Archivo de la categoría: Digresiones Musicales

Una Nación Alienígena

Es Augusto Quevedo Lara, líder, capitán, comandante del objeto volador no identificado que lleva la misión a flote de conquistar el orbe. La Nación Alien es un proyecto que llegó para invadir nuestro mundo. Arte visual, plástico, cartonería, fotografía, alebrijez, máscaras. Este proyecto, entre gratiferias, talleres, exposiciones y mil cosas más, publica un fanzine alterno en el cual también se incluye el sentido literario. Cabe mencionar que el número de humanos abducidos, entre artistas y espectadores, ha forjado una galería de talentos cuantiosos. Hablar de todos los involucrados (en las diferentes etapas de esta nación) sería una empresa casi interminable, pero debemos reconocer que cada uno ha aportado una página importante en la historia del proyecto. Yo mismo he desfilado por las trincheras de La Nación Alien, en el #9 del fanzine de hecho. Ahí una prueba más del interés artístico del jefazo Quevedo Lara no sólo por lo visual, sino también por lo literario e, incluso, por lo musical. Así es, la nación ha tenido a bien difundir un sampler de sonidos estrafalarios… a decir, “alienígenos”.
El disco se compone de diez tracks esquizofrénicos, extrañísimos a primera escucha (y cómo iba a ser de otra forma si el contacto extraterrestre no es cualquier trivialidad). Parece simple recurso retórico cuando digo que el audio del sampler es extraterrestre; sin embargo, si no las bandas comandadas por humanos (aparentes), al menos sí la sensación que su música provoca. Un poco porque las diferentes propuestas musicales son, además de alternas, complejas, y otro tanto porque la selección e incorporación al disco es muy específica. Esto no parece un acoplado común de bandas dispares que reúnen sus canciones en una misma producción; por el contrario, esto es más una experiencia sensiorial de comunicación alienígena. Mientras uno escucha, se aviene la sesación de estar presenciando a criaturas fuereñas. Como entrar al archivo general de sucesos paranormales y ponerse a oír los testimonios de todos los abducidos. Y, en efecto, pareciera como si los diferentes compositores fueran creaciones experimentales que a su vez han creado, por medio de relatar y replicar la experiencia, creaciones artísticas fuera de este mundo.

Ahora lo saben: si quieren literatura, música, arte visual y mucha buena vibra (como la que casi no se encuentra en este mundo) revisen el proyecto de La Nación Alien y alisten sus cuarteles porque el viaje es largo y sin regreso.

Kobda Rocha

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El soundtrack de nuestra realidad

En mayo, en la ciudad de Pátzcuaro (Michoacán, México), en el IV Encuentro Babel, conocí a Ioshio Hernández.Un escritor aventurado, muy imaginativo y algo chiflado (como todos los escritores acaso). La propuesta de este talentoso colega viene en una comunión de sonidos con grafías: Ficciones con soundtrack. Éste es un libro experimental, atrevido, peligroso. La cuestión es leer una serie de dieciséis ficciones al ritmo de dieciséis melodías diferentes. A primera mención, suena divertido; sin embargo, es mucho más complejo de lo que uno pensaría.

Primero, la idea que se viene a la mente es pensar que el autor se inspiró en cada canción para escribir sus textos, que los escribió escuchando las mismas canciones. Pero ya entrando en la lectura, parece que la propuesta es más profunda. Tampoco es que los textos traten sobre las canciones, ni siquiera son los exactos temas de las líricas. Y llega, pues, la pregunta: ¿qué hay que hacer con los tracks musicales? Al parecer, la indicación es leerlos con las canciones de fondo. Otra vez, parece sencillo. Pero cuando uno comienza, las canciones terminan antes, o sobra mucho tiempo de música después de terminar de leer. A veces el beat es muy lento y el texto muy largo como para llevarlo al mismo ritmo, o viceversa.

Segundo, es muy difícil encontrar la concordancia entre las letras y las notas. Música muy buena y textos muy buenos que parecieran no estar ligados, como una hamburguesa de amaranto o un pastel de aguacate. Es un gran reto forzarse a comprender la relación y, sobre todo, a sentirla. Es inútil sólo dejarse llevar por las emociones, pues ni la música ni la literatura son tan simples. Tienen, como toda excelente obra de arte, una profundidad y un trasfondo bastante complejo, completo.

