, la emotividad, la comunión de la literatura, la música y el ser humano.

Justo ahora me encuentro tratando de descubrirme en medio de este emparedado artístico tal como Ioshio lo ejemplificó. Un gran ejercicio de unidad disciplinaria. Quizá sea ésta la literatura que tanto han buscado algunos lectores exigentes con éste nuestro nuevo milenio.

Kobda Rocha

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El otoño sueña ser verano

Eres en mi vida ansiedad, angustia y desesperación.

Oswaldo Farrés

A la mitad del delirio, justo en ese momento en que sientes las hojas caer de tus ramas y tu tronco volverse frío, es cuando comienzas a soñar. Durmiente fantasmal aplastado por la locomotora de la vida, viajas a una dimensión donde tengas consciencia plena de la sangre fluyendo por tus venas. En esa dimensión sueño, huyes de ti mismo, de tu propia muerte impregnada en los años, en las arrugas, en los achaques del tiempo y el desgaste natural de la corteza. Intentas, con abono y optimismo, cambiar tu sino y reverdecer; pero, al despertar, tu reflejo en el espejo no te deja cumplir tus deseos. Es imposible revivir un alma decadente, es imosible florecer en la muerte.

Eternos los días, eternas las noches,

profundo el tiempo, profundo el silencio,

insoportable la distancia, insoportable la soledad,

inaudible mi canto, inaudible mi llanto.

Un laberinto de los más oscuros sentimientos podrían atemorizar a cualquier sirena cual desierto terrenal, insalino y seco. Despertar de un idílico sueño primaveral es naufragar en una gran isla sin mar. Nadie te salvará, no podrás salir de tu personal imitación de infierno. Llorar, dormir, soñar y morir: ahí el hado hechizante de la existencia.

Natura indiferente mirará tu lenta caída en el invierno. La luna no suspirará por ti, el mar no susurrará para ti, los murmullos serán ventiscas despiadadas. Los recuerdos arderán; de las cenizas sólo quedará la noche y tu cuerpo. El llanto no será fármaco suficiente para volver a apresar deseos tan vívidos. Poco a poco el silencio te consumirá. Único consuelo: cerrar los ojos y dormir esperando no despertar. Torcido árbol, sueña incesanemente con tus raíces vivas y tu eterna juventud.

Kobda Rocha

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