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Abluciones desde el nosocomio

 

Insane!
Am I the only motherfucker with a brain?
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La locura, en términos generales, es el estado por excelencia contrapuesto a la razón. Lo razonable es la sensatez, la prudencia circunspecta, la compostura mesurada, la sabiduría y el decoro; lo contrario es, por supuesto, la locura. Los locos, por lo tanto, han sido relegados a la categoría de enfermos [infirmus], en el sentido de ser incapaces de regirse por las leyes universales del actual orbe humano; son ovillados como imbéciles en los confines terminales del mundo: la pobreza, la ignocia y el psiquiátrico.

Desde Erasmo, y tal vez desde Jerónimo (o quizá desde Aristocles), la figura del cuerdo [cordis] ha sido cuestionada a profundidad, poniendo en duda su soberbia soberana. A partir de Adán, el primer homosapiens, la humanidad se ha conducido por vías de la razón, orgullosa de evolucionar a base de su propia mecánica intelectual y remática científica. Sin embargo, aun con todo el desarrollo especiático, el humano vive engullido por un limbo de tristeza, guerra, pena, injusticia, dolor y sufrimiento (eso sin mencionar nuestra larga estupidez). Tal vez la razón no ha sido el mejor sendero.
Es por ello que, el pasado 12 de noviembre del presente año (2018), se convocó el XIX Congreso Internacional de Filosofía, donde se planteó —y se aceptó casi como verdad absoluta por la mayoría de los académicos de las mejores universidades— que los locos son los verdaderos humanos y que los otros [ερως και μανια] son los auténticos insanos.

Kobda Rocha

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Oportunidad

Si miraras al cielo y pidieras una sola oportunidad, ¿sabrías interpretar el mensaje cuando llegue?. ¿Estarías a la altura de ofrecerte a ti mismo un segundo párrafo y separar lo que fuiste de lo que debas ser?. Realmente ¿te darías cuenta donde esta esa nueva chance?. Y en caso de ver entre tus manos ese poder para cambiar todo de una vez, ¿te animarías a hacerlo?.

Es muy fácil hablar por hablar. El destino si lo hay es extraño, impulsivo, traidor, desafiante, posesivo. Podríamos dedicarle todos nuestros años de existencia, temerosos de lo que vendrá, o podríamos más bien hacer lo que nos plazca. Sin embargo, esta segunda opción trae aparejado distintos problemas que nos llevan a recomenzar el diálogo de las oportunidades.

¿Dónde está Dios cuando más lo necesito?. ¿Por qué siempre me pasa a mi?. Y con los dramas nos surge el egoísmo a más no poder. Todos tienen que prestarnos atención. Porque al primero que se le ocurra esquivarnos le desearemos años de mala suerte. Pero no todo gira en torno a nosotros. No somos el Sol. No pretendamos serlo, porque nadie tiene tanta luz.

Antes de decidir se dice: “No, primero tengo que esperar a que me vaya bien en lo laboral, en lo económico, en mis relaciones personales, etc.”. Antes de emprender algo, primero esta acomodar allá, refaccionar acá. Y esa oportunidad se va sin ser siquiera observada. Es el mísero temor a la vida. El temor a cambiar. El temor a equivocarse y que la vereda de enfrente se te cague de risa.

Les damos valor justamente a las críticas de los que no tienen valor para hacer su vida sin meterse en la de los demás. Ponemos el énfasis en la sílaba equivocada. Batimos con dos botellas vacías que mañana las nubes se abrirán ante una espada que al otro día jamás nos animamos a empuñar. Y así, una tras otra, las chances modelan en minifalda ante nuestros ojos. Pero nos escondemos al verlas pasar.

Carlos David Rodriguez

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2×1

Cuando hablamos de música y literatura se hacen presentes varios casos de intertextualidad. Es cierto que en las obras literarias la música es un recurso concurrente, y de hecho bastante evidente. Sin embargo, en las obras musicales también se encuentra, de una u otra forma, la literatura como recurso.

En primera instancia, podemos mencionar la música con líricas, las cuales son un primer acercamiento a la poesía (no todas, claro está). El ritmo, la rima y el metro son herramientas de control mental poderosísimas cuando son aplicadas por encima de la melodía —si no me creen, escuchen los corridos norteños, el pop barato, las monótonas monofónicas o los narcosatánicos (¡y ya verán!). La música con voz y letra también se apoya de la retórica, de la poética y hasta de la gramática para alcanzar su objetivo (que no siempre es artístico meramente).

Pero, dejando de lado lo artificioso, existen casos de relación directa, de influencia visible, de inspiración expresa. Cómo olvidar, por ejemplo, “Molinos de viento” de Mago de Oz, referencia clara a El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra —este grupo tiene otras canciones con ligadura a otros libros, pero no haremos mayores menciones aquí, pues simplemente el mismo nombre de la banda nos dirige al libro de Lyman Frank Baum. Otro ejemplo es la canción “Macondo” de Óscar Chavez, la cual está referenciando el pueblo donde se desarrolla Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Con esta misma naturaleza toponímica, el nombre de la banda Opeth es un referente conexo a The Sunbird de Wilbur Smith.

Hay otros casos en que toman un poema y lo musicalizan. La poesía, es cierto, por sí sola ya tiene cierta musicalidad. Sin embargo, la instrumentación de ese poema es un ejercicio de écfrasis bastante interesante cuando se reinterpreta y encumbra en un nuevo ámbito artístico. Ejemplos de esto es el trabajo magnífico que hizo Chalino Sánchez [aunque a la primera da risa] con el Nocturno a Rosario de Manuel Acuña, la adaptación vocal que realizó Nacha Guevara a Te quiero de Mario Benedetti (entre otros tantos poemas del mismo autor), las manipulaciones de los poemas XV y XX de Pablo Neruda hechas por Víctor Jara y Anabantha respectivamente, la extrañísima experimentación emprendida por Lana del Rey con Burnt Norton de Thomas Steams Eliot, el explícito y truqueado apoderamiento de Caminante, no hay camino de Antonio Machado por Joan Manuel Serrat, el sublime homenaje que hizo Óscar Chávez a José Martí a través de La niña de Guatemala, la suprema realización que encumbró Tierra Santa en La canción del pirata de José de Espronceda —por cierto, esta agrupación ha llevado al sonido varias referencias literarias, aunque ninguna tan excelsa como la mencionada—, la oscura presentación de Les litanies de Satan de Charles Baudelaire hecha por Rotting Christ (aunque Transmetal les ganaron a hacerlo, con una versión traducida al español titulada Las letanías de Satán en su disco Tristeza de Lucifer), y las versiones alteradas con atrevimiento que propuso Guty Cárdenas para Blanca Rosa y Yo pienso en ti de Antonio Plaza.

Hay también casos que parecen más plagios que musiclizaciones. Por ejemplo, la canción Guantanamera que lleva retazos de versos de Martí. También, y esto parece más una burla, podemos mencionar Una divina commedia de Zecchino d’oro —no es necesario mencionar la referencia, ¿o sí?, pues es bastante evidente hasta para el más iletrado de los escuchas. Incluso la canción Lobo-hombre en París del grupo La Unión tiene estragos inconexos de El lobo-hombre de Boris Vian.

Finalmente, hay casos en que se toma no sólo un pasaje, un aspecto, un lugar, un poema o un fragmento de una obra literaria, sino que se toma toda la obra literaria por completo. La primer mención de esto es la clásica de Metallica For whom the bell tolls con origen en el libro de Ernest Hemingway. Otra mención infaltable es el disco The Antidote de Moonspell compuesto directamente sobre el libro de José Luis Peixoto.

(Hagamos un paréntesis para comentar unos casos, cosas raras como As I lay dying de William Faulkner, Paradise Lost de John Milton, Bullet for my valentine y Bring me the horizon de Ben Welch, Of mice and men de John Steinbeck, Shadows fall de Simon R. Green y Macbeth de William Shakespeare, que por alguna razón extraña se convirtieron en los nombres oficiales de algunas bandas [¿Pagarán derechos de autor? ¿Cuántos millones?]. Uno no puede dejar de preguntarse dónde están las bandas latinas que se llamen La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada o también Historia de cronopios y de famas o incluso, por qué no, El camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse.)

En conclusión, la música y la literatura encuentran siempre la forma de ir por la historia tomadas de la mano. El sentido ecléctico de las artes y su poco ortodoxo modo de conducirse por los corazones de los artistas hace que de vez en cuando surjan genios que saben tomar lo mejor de ambas, música y literatura, para ofrecer al mundo obras maestras que queden en la memoria auditiva, sensorial, emotiva, emocional e intelectual de quien presencie tales maravillas. Tal es el caso de Lorenzo Partida al traer a la vida El infierno de Dante y México Bárbaro, por ejemplo. Sin mencionar que él mismo es un escritor, un poeta, un músico, un compositor y, en fin, un artista, un genio, un ser humano de elevados talentos. Pero eso será tema de otra digresión, porque tan eminente maestro merece su propio texto.

Kobda Rocha

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Villanciclos

El día de los hechos no me despertó el canto del gallo como siempre, sino un replicar estruendoso de campanas festivas. Parecía como si

Cuasimodo hubiese atribulado campanas sobre campanas y sobre campanas una ráfaga de sonidos esquizofrénicos, aunque alegres y motivadores, como si las tocasen los ángeles. Me levanté, abrí las cortinas para ver qué sucedía en la calle y, al asomarme por la ventana, vi a un niño en una cuna. Yo me eché a reír de verlo así, pues era un niño, no un bebé. Le pregunté qué día era y me contestó en un idioma muy extraño; no sé qué dijo pero sonaba como si estuviese poseído por el diablo.

Para todo el mundo parecía ser un día importante, y también lo era para mí: justo ese día tenía una cita con la mujer más maravillosa del pueblo —y no digo del mundo porque no conozco a todas las mujeres del mundo, así que decirlo sería una mentira, y yo prefiero hablarle con la verdad. Me vestí con lo mejor que tengo y cargué mi burro sabanero con unos regalos que había comprado para ella. Me monté en él y emprendí camino. El muy holgazán iba demasiado lento, quejándose quizá por tanta carga, pero como yo lo quiero mucho siempre lo animo con optimismo: ¡Arre, borriquito! ¡Arre, burro, arre! Anda más a prisa que llegamos tarde.

Eran las dos de la tarde y yo apenas me encontraba a medio camino. ¡Pinche burro sabanero, tú tienes la culpa!, le grité al tiempo que le lancé tres patadas en las costillas. Un anciano que miraba de lejos la escena se acercó y dijo algo en el mismo idioma demoniaco del niño en la cuna.

—Gloria in excelsis deo, gloria in excelsis deo… —repetía, señalando a mi burro.

—Pus es que no quiere avanzar el animal —le dije para ver si así me ayudaba o se iba.

—Venite adoremvs dominvm? —preguntó… o dijo… no sé, la verdad yo no le entendía nada.

Resulta que, después de medio comunicarnos por cinco o diez minutos, intercambiamos bestias. Yo le di mi burro y él me dio un reno deforme con las patas chuecas, la cola mocha y la nariz roja como la grana. No me puedo quejar, mi burro ya era viejo y perezoso. Sí, lo quería mucho, pero uno no puede vivir llorando y lamentándose por siempre. Además, este cuadrúpedo sí era veloz ropo pom pom, corría como el viento ropo pom pom, ahora sí iba a llegar a tiempo ropo pom pom.