Es octubre y yo apenas logro digerir esta entrega de canciones ficcionalizadas. Y probablemente no lo hubiese logrado de no haber coincidido nuevamente con Ioshio Hernández en la II Feria Itinerante del Libro Alternativo (FIL Alterna), donde tuve la fortuna de escuchar al propio autor leer algunas de sus ficciones con los soundtracks de fondo. Fue entonces que llegó el ¡Kaboom!, el ¡Eureka!, el ¡Alakazam! Es decir, la epifanía. Comprendí que no sólo es el texto y la música, sino también la lectura, el ritmo, la intención, la medida, la emotividad, la comunión de la literatura, la música y el ser humano.

Justo ahora me encuentro tratando de descubrirme en medio de este emparedado artístico tal como Ioshio lo ejemplificó. Un gran ejercicio de unidad disciplinaria. Quizá sea ésta la literatura que tanto han buscado algunos lectores exigentes con éste nuestro nuevo milenio.

Kobda Rocha

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El otoño sueña ser verano

Eres en mi vida ansiedad, angustia y desesperación.

Oswaldo Farrés

A la mitad del delirio, justo en ese momento en que sientes las hojas caer de tus ramas y tu tronco volverse frío, es cuando comienzas a soñar. Durmiente fantasmal aplastado por la locomotora de la vida, viajas a una dimensión donde tengas consciencia plena de la sangre fluyendo por tus venas. En esa dimensión sueño, huyes de ti mismo, de tu propia muerte impregnada en los años, en las arrugas, en los achaques del tiempo y el desgaste natural de la corteza. Intentas, con abono y optimismo, cambiar tu sino y reverdecer; pero, al despertar, tu reflejo en el espejo no te deja cumplir tus deseos. Es imposible revivir un alma decadente, es imosible florecer en la muerte.

Eternos los días, eternas las noches,

profundo el tiempo, profundo el silencio,

insoportable la distancia, insoportable la soledad,

inaudible mi canto, inaudible mi llanto.

Un laberinto de los más oscuros sentimientos podrían atemorizar a cualquier sirena cual desierto terrenal, insalino y seco. Despertar de un idílico sueño primaveral es naufragar en una gran isla sin mar. Nadie te salvará, no podrás salir de tu personal imitación de infierno. Llorar, dormir, soñar y morir: ahí el hado hechizante de la existencia.

Natura indiferente mirará tu lenta caída en el invierno. La luna no suspirará por ti, el mar no susurrará para ti, los murmullos serán ventiscas despiadadas. Los recuerdos arderán; de las cenizas sólo quedará la noche y tu cuerpo. El llanto no será fármaco suficiente para volver a apresar deseos tan vívidos. Poco a poco el silencio te consumirá. Único consuelo: cerrar los ojos y dormir esperando no despertar. Torcido árbol, sueña incesanemente con tus raíces vivas y tu eterna juventud.

Kobda Rocha

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Odio sin poesía

Quiero pedir una disculpa a todos mis lectores (si es que hay alguno recurrente que revise esta columna con frecuencia). Me disculpo por anticipado y me disculpo sinceramente por lo que habré de escribir en esta ocasión; bien sé que Digresiones Musicales es un espacio para reunir música y literatura, sin embargo, este texto nada tiene que ver con música, mucho menos con literatura. Utilizaré, por el contrario, la publicación de hoy para descargar toda mi furia, mi odio contra el mundo, mi muy personal manera de detestarlo todo y a todos.

El arte, dicen, sirve para sensibilizar corazones. La lectura, la literatura, la poesía es, se supone, el factor que lo vuelve a uno merecedor del título que lleva nuestra especie por herencia histórica. ¡Y ni se diga la creación literaria! En palabras de Doris Lessing, “Escribir te hace más humano”. Pero no es cierto. Se equivocaron. Nos han mentido todos estos siglos. Para lo único que sirve es para incrementar el sentimiento de desprecio y repugnancia hacia todo lo vivo, lo animado, lo existente y lo por inventarse.