Pues no. Resulta que el destino tenía más sorpresas para mí ese día. A mitad del puente que cruza el río, un señor en ropas muy elegantes gritaba como loco: ¡Adeste! ¡Fideles! ¡Læti trivmphantes!. No puede ser, otra vez el idioma del mal. Sentí como si toda la gente se estuviera convirtiendo en zombie; primero el niño, luego el anciano, y ahora este señor elegante. Lo peor de todo es que tapaba el paso y el siguiente puente estaba a tres kilómetros, no podía perder tanto tiempo. Me bajé del reno para tratar de razonar con el hombre, pero el reno se escapó. ¡Maldita sea! Seguramente por eso el anciano me lo dio tan fácil. Y ahora tendría que seguir a pie.

Me dispuse a cruzar, pero el señor elegante me tomó por el brazo fuertemente mientras exclamaba extasiado esas palabras diabólicas que yo no entendía. Yo me trataba de zafar, pero él me sacudía cada vez con más fuerza. Con el forcejeo, terminó por lanzarme al río.
Los peces en el río bebían y bebían y volvían a beber. Yo refunfuñaba y maldecía al tipo elegante. Por un momento pensé que sería mejor darme por vencido, pero luego recordé a mi amada peinando sus cabellos de oro entre cortina y cortina con su peine de plata y me decidí a continuar. Lo valía. Ella valía las penas y los obstáculos. Romeo hubiese despreciado a Julieta en un santiamén de haber conocido a mi chica; Einstein jamás hubiese inventado la bomba atómica si hubiera invertido todo su talento en llegar a tiempo a una cita con ella; es más, ni Gandhi hubiera hecho huelga de hambre ni Sauron hubiese querido destruir la Tierra Media… No iba a detenerme ahora. No ahora que ya lo había perdido todo excepto la ilusión de estar con ella.

Mojado, sin reno, sin regalos, y sin tiempo, eché a correr. Eran las seis y yo no había comido nada. Llevaba los zapatos rotos de tanto correr presuroso. Eran las siete cuando reconocí su casa a lo lejos. Llegué a las siete y cuarto. Ella estaba lavando, los pajarillos cantaban y el romero florecía. No podía creerlo, lo había logrado. Cinco horas tarde, pero había arribado al fin.

Me disculpé por la tardanza y le platiqué mi odisea; le conté lo del anciano que me cambió el burro por un reno, lo de la mojada que me di, lo del reno que se me escapó con todos sus regalos, lo de mis piés adoloridos y lo de la gente con su idioma extraño. Me abrazó, me besó, y… bueno, pues tuvimos una noche de paz, una noche de amor. Pusimos reguetón a todo volumen y a darle con la pan pan pan, con la de de de, con la pan, con la de, con la pandereta y las castañuelas.
Por eso no creo nada de lo que me dices, porque ésa sólo fue una de tantas. Por lo que sé ni ella es virgen ni yo santo ni tú el padre de esa criatura. ¿Entendiste? Así que a mí no me vengas con tus palabras retorcidas de:

Ave Maria gratia plena, benedicta tv in mvlieribvs et benedictvs frvctvs ventris tvi

Ave Maria, mater dei, ora pro nobis pecatoribvs nvnc et in hora mortis nostrae

Y si me vas a decir algo, hazlo en buen español cristiano y no en ese idioma del infierno, por favor.

Kobda Rocha

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Transmetal – El Amor Supremo (2003)

1. El Amor Supremo
2. Un Océano de Tentaciones
3. Vendí mi Alma…
4. Encarnación del fuego
5. Vehemente
6. Servidor Infinito
7. Invocación y Conjuración
8. El Placer más Alto
9. Adoración y Entrega
10. Un Pacto Escrito con Sangre

Un hombre, hundido en la tristeza, escupiendo pesar y desgracia, poseedor de una larga desesperanza y un gran corazón doliente, cada noche mira el cielo a mitad del conticinio. Allá, en las alturas, ante el eterno brillar de las estrellas, imagina que su alma encontrará la quietud anhelada que ninguna otra cosa terrestre le puede ofrecer. Tras largos años de nostalgia, termina por mirar en sus propias tinieblas y, justo allí, en la penumbra de su pecho, encuentra el Amor Supremo. Una estrella ha bajado hasta él.

Ella es la raíz del fuego que ha de incendiar su espíritu, es el metrónomo-palpitar de su corazón, es un océano de tentaciones. Ella, para él, es una estrella prohibida, inalcanzable. Tendrá que conformarse con mirarla anhelante, como espiándola, porque ella tiene ya un destino con Adán. Eva, su estrella, es mujer para su hijo (su barro y su lodo). Él, Dios, los ha creado con ese propósito; enamorarse de ella fue un error bastante humano, a decir de un dios.

Celoso, tras notar la carne de Adán sobre la piel de Eva, Dios vende su alma a Lucifer. Quien alguna vez fue su enemigo, desterrado por su propia justicia, ahora es su única salvación. Lucifer es el único ser capaz de permitirle poseer a Eva. En tanto pueda ser el único que logre acariciar con su lengua la pasión triangular de Eva, él sucumbe ante las cláusulas más oscuras de Lucifer.

Dios, emergido desde el infierno, naturalmente convertido en fuego por las llamas seculares de su entrañable ángel de la luz, encarna en mágica expresión corporeizada. Eva no resiste la tentación de poseer aquel fruto prohibido, no resiste la tentación de poseer a Dios mismo. Lo acaricia, lo aprisiona y lame sus exuberantes formas, dialoga con sus manos, grita de dolor y euforia al recorrer tan hermosa geografía. A lo lejos, sobre la espalda de Dios, ella ve asomar la mirada irónica de Adán.

En vehemente imploración, Adán busca hambriento una migaja de gracia, de gloria, de paz. Adán ha quedado huérfano y soltero al mismo tiempo; su padre no lo escucha y su mujer no lo ama. Mira su reflejo y se descubre decrépito. Ha sido derrotado.

Infeliz, Adán recurre a la autohumillación. El dolor y la pasión lo afligen, el viento azota los escombros de su existencia, moribundo solloza sin cesar. De rodillas, miserable, se ofrece voluntariamente como un sirviente infinito, más allá del fin del tiempo. Grita ambos nombres, no importa quién lo escuche, Dios o Eva, él sólo busca una pizca de compasión y piedad.

Dios, aún extasiado, impotente ante la fiera furia de Eva, cae dormido. Lucifer, despierto, voyerista, al mirar la devoción de Dios hacia Eva, no logra evitar caer en la tentación. Bajo el hechizo de sus ojos, fuerte y subyugante, abrazado al fuego inmemorial, invoca el nombre del Amor Supremo.

Es con Lucifer donde Eva experimenta el placer más alto. Su sangre, sus caderas, su pasión, arden más intensas que las flamas del recinto infernal. Lucifer jamás ha presenciado tal cantidad de pecado y maldad, no sabe cómo proceder, descubre hasta sus últimos trucos, se entrega por completo. Eva, siempre seductora y sensual, discurre decepcionada sobre Lucifer, quien ahora sólo significa un encuentro casual.

Embobados, enamorados, Dios y Lucifer adoran a Eva por sobre todas las cosas, incluso por sobre sí mismos. Entregan sendos reinos por un centímetro de mujer, se abandonan a la locura carnal, pierden ahí el alma. Ya no más deidades, Eva los desprecia cual gusanos.
Inteligente, humano, Adán ya no busca a Dios. Reconoce el fracaso de su padre. Tampoco busca a Lucifer, pues nada tiene que ofrecer para un hombre tan altivo y poderoso como lo es Adán. Aunque anciano, él confía en su original costilla, sabe que tras el reencuentro con la figura jovial de Eva, su propia armonía resurgirá. Entrega su alma, libre y total, a las fervorosas manos de su mujer; él ha encontrado en Eva una deidad digna de eterna dilección. Eva es el verdadero Amor Supremo.

Kobda Rocha

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Muda Danza

Mudarse de cuerpo, al igual que de casa, es más difícil cuanto más tiempo has vivido allí. Lo primero que mudé fue mi pene. Eso fue fácil, debo confesar. Lo saqué de tu vagina y lo puse en otra. Otras, de hecho. Es que, cuando uno deja su hogar tan repentinamente, importa poco el lugar al que llegas: si te gusta o no, si es seguro, si es cómodo, si tiene todos los servicios, si es cálido o frío, si es grande o pequeño, si está en buenas condiciones o en una colonia decente. Lo único en lo que uno piensa es en dormir calientito y bien cenado.

La primera noche tuve que pasarla con un cuerpo rentado en un hotel de paso. Estaba algo sucio y no pude dormir por estar pensando en ti. La cama no se asemejaba en absoluto a tu torso desnudo, pero al menos las sábanas se empiernaron conmigo varias veces a lo largo de la noche. Claro que sus pechos, aunque grandes, no eran tan confortables como las almohadas de nuestro lecho conyugal.

La segunda noche fue más a-cojedora; la pasé con una amiga en su depa. La llamé para contarle y desahogar mis males; salimos, fuimos a comer, nos tomamos una cerveza, te maldijimos dos o tres horas, y luego me invitó a su depa. Su cuerpo es pequeño, casi no caben muebles en su vientre; apenas tiene un silloncito para dos personas, una mesita de centro, un librero repleto de cachivaches y un lunar debajo del pezón izquierdo. Una vez allí, en lo apretujado de su hospitalidad, tuve que entrar hasta el fondo de su cuerpo para no romper nada.

La tercera noche estuve inconsciente hasta el amanecer. Entré a un bar para llorar tu ausencia. Alcoholizado, con la nostalgia entre los nudillos y el contrato entre las piernas, me desmayé sobre el retrete. Desperté afuera, junto al basurero, sin dignidad pero con experiencia. Ese mismo día conseguí un departamento pequeño, barato y lejos de tu nombre.

Mudarse de casa, al igual que de cuerpo, es más difícil cuando el espejo te reprocha a cada instante lo hueco de tus acciones. Lo segundo que mudé fueron mis ojos. Me costó algo de trabajo meterlos en mi nuevo departamento, pero al final les encontré un buen lugar junto al mueble de televisión. No se ven muy bien (como que no combinan con la decoración), pero he notado que, cerrados, pasan bastante desapercibidos.

Lo más complicado fue empacar mis brazos y nuestras fotos juntos. Los primeros los metí en cajas, pero nunca los desempaqué; las segundas las guardé en un cajón de la recámara, pero no me acuerdo en cuál exactamente. Si alguien me pregunta, diré que las perdí.
Cuando saqué mi colección de discos, no supe si era buena idea volver a colocarlos en mis oídos o no. Cómo escuchar una cascada en la regadera, cómo escuchar el viento en un silbido, cómo escuchar tu voz en mi silencio. ¡Qué difícil decisión! Había mucho dinero invertido en esos discos, mucho tiempo dedicado a apreciarlos nota por nota, mucho esfuerzo en aprender otros idiomas para entender las letras de las canciones, había dedicado la vida entera a mi música, y ahora me era imposible escucharla porque mis orejas aún tenían el acúfeno de tus últimas palabras:

¿Cómo pudiste hacernos esto, amor?

Kobda Rocha

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Ubicuidad

Toda mi vida he estado vacío, sin compañía. No hubo momento en mi infancia en que no me sintiera perdido en la nada. Mi adolescencia fue una saeta de abisales tristuras. En mis veintes, me suicidé nueve veces y siempre desperté al siguiente día con la misma deprimente decadencia espiritual con que había caído muerto la noche anterior. Un tiempo traté de refugiarme en el alcohol, luego fui a terapia psicológica, también quise enamorarme, salir con amigos, hundirme en la poesía y trabajar arduamente para hacer mucho dinero. Pero la amargura nunca me abandonó.

Sinceramente, no tengo razones fuertes para sentir tales pesares; jamás he sufrido desgracias tan tremendas capaces de maniqueizar el alma de alguien. Cuando yo aún era un mamón, mi padre se marchó a Estados Unidos; nunca llamó, nunca envió el dinero prometido, nunca regresó y nunca lo necesitamos. A mis quince, unos gañanes de la escuela me golpearon saliendo de clases, dejándome con múltiples moretones y dos costillas fracturadas. Tuve que trabajar desde los diecisiete años para ayudar con los gastos de la casa. A mis veintinueve, mi madre falleció en mis brazos por culpa de un cáncer de pulmón causado por su adicción al tabaco. Jamás he tenido carro propio y me han diagnosticado gastritis. En resumen, he llevado una vida común, simple, como cualquier otra, con sus altibajos… No hay razón suficiente para sentir esta oscuridad que me presiona el pecho veinticuatro siete.

Mi último intento por sonreír fue buscar a dios. ¿Qué es eso? ¿Qué es un dios? ¿Acaso existe siquiera? Me pareció una empresa complicada, pero, si tenía éxito, tal vez podría deshacerme de esta pesadumbre de una vez por todas. Primero fui a varias iglesias de religiones diferentes, pero pronto descubrí lo que ya todos saben a estas alturas del milenio: la religión es una farsa político-capitalista. Después me embutí en la meditación espiritual, pero así no se encuentra a dios; a lo más, uno se encuentra a uno mismo, pero no a dios. Finalmente lo busqué a través del arte, la ciencia y la filosofía. Por el arte, me convencí de que existía. Por la ciencia, supe que era omnipotente. Y por la filosofía, comprendí que de todos modos él no me libraría de mis abismos.

Yo sigo igual, vacío y sin sentido, pero una cosa sí cambió: ahora dios está en todas partes. Su omnipresencia resultó ser real; no lo veo en todo lugar, pero sí lo escucho en cada sonido. Ésa es la verdad: dios no es una imagen, es un sonido. Sólo falta poner un poco de atención para lograr escuchar la divinidad en una tarde lluviosa, en los ladridos de un perro callejero, en los balbuceos de un niño en brazos de su madre, en los truenos desplegados de un beso apasionado, en el llanto de una viuda, en la quinta danza húngara de Brahms, en tu garganta leyendo este texto en voz alta, y aun en los conticinios más solitarios. Ahí, incluso en el silencio, ahí está dios.

Kobda Rocha

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Flores vidas infinitesimales

I’m searching for something which can’t be found,
but I’m hoping.
Petrus Thomas Ratajczyk

Mi abuela de ochentaitrés años tenía un gato de trece y medio. Dos años después, la muerte fue a su casa, tomó el té y pidió la mano de mi abuela. El gato, infatuado y piromántico, se ofreció en su lugar. La muerte aceptó el trato, el gato murió por ambos, y mi abuela tiene ahora noventainueve años de edad.

Las hojas caen.
La lluvia cae.
La piel se derrite.
El alma se pudre.
Luego la primavera seduce los días. Y en otoño cumple cien.

La vieja está más lúcida que los filósofos. Su corazón se detiene durante catorce segundos cada día a las tres de la tarde con cinco minutos. El opaco añil de sus uñas destruye la realidad. Sus ojos camaleón encuentran la vasija dorada al final del arcoiris. Todos los sábados llega la muerte a tomar el té con mi abuela; comparten, sin dilogías obligadas, una química pseudogásmica y una apatía necromórfica. Luego, la muerte se va en solitud y la vieja se queda, al menos otro año, sola y sin gato.

Kobda Rocha

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Diario pasional

06-09-2018: Tengo la necesidad de saber lo que piensa. Su pelo llega hasta el suelo, tiene una mirada que no refleja miedo y un deseo que me tiene preso. Me gusta cuando saca su instinto animal, ese que sale cuando ya es tarde. Me pone mal con una mirada, ¡ojos de diabla! Le gusta pecar, no le importa nada, es una niña mala. Tiene su punto y yo se lo encontraré. Le apagaré ese fuego. Tal vez termine dañándome la mente, pero seré paciente, pues hace tiempo que quiero verla y, si tengo suerte, seré yo quien la devore. Y, si hay humo en el ambiente, se pondrá demente y no querrá parar.

13-09-2018: Soy un poeta, le hablo bonito, le llevo serenatas para que brille como el sol hasta el amanecer. Yo tengo lo que le hace falta para hacerla enloquecer. Seré un loquito también, pero puedo amarla. Mañana que la vea le diré: “eres tan bella y sensual, sobrenatural”. Atentamente, el chico de las poesías.

20-09-2018: Su sensualidad me tiene al borde de la locura. Hay muchos tras de ella, pero yo ganaré; quiero que todos nos vean agarrados de las manos. Seré el mismo diablo, le enviaré besos de emoji, pasaré a buscarla, sentirá maravillas conmigo cuando esté en mi habitación, haré que se moje aunque traiga paraguas, la besaré y haré que se le suba la temperatura.

27-09-2018: Ayer la sentí más cerquita. Era una noche oscura, me hizo falta compañía y la fui a buscar. No sé lo que me pasó, es que no podía dormir. Como haya sido, igual se veía muy contenta y terminó acurrucada conmigo. Le dimos y gozamos. Lo de ayer fue sin querer, pero parecía queriendo.

04-10-2018: Hoy no me dieron ganas ni de comer, porque ella sí que me lo sabe hacer: mueve su cuerpo como debe ser, me da esa boquita para morderla, lo hacemos por aquí y por allá sin importar dónde sea. Siempre que la toco se prende como una mecha y yo la tengo arrecha, estoy como una flecha. Me gusta cómo su cama suena cuando mis ganas no frenan, manejando sus curvas para ver hasta dónde me llevan. ¿Qué pasó? Pues que la abrí como un estuche. Ahora, seguramente, ella piensa en mí hasta cuando se ducha.

18-10-2018: Hoy me dio su cosita. Me dio su cosita toda la semana. Día y noche, mañana y tarde, a todas horas.

25-10-2018: Mi supernova, la que una sonrisa me roba. Tremenda loba. Sólo un beso y calienta la alcoba. Se me pega y me soba. No se incomoda. Ella es una pantera, yo soy su casanova. Mi mente descontrola. Y si la llamo ella me dice que la busque, que está sola, que no hay tiempo para demoras. Yo quiero un poco más de su rica desnudez; el sudor de su piel es el que yo quiero probar. Esos besitos me dan ganas de amanecer con ella todas las mañanas. Está decidido, le pediré que se escape conmigo.

01-11-2018: Ya no tendré tiempo para escribir este diario, porque a mi baby no le quiere bajar…

Kobda Rocha

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Prohabilidades

Everything is going my way and I feel inclined to say:
Today is my lucky day.
Eric Herman

Hay días en que uno se levanta de buen humor. Al abrir los ojos, una sonrisa se te escapa de entre las sábanas. Nada puede salir mal. La vida es bella.

Hay días en que los museos brasileños se incendian, el bolívar venezolano se devalúa y las universidades mejicanas entran en paro indefinido. Terremotos por aquí, enfermedades por allá. Pero a ti no te importa lo que pase en el mundo; te preocupas sólo por ti y por lo que realmente es importante para tus triviales consuetudes. Hoy estás de buen humor como para poner demasiada atención en los problemas del mundo.

Hay días en que se te acaba el gas a medio baño, el jabón te entra en los ojos y la camisa blanca está rota —tiene un hoyo por quemadura de cigarro. La otra camisa está sucia y, al buscar en el armario, todas las demás te quedan demasiado grandes. Estás muy flaco, dijo el doctor, al filo de la anemia; desde el divorcio no has comido bien, te has descuidado mucho. La camisa de doble costura es la mejor, aunque te quede grande, pero ni modo de ir desnudo al trabajo. También se te acabaron los rastrillos, no encuentras las llaves y no hay nada en la cocina para desayunar. No importa, igual careces de apetito y, además, este día nada podrá perturbar tu buen humor.

Hay días en que el carro no enciende. Tiene gasolina. Ayer estaba bien, funcionaba a la perfección. Abres el cofre, miras hacia adentro, pero no sabes nada de automotores. No hay más opción que maldecir al mecánico. Pero tranquilo, no pasa nada, recuerda que hoy estás de buen humor.

Hay días en que tu jefe te regaña por llegar tarde al trabajo. Es que el transporte público es un infierno. No me interesa, te dice el jefe, te voy a descontar el día. Pero sólo fueron dos horas, esto es un abuso de poder, eres un desgraciado. Entonces, te dice, estás despedido. Pero tú estás de buen humor y de todos modos ya estabas harto de ese trabajo agobiante y de ese jefe desalmado. Sonríes y te vas.

Hay días en que la prostitución matutina huele deliciosa. Y esto sí te sale bien. ¡De lujo! Ningún error, ningún contratiempo, ningún desperfecto. Tal vez ya tengas chancro, sífilis o SIDA, pero hoy nada podrá arruinar tu buen humor.

Hay días en que los criminales deciden sondear un nuevo método: asaltar moteles, sorprender desnudos a los clientes y exigirles la billetera o, si no, acomodarles una bala en los genitales. Los clientes, cuerdos y conscientes, prefieren mantener su satiriasis intacta. Pero como tu buen humor quiere culminar en una penetración anal y no podrás pagarla si se llevan tu dinero, mejor la bala en los huevos.

Hay días en que la muerte viene por ti. ¿Por qué? Ella te informa que te dispararon más arribita de los testículos y además dos veces. No importa, muerto pero de buen humor.

Hay días en que San Pedro también está de buen humor y te deja pasar sin pedirte siquiera una identificación. Un ángel responde todas tus dudas: tenemos piscina, spa, campos de golf, permanencia voluntaria en el cine y bufete de comida china. Le agradeces y te vas al cine. Allí, entablas charla con una bellísima muchacha recién muerta (igual que tú), una jovencita de veintitrés años que fue atropellada por un borracho estúpido. La invitas a tener relaciones anales —para no quedarte con las ganas— y, al ver su expresión de desconcierto, la convences diciéndole que ya están muertos, que en el paraíso no hay infecciones venéreas ni nada de qué preocuparse. Tras tu rauda eyaculación, mientras se fuman un cigarro, te pregunta cómo moriste. Por supuesto, no le vas a contar tu vergonzosa anécdota; prefieres decirle que fue durante un incendio, tratando de salvar a un niño atrapado en su casa, le confiesas que no te arrepientes y sólo esperas que él sí haya sobrevivido. En ese momento, dios entra en la habitación y los sorprende aún desnudos. La escena te recuerda el motel pringoso, con lumia ingenua, bandido cerril y hasta ese fétido hedor a semen seco. Pero tu buen humor no se va a acabar sólo porque dios te expulsó del cielo para siempre.

Hay días en que Can Cerbero también te deja pasar amablemente. Le explicas al diablo que dios se molestó contigo porque le mentiste a esa señorita. Él se burla y tú, aunque realmente no entiendes por qué la mentira es tan deletérea, te ríes de todos sus chistes. Después de invitarte un trago, te dice que él de veras comprende tu situación, pero que estás en el infierno y tienes que sufrir. Pero no te preocupes, agrega confortante, parece que hoy estás de buen humor. Así es, estás condenado por toda la eternidad, pero el diablo tiene razón: ningún tormento logrará doblegar tu buen humor.

También hay otros días en que uno se levanta de mal humor. Tienes una bella esposa y dos hijos hermosos de cuatro y seis años. Tu carro es algo viejo pero jamás ha fallado. Tienes un trabajo estable y tu jefe es bastante comprensivo. No eres rico, pero llevas un nivel de vida bastante cómodo. Gozas de buena salud. Y los noticieros anuncian mejoras económico-sociales para tu país. Pero nada importa, porque hoy amaneciste de mal humor y no tienes tiempo (ni ganas) para valorar tu vida. Sólo te limitas a pensar: “¡Ojalá que a este mundo se lo lleve el diablo!”.

Kobda Rocha

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Fiesta en el Infierno

Éste es sólo otro texto sobre el amor. Sí, ya sé que el título era más prometedor, pero así son las cosas: aunque hoy en día el amor se filtra por todos los poros de la moral que hasta termina fastidiándonos, me tomaré la libertad de añadir un texto más al absurdo humano en torno al tema. Sí, éste es sólo otro texto sobre el amor.

Todo ser humano enamorado está condenado a desmerecer credibilidad en la historia, pues el velo del amor termina por quijotizar incluso al más sensato de los positivistas. Hasta un infante con acceso al cine comercial, a la música de moda, a las revistas líderes de opinión, a los libros más vendidos, al entretenimiento paladino en general, sabría que el amor es una construcción burguesa, una invención medieval, un cuento de hadas desquiciado, una fantasía delirante. Con un poco ―sólo un poquitito― de sentido común, cualquiera negaría tal disparate, renegaría de él.

Con todo, siempre hay persistentes que se enamoran. Los demonios, amantes de todo mal terrenal, celebran la degradación de otro corazón cada vez que un adolescente dice “¡Te amo!”. No hay daño más grande que pueda causar un diablillo cornudo como el sincero y goliardo enamoramiento de una pareja encantada por la pasión. Luego, si su amor es profundo y para siempre, entonces el daño es todavía mayor.

El amor es cegador, como una atadura espiritual. El amor te impide mirar la desgracia del mundo, aun la propia. El amor es más grande que el honor, la justicia, la verdad, la virtud, la moral, la bondad, el valor; ¡es más grande que todo, pues! La política, la religión, la familia, la economía, la filosofía incluso, carecen de importancia cuando se ama. Cuando se ama, uno se vuelve sordo y débil: ya no estás dispuesto a pelear ni a morir, tienes miedo de perder tu casa y tu dinero, cedes ante cualquier amenaza o combate inminente. Cuando se ama, uno se vuelve tonto y débil.

Una humanidad de enamorados sería una humanidad de debiluchos indefensos, enceguecidos por el ímpetu acelerado de su palpitar. Justo ésa es la oportunidad que cualquier dictador desalmado necesita para ejercer imperios descaradamente convenencieros; ése es el momento que un ladrón holgazán aprovecha para salir victorioso con el menor esfuerzo; ése es el pretexto que usan los chamucos colorados para festejar la decadencia de nuestra especie. ¿Qué tonto abandonaría la ilusión profesional por un amorío? ¿Qué ingenuo cambiaría toda su riqueza espiritual por un beso de amor verdadero? ¿Qué imbécil tendría preferencia por veinte minutos de sexo sobre veinte años de éxito? ¡Exacto!: nosotros, los humanos. Sí, así somos de estúpidos.

Enamorarse es dejarse vencer por la involución de la especie, por el sexo del cuerpo, por el sentimiento del corazón, por la felicidad del alma, por el desuso de la mente. Si se requiere mi consejo, sólo podré decir una tontería más: enamórate. Sé feliz, dichoso, que arda en tu pecho toda alegría vehemente, que tu sexo ―por más animal que éste resulte― sea complacido a plenitud, libera los instintos de la bestia, deja salir al humano absurdo e inmaduro, que se apague tu cerebro por completo. No te preocupes por el honor, la justicia o la política; de cualquier forma, el universo se rige por su propia entropía, el mundo siempre ha sido una porquería y siempre lo será. Así que, por tu propio bien, cierra los ojos e ignora el menoscabo de la humanidad; enamórate y contribuye, con ese pequeño aporte, a la destrucción del mundo.

…y deja que los diablos del infierno sigan la fiesta en paz.

Kobda Rocha

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La sonrisa del camaleón

 Extraído del libro “.el abc de la estupidez”, publicado en 2016.

Arianna es el nombre de mi guitarra. Fue un regalo de mi padre en la última Navidad que estuvo con nosotros. Yo tenía dieciséis años y quería ser rockstar. Mi madre se oponía, insistía en que fuera abogado o doctor; pero mi padre me apoyaba, decía que todo trabajo es bueno siempre que uno estuviera feliz con ello.

Ahora soy un hombre casado, un hombre común con una vida común. Mi esposa es una mujer hermosa, inteligente y talentosa; lee al menos treinta páginas antes de dormir, es gerente general en la compañía donde trabaja, tiene hábitos saludables, hace deporte, conoce gente importante. Es una mujer importante. Tenemos dos niñas, de cinco y tres años. Las amo tanto. Son mi vida, son mi amor. Amo a mi esposa, pero son ellas mi razón para seguir con este estilo de vida. Ellas son mi fuerza; sin ellas, me hubiera derrumbado hace tiempo (cuando mi esposa y yo dejamos de platicar sobre asuntos sin importancia, cuando cambiamos nuestra medianoche de amor y charla por veinte minutos de café y cigarrillo en silencio). Tengo un empleo mediocre con un sueldo miserable en una empresa de alto prestigio. Mi padre ―donde quiera que esté― debe estar decepcionado de mí. Mi trabajo en la oficina no me hace feliz, y lo que hago ni siquiera lo hago bien. Pero no puedo dejarlo, es lo que me mantiene al día. Mi esposa dice que tenemos la vida que soñamos, y la sonrisa de mis hijas lo comprueba.

Soy un hombre feliz. No me quejo de lo que no tengo ni me disculpo por lo que no hice. Cada mañana, cuando el despertador me susurra que es tiempo de comenzar la rutina, abro los ojos y sonrío. Día a día, debo preguntarme por qué tengo esta vida y por qué hago lo que hago, y mi respuesta siempre es la misma: lo hago porque soy un hombre feliz.

El sábado por la noche, como cada semana, estoy en un bar al sur de la ciudad. Es un bar sin concurrencia a cinco minutos del metro Xola. Mi esposa dice que es absurdo e infantil que siga yendo a ese lugar; cada semana se molesta por ello. Debo confesar que algunas veces me da miedo que el asunto termine con nuestro matrimonio. Hago esto a pesar de mi esposa. No quiero molestarla ni lastimarla, pero esto es mi válvula de escape. Sin ello, explotaría.

Cuando voy a tocar al bar, mi esposa no me deja usar el auto ni llevar dinero; cuando está de buen humor dice que es por mi seguridad, que lo hace para cuidarme; cuando está de mal humor dice que no le importa si muero allá un día de estos, pero que no soportaría vivir una semana sin el auto. Creo que es mejor así. Me gusta caminar entre faros y estrellas de regreso a casa. Alfredo, mi compañero, me ofrece un aventón aunque sabe que, como cada sábado, me negaré. Lo hace automáticamente por cortesía, tal vez por aprecio o amistad; sin embargo, ambos sabemos que si aceptara, el viaje sería incómodo para los dos. Seguimos yendo a ese bar a tocar juntos, pero nuestras vidas han tomado rumbos separados y totalmente distintos. Además, me gusta caminar de regreso a casa entre faros y estrellas. Creo que es mejor así.

La caminata sobre la Calzada de Tlalpan se embellece con prostitución a cada paso. De vez en vez, cuando me canso de caminar, les canto una canción a cambio de un tabaco y una historia ―debo confesar que soy adicto a sus amores. Anoche me detuve en el parque Xotepingo para rendir un homenaje a Luis Álvarez; las chicas contaban bromas y soltaban carcajadas al ir escuchando la letra de la canción:

“Sólo quiero eyacular mis ideas en tu mente,

Sólo quiero eyacular mis sentimientos en tu vientre.”

Al terminar la canción, los cigarrillos se encendieron y los tacones se disiparon sin despedidas ni miradas. Sólo Wendy permaneció inmóvil frente a mí, con la intención en los ojos de doblegar su fortaleza. “Me encanta eso que haces con la guitarra; parece que llora, parece que se lamenta”. Wendy era, siempre lo creí, una chica muy inteligente. Sabía de temas políticos y científicos, a veces hasta más que yo. Decía que todo lo leía en el periódico o que sus clientes se lo contaban, pero yo siempre sospeché que había algo más.

Gracias, le respondí, y ¿dónde van al baño? La pregunta que me trajo aquí. Jamás debí pedirlo; debí orinar en un árbol como hacen todos. Pero necesitaba refrescarme. Ella entró conmigo, dijo que de otra forma no me dejarían pasar. Si mi esposa hubiera visto aquella escena, en este momento estaría firmando el divorcio en lugar de haberme traído flores al hospital.

No sé en qué pensaba mientras estuve en el baño. Recargado en el lavabo, tratando de no tocar las paredes —como si eso me librara del contagio—; no sé o tal vez no quiero recordar qué pensaba. Habían pasado alrededor de diez minutos cuando me decidí a salir. Wendy ya no estaba, yo me retiré de ahí sin dar las gracias. Afuera había una escena grotesca: un hombre barrigón de unos cuarenta años manoseándola enfurecidamente y lamiéndole de la nariz al pecho. De pronto, el hombre se detuvo por un segundo y luego la golpeó dos veces en el estómago. Al instante, sin premeditar en lo que me estaba metiendo, corrí para defenderla; pero el tipo sacó una pistola… y disparó.

Definitivamente, mi esposa no me dejará volver a tocar mi guitarra por el resto de mi vida. Quizá pueda aprenderme Las Mañanitas y cantar en los cumpleaños de nuestras hijas. Ni siquiera sé si Arianna sobrevivió a la noche de ayer. La enfermera dice que mi esposa está allá afuera con un ramo de flores esperando la hora de las visitas. Yo no sé si tendré el valor de mirarla a los ojos y explicarle lo que sucedió.

“Estás vivo. Si es lo que quieres saber.” Dijo el doctor al acercarse a mi cama. “La pregunta es: ¿qué vida vivirás a partir de hoy?” Me miró inquietantemente, intrigado y muy serio. Supuse que quería saber qué hacía yo en ese lugar. En cualquier momento preguntaría ¿qué le dirá a su esposa cuando suba? o haría señas de confidencialidad machista, guiñándome un ojo para hacerme saber que mi secreto estaba a salvo. Pero Dios sabe que jamás he tenido sexo con ninguna de ellas. Así que me anticipé a cualquier cosa que estuviera pensando decirme y exclamé: “¡Viviré una vida feliz, con mi esposa e hijas!”.

Me miró fijamente por unos segundos y entonces dijo: “Las estrellas sólo son estrellas. Realmente ellas no conocen su condición, tú eres quien ve la belleza en ellas. Eso no significa que una estrella sea feliz sólo por ser estrella. Al igual que tú no eres feliz sólo por ser quien eres.” Al terminar, sonrió. Yo había visto esa sonrisa antes; una sonrisa sincera, sin burla, plena, real. Antes de dar la vuelta para salir de la sala, me dijo: “Reza y agradece, porque estás vivo de milagro… Por cierto, te gusta caminar entre faros y estrellas, ¿verdad?”.

Era él…

Era ella…

Sonriente, sincero. Ése es el rostro detrás de la fortaleza impenetrable y el maquillaje de Wendy. Y no tiene interés en esconderlo… Simplemente es. Un ser completo, un humano íntegro, seguro de sí mismo, sin temores, sin debilidades. Y yo… me estremezco al ver los claveles y la sonrisa de mi esposa, quien, por primera vez en cinco años, está usando su anillo de bodas.

Kobda Rocha

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