La especie humana no es digna de admiración, de respeto ni de empatía siquiera. Ése es el pecado original del que tanto se reprochaba mi abuela: haber nacido humanos es suficiente para avergonzarnos de nosotros mismos, para darnos asco al mirarnos al espejo, para desear la destrucción del mundo, del nuestro al menos. Ser un ser humano es lo peor que le puede suceder al ser humano.

Los filósofos también se equivocaron. Toda su teoría es inaplicable al mundo real, porque el mundo no está hecho para la ciencia, las matemáticas, las ideas, las teologías, el conocimiento, el saber, la sabiduría. Nada de eso interesa al mundo, al de a de veras, porque el mundo está hecho para el fútbol, el dinero, el sexo, el alcohol, el poder y la ignorancia. Eso es el mundo. Lo demás, lo intelectual, lo espiritual, lo humano no tiene aplicación práctica en el mundo. Para nada sirve la filosofía, ni siquiera para la filosofía misma. En el libro es lo mejor que hay, pero no salva vidas, no ayuda a nadie, en síntesis, no sirve para nada.

Los dioses tampoco son refugio suficiente. La fe es un paliativo, una droga, una farsa pre-aceptada para disminuir los sinsabores de nuestra individualidad. Somos perennes y estúpidos, ésa es la verdad; cualquier cosa que nos desvíe de tal idea es una negación, una fantasía, un sueño hecho realidad. Y así, justo así, es como se conduce el mundo: soñando. Trabajan, hacen dinero, compran una casa, un carro, se hacen famosos, talentosos, lideran un movimiento, adquieren autoridad, poder, transmiten lo que saben, se enamoran, se casan, tienen hijos, hacen amigos, ríen, se cuentan chistes, van al cine, beben, juegan, gritan, a veces se pelean y a veces tienen sexo, compran la despensa, cocinan, se visten, manejan, fuman, viven… viven… como si valiera la pena… como si vivir valiera algo. Y quienes se suicidan, lo hacen con la misma vacuidad, como si morir valiera de algo, como si morirse fuera mejor que vivir.

Yo, por eso, lo odio todo y a todos. Odio al mundo entero, pero sobre todo me odio a mí mismo, por ser incapaz de vivir igual que el mundo, vacío y sin razón para hacerlo, pero de todos modos estarlo (vacío y sin razón). La paradoja del poeta…

Kobda Rocha

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La búsqueda del espíritu

Deseo que haya una vez un país muy lejano donde todas las tierras fantásticas de la literatura y el cine se conjuguen y converjan. Allá, en la nación de la fantasía, en la república de las maravillas, en la patria de siempre jamás, tal vez mis poemas alguna vez logren salvarle la vida a alguien.

Marcharé en busca de aquel lugar y juro que lo encontraré, no importa qué tan lejos deba viajar ni cuánto tarde en encontrarlo. El cartógrafo no pudo darme la ubicación, el chamán dijo que no en este mundo; es probable que para llegar sea necesario dormir, morir o acaso volverse loco.

Llegaré y me nacionalizaré ciudadano del infinito estero, y una vez establecido profesaré mi oficio de poeta. Tengo el presentimiento, cual presagio o profecía, de que allí hay un niño, un adolescente o una señora cincuentona, que necesita un verso mío para volver a sonreír.

Kobda Rocha

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A dos metros de la cordura

¿Qué tiene esta ilusión que llaman vida?

Nada en su origen, y en su extremo nada.

Antonio Plaza

Hoy escribo desde el vacío, desde la encrucijada espiritual de no encontrarse con nada, con nadie, ni siquiera con uno mismo. Saberse dentro de un cuerpo, pensarse, autoconceptualizarse, pero simplemente carecer de importancia, ser irrelevante para sí. Estar pero no necesitarse ni quererse. Y, además, ser el hueco en el alma de alguien más; tu madre, tus amigos, tu pareja. Estar con ellos y hacerles falta, porque si uno no está consigo mismo… mucho menos con alguien más. Hoy escribo desde el vacío, desde la ausencia de mí en mí mismo.

Algunas veces creo ser alguien, tener un empleo, ganar dinero; como si eso valiera la pena… como si eso fuera vida. Otras veces salgo a buscar una verdadera vida, una que esté a la altura de las películas y los libros, una donde haya aventuras y grandes experiencias; camino por el mundo, de noche y de día, sin rumbo, con ganas de no volver jamás, charlo con las personas más inauditas (prostitutas, criminales, indigentes, poetas), enfrento a los ladrones, casi nunca salgo victorioso pero me enorgullece el simple hecho de hacerles frente, rescato damas indefensas (cedo el asiento en el metro a una madre primeriza, ayudo a una anciana a cruzar la calle, le compro un helado a una niña que llora desconsolada en el parque), voy a los panteones, a los velorios y funerales a dar consuelo a totales desconocidos por los muertos que jamás conocí en vida, me reúno con grupos políticos, artísticos y académicos para tratar de cambiar el mundo, de mejorarlo. La mayoría de las veces me autoengaño y me repito incansablemente que eso me hace feliz, que para eso vine a este mundo, que no lo hago por mí sino por alguien que me necesita aunque yo no lo conozca. Pero en el fondo siempre sé que (aunque lo disfruto sinceramente) en el fondo sigue imperando el vacío.

Mi psicóloga, mis amigos, mi familia, mis maestros, todos dicen que es inmadurez, que ésa es una preocupación de adolescente, que es mi condición de millenial, de chavorruco, que ya se me pasará, que ya estoy grande para esas cosas, dicen, que soy ridículo, absurdo, patético. Hay una pila interminable de libros para superarlo, una cantidad inimaginable de artículos en internet para prevenirlo, para tratarlo, incluso para criticarlo y burlarse de ello. Soy un meme; eso soy: el cliché perfecto para convertirme en meme; así de simple, así de risible, así de estúpido. Ni siquiera tengo las agallas de ser suicida o asesino, de ser completamente cínico y hedonista o un común y corriente promedio sisifesco. Sólo soy yo en un mundo terminado, completo, lleno, pleno, total. A este mundo no le falta nada, ya está terminado, ya está completo, no le quedan huecos, yo estoy de más aquí, ya no quepo, no pertenezco. Mi lugar es el mismo vacío dentro de mí, ese vacío que me llena, que me completa, ese vacío que nada lo llena excepto más vacío.

Kobda Rocha

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En silencio nuestras flores

Maldigo a Anna-Varney por el eterno sopor.

Desde que mi mamá se murió, ya nada es igual en mi casa. Ya nadie sonríe, pero tampoco se atreven a llorar. Mi abuela no habla con nadie, ni siquiera conmigo; sólo mira su altar y se pone a rezar para que todo esté bien. A mí me da miedo cuando reza. A veces imagino que la virgen se aparece y que revive a mi mamá, pero otras veces creo que Dios se la llevó porque necesitaba una mamá menos mala que la virgen.

Mi papá es muy bueno conmigo, casi no me regaña. Se enoja mucho porque dice que no tiene dinero y que porque mi hermano se fugó con mi prima; dice que el diablo se le metió a la cabeza. Yo digo que está bien que se hayan casado, porque mi prima es una buena mujer. Cuando era más chica, venía a visitarnos a la granja y siempre jugaba conmigo. Tal vez a mi hermano también le gusta que juegue con él.

El otro día fue el cumpleaños de mi mamá y fuimos al panteón a llevarle flores a su tumba. Mi papá chilló mucho y yo lo abracé para que no llorara más, pero después terminamos llorando los dos juntos. Mi abuela dice que a mi mamá le gustaban los claveles, pero yo prefiero llevarle orquídeas o bugambilias porque me hacen recordar el vestido morado que traía mi mamá cuando la encontramos en el matorral allá en el campo, y los claveles me hacen pensar más en la sangre y en Dios. Porque Dios es del color rojo como la sangre, y a mí no me gusta ver la sangre… ni a Dios.

Lo malo es que luego vino mi hermano y se peleó con mi papá. Mi hermano dice que él tiene la culpa de que mi mamá se haya muerto, pero mi papá sí la quería. A mí también me quiere mucho; y a mi hermano también, pero él dice que no. Cuando está contento dice que nos quiere a los dos porque los dos somos sus hijos y de mi mamá. Mi mamá era la más buena, porque nos quería a todos: a mi papá, a mí y a mi hermano, y a mi abuela. Yo también la quería mucho, y creo que todos los demás también.

Después se fue mi hermano y todo se puso más tranquilo. Yo le dije que por qué no había venido mi prima y dijo que porque no había podido, pero yo sé que es por mi papá. Ella tampoco lo quiere. Es que él ya no es como era antes cuando mi mamá estaba viva. Ahora siempre está triste y enojado y nunca está contento. Bueno, a veces sí está más feliz, cuando está conmigo y me cuenta historias. Ha de ser porque dice que yo le recuerdo a mi mamá, que porque me parezco mucho a ella. Yo digo que nos parecemos porque las dos lo queremos mucho; bueno, ella ya no porque está muerta, pero yo sí.

Aquí en la granja no hay muchas cosas nuevas. En el pueblo sí, pero casi no vamos para allá. Mi papá sí va diario a trabajar, pero nunca nos lleva; mi abuela y yo nos quedamos en la casa a cuidar a los animales y a darles de comer y bañarlos. A mí me gusta jugar con los pollitos, aunque mi abuela se enoja porque luego los aplasto. Pero no lo hago con querer.

De mi mamá sólo conozco una foto que está en la sala. Es de cuando se casaron mis papás y yo todavía no había nacido. Mi mamá se ve chistosa, yo no la conocí así. Siempre me decía que se veía así que porque estaba embarazada de mi hermano. Yo hubiera querido tener una foto de ella, de como yo la conocí, una foto que sí se pareciera a ella. A veces me da miedo que se me vaya a olvidar su cara y que sólo me acuerde de la foto de la sala. ¿Qué tal si se me olvida cómo se llamaba?; ¿qué tal si se me olvidan todas las cosas que me dijo cuando era más niña?; ¿o qué tal si se me olvida que ella era mi mamá? Yo no quiero que se me olvide. Mejor que me muera yo y que me entierren y que me lleven flores a mi tumba. Pero mi papá lloraría más y más fuerte ¿y qué tal si se muere? Y si se muere mi papá también, yo ya no sé si aguantaría seguir viva. ¿Y qué tal si me muero yo? Mejor que me la recuerde bien para que ya no se muera nadie más.

Hoy en la mañana, mi abuela se fue con mi papá. Dijo que iba a ver a su hermana que estaba en el hospital. Yo quería ir con ella, pero dijo que no tenía dinero para la camioneta. A lo mejor, si ella no se hubiera ido, o si yo me hubiera ido con ella, mi papá no hubiera llegado tan enojado. Ya me golpeó dos veces: primero una cachetada y luego un cinturonazo. Pero yo no le hice nada. Ha de estar enojado por mi hermano otra vez. Ojalá se hubiera muerto él y no mi mamá.
Lo bueno es que me le escapé. Ojalá que no me encuentre aquí en el establo. Hasta acá se oyen sus gritos… y mi nariz no deja de sangrar ni mis ojos de llorar. Si no me callo, me va a encontrar. Mejor me voy a esconder al matorral donde encontramos a mi mamá; ahí nunca se le va a ocurrir buscar.

Se hace tan difícil caminar con tanto estiércol. Si mi abuela no se hubiera ido, hubiera limpiado la granja y yo me hubiera podido escapar más fácil. ¡Dios mío, ya me vio! Ahora tengo que correr de a de veras o si no me va a matar como mi mamá.

Llegando al campo ya no me alcanza. ¡Ay, sí ya me alcanzó! El cinturón es de cuero y duele mucho. No sé si me pueda levantar, mejor me quedo bocabajo hasta que se me pase el dolor.

¿Qué está haciendo?, ¿me está metiendo el cinturón por las piernas? ¡Ay, duele! ¿Por qué me tapa la boca?, ¿no ve que estoy llorando? Me duele mucho…

Ahora me voltea bocarriba, y me dice que no le diga nada a mi abuela.

Ya se va…

● ● ●

¿Cuántos años pasaron en los últimos cinco minutos?

Ahora soy una anciana aburrida; soy incluso más vieja que mi abuela. Mis ojos no se atreven a ver, pero mis manos reconocen que es sangre lo que sale de mi cuerpo. Ya ni siquiera puedo llorar. Me siento como triste, y como sola. Desde aquí se siente el viento, y huele como a pasto húmedo. El cielo se ve tan bonito. El sol es muy brillante y bellísimo. ¡Cómo quisiera ver un arcoiris en el cielo! Que una nube se rompiera sobre mí; que mi madre no me esté viendo así desde el cielo en este momento; que las flores pudieran hablar, ellas que lo vieron todo… que pudieran explicarme lo que pasó; que no permitan que olvide el rostro de mi madre muerta, o el de mi padre vivo; que pudiera convertirme en una de ellas, y nunca levantarme de este campo hermoso.

Kobda Rocha

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Mis Niños Regordetes

¡Estamos de festejo! Justo hoy se cumple un año de esta sección, Digresiones Musicales. Aunque la mayoría de textos son míos, Kobda Rocha, en realidad la sección está abierta a quien tenga la misma afición por la literatura y la pasión por la música. De hecho, se han publicado textos de Natalia Balul, David Rodríguez, Santiago Segura, Mar Qin y Motorik. La variedad también se encuentra en la amplitud de géneros, pues estas digresiones abarcan desde el cuento, el ensayo, el relato, la crónica, hasta la poesía, las reflexiones, las críticas y las elucubraciones.

Hoy celebramos el primer aniversario de Digresiones Musicales y, como obsequio de cumpleaños, dedicaré esta publicación a un ejercicio autobiográfico que revise mi experiencia directa (activa) con la música. No haré un recorrido exhaustivo de mi papel como escucha, porque el camino sería casi insufrible. ¿Quién podría enumerar todas las canciones que han epifaniado su vida? No, iré directo al pasaje autobigráfico con, quizá, el mismo artificio literario ucrónico que la mayoría de ejercicios semejantes.

Cuando párvulo apenas, tras un amor no correspondido con las matemáticas, caí casi por accidente en el Conservatorio Nacional de Música. Lamentablemente, mis manos siempre han sido más lentas y torpes que mi cerebro; así que, a pesar de lo mucho que aprendía, me era complicado interpretar con precisión los movimientos más sencillos en cualquier instrumento que encontraran mis dedos. Al cabo de unos meses, fui expulsado irremediablemente.

Por el berrinche de habérseme negado la profesionalización en este arte, me dediqué a los ritmos más odiados por la academia: Punk, Heavy Metal y Cumbia. Por algún tiempo, fui miembro de Magia Musical, un grupo que amenizaba fiestas sociales (bodas, bautizos, XV años, etcétera). Corazones Rotos fue un grupo de viejitos enamorados auspiciados por jóvenes músicos sin escrúpulos. SICK ha sido la expresión más puramente contrasistema a la que he estado adscrito. Nastaroth, por su parte, fue la banda con la que experimenté la desazón de ganar un concurso. Crystal Lake, la nostalgia de aún tener sueños en la vida. El Fuego de la Luna Menguante… a la fecha no sé qué sonidos extravagantes eran esos ni tampoco sé qué hacía yo metido allí. Adnah como la experiencia más puramente glamurosa del medio. Blast, el proyecto fallido. Y, cual colofón, Las Ballenas Azules llegó para aliviar las grietas del alma.
Entre tanto armazón de aficionado, surgió un proyecto que sí logró su cometido, nos llevó a la cima (al menos a la más próxima), nos dejó experimentar en nuestras propias dimensiones y como únicos momentos en la vida todas esas sensaciones que los múltiples escenarios ofrecen a un artista. Más que música, más que Metal, más que una escena, más que una banda, uno podía sentirse en plenitud con el título de Artista. El proyecto se llamó: TronchaToro.

En las composiciones líricas de TronchaToro fue donde comencé a experimentar el artificio literario, el plagio, mi verdadero humor, el trauma, la carroña, la locura de crear como dios creando el universo. En lo musical… mejor escúchenlo. He aquí el link de la primera producción de TronchaToro, un disco titulado Mis Niños Regordetes.

https://soundcloud.com/kobdarocha/sets/mis-ni-os-regordetes

Kobda Rocha

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20 años ondeando la bandera del metal

Transmetal, desde su génesis en 1958, ha gozado una serie de cambios en múltiples sentidos. Y aclaro que he preferido usar el verbo ‘gozar’ y no ‘sufrir’ porque me consta que, a pesar de que todo cambio trae consigo una carga de peligro y nostalgia, la banda ha pasado a través de sus metamorfosis con más gozo que sufrimiento.

La alineación de integrantes ha tenido muchas etapas, como si fueran bloques discográficos. La única constante son los tres hermanos Partida Bravo: Javier, Juan y Lorenzo. Esta tercia de consanguíneos dio vida y ha mantenido en pie a la banda por más de treinta años a la fecha.

Diez años atrás, Transmetal contaba con Bruno Blázquez como imagen frontal. Junto a los Partida, él era un niño, aunque no por ello su calidad escénica era menor. Había un contraste bien marcado entre la experiencia de los instrumentistas y la jovialidad del vocalista. Sin embargo, más allá de provocar un descuadre musical, se complementaban. Los músicos se contagiaban de juventud y el mozo aprendía de los grandes. La imagen que proyectaban era estupenda.

Con esta alineación (Javier Partida en la batería, Juan Partida en la guitarra líder, Lorenzo Partida en el bajo, Bruno Blázquez en la voz, y Antonio Tenorio en la guitarra rítmica por cierto), grabaron un disco titulado 20 años ondeando la bandera del metal. Un título sin duda extrañísimo como sólo una banda latinoamericana podría nombrar su álbum, y no lo digo en afán despectivo sino con intención de remarcar la creatividad picosa que fluye por nuestra raza.

En general, el disco es bastante hosco, de tonos graves, de guitarras secas y bajos pronunciados; la voz de Blázquez también es mucho más gruesa que en sus dos producciones anteriores (El despertar de la adversidad y Progresión neurótica). El sonido podría parecer un experimento, sin embargo, la banda ya ha acostumbrado a sus fans a los cambios de estilo, así que uno escucha sin el prejuicio del que está enamorado de lo inmutable.

En esta digresión, aprovechando este álbum como hilo conductor, recomendaré tres canciones que me parece son una rareza no sólo en Transmetal sino en el Metal como género musical en general: 1) El rocío celestial, 2) El culto impío, y 3) El salvador negligente.

¿Qué tienen estas canciones diferente al Metal en general (salvo algunas excepciones)? Lentitud. Una característica que regularmente se le reservaría al Doom o al Gótico, quizá hasta al New Metal, pero que uno jamás lo pensaría en el Thrash, el Death, ni siquiera en el Heavy. Hoy en día parece que el Metal es una carrera de velocidad, como si eso hiciera mejor una canción. Ya nadie quiere desacelerar, se avientan cuatro minutos a todo lo que dan sus plumillas y sus baquetas, cuando a veces sería mejor un bit lento, lento… L – E – N – T – O

¡Transmetal lo ha logrado una vez más!

Kobda Rocha

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El Frente

Una era de imbecilidad: 

Guerra sagrada… sagrada estupidez.

¿Cuántos cadáveres para derramar una lágrima?

Lorenzo Partida

Uno nunca sabe dónde irá a encontrarse con la maldad en carne viva. A veces, la maldad sólo es un concepto abstracto que nada tiene qué ver con el ser humano; es un ente cornudo y colorado, un adjetivo prescindible, característica de villanos y criminales, una fuerza sobrehumana que nos amaga el día, una palabra con más religión que significado. Mas, algunas otras veces, la maldad parece ser el sentido más humano que poseemos.

Yo la conocí desde pequeño cuando mi padre, abrazado a la cintura de mi mamá, juraba por diosito que nosotros, su familia, éramos lo más preciado en su vida, que sin su querida familia moriría al instante, que no sabría qué hacer si le llegara a faltar uno de nosotros, que estaba tan orgulloso de su hijo como enamorado de su esposa, que nos amaba como no nos imaginábamos. ¡Por supuesto que era inimaginable! Cómo sabría un niño de once años si los golpes de la noche anterior habían sido reales o sólo una pesadilla abductora. Pues, aunque los moretones en la espalda y la sensación de huesos rotos eran bastante reales, el rostro amoroso de mi padre me sobornaba, me sedaba, me confundía.

A lo largo de mi vida he visto innumerables ejemplos de lo mismo. En la escuela, sobreviví (no sé cómo) al bullying. En la oficina, la maldita explotación y el miedo al desempleo me han torturado cada día desde la juventud. En la calle, con tanta rata, ya no se puede caminar a gusto; hasta para robarte veinte pesos y un mísero celular te sacan la pistola. El narco, los linchamientos, los secuestros, la envidia, el mal de ojo, los fraudes, el desalojo, la injusticia, la impunidad. Pero nada de eso se compara con la maldad que he visto aquí en el frente de guerra.

Al principio, todos creímos que esta guerra sería exactamente igual a las últimas: valientes soldados con armas de fuego distrayendo al enemigo hasta que alguien se decidiera a lanzar una bomba que pusiera fin a la disputa. Sin embargo, cuando finalmente se rompieron las hostilidades, no pasó nada, al menos nada belicoso; no hubo invasiones ni avionazos como cuando Estados Unidos encabezaba los movimientos beligerantes, tampoco hubo tropas militares marchando en territorio hostil. Sí, la milicia sigue jugando un papel importante en cuanto a política se refiere, pero ya jamás salen del territorio nacional. En un inicio, todo eso fue extraño, mas, como no había peligro de muerte, muchos ciudadanos queríamos enrolarnos para ayudar a ganar esta guerra.

Aún recuerdo con arrepentimiento el día que envié mi currículum para secretario de algún secretario del secretario de defensa. Como sea, me dieron el puesto y después de cuatro años me han cambiado de división tantas veces que ya no encuentro una real diferencia entre matar y servir cafecito con galletitas para las estrategas y generales, pues, al final, esto sólo es un empleo como cualquier otro donde hay que “hacer lo necesario” con tal de ganar unos pesos, porque no ya la guerra. Eso lo aprendí cuando estuve en la Oficina de Planeación y Desarrollo de Armas Bioquímico-Virtuales. Cuando me enviaron allí, no creí que en verdad existiera tal departamento, sonaba simplemente ridículo, pero pronto me estremecí al ver lo que se hace en esa oficina que más bien es algo así como un laboratorio de ingeniería computacional combinada con tanatogénesis inducida: de alguna forma, colocan enfermedades en simples actualizaciones de programas comunes en internet que, al ser descargadas en los dispositivos móviles, la salud de los usuarios se va deteriorando gradualmente con cada actualización hasta matarlos. Por supuesto, como en todas las divisiones, son mujeres quienes desarrollan tales armas; a los hombres se nos reservan las órdenes simples como “prepárame un café y, cuando termines, envías la actualización para el reproductor de música”, en cuya aplicación se incluye un prolapso neuronal o una psoriasis pustulosa.

Con el tiempo, uno se acostumbra a esta guerra. De hecho, ha dejado de parecer una guerra; incluso los noticieros ya no anuncian ataques bélicos, sólo informan plagas, epidemias, tendencias juveniles al vandalismo, inconformidad social, descompensación alimenticia, sedentarismo, psicosis, suicidios, como si fueran situaciones naturales y no ya algo provocado por alguna nación adversa. Las estadísticas muestran que el aumento en la tasa de mortalidad durante los últimos seis años es exuberante, mas a nadie importa esto. Mientras la guerra no llegue con armas nucleares, la población no se opone a ella aunque mueran decenas de millones cada año.

Aun así, nada de eso puede compararse con lo que vi hace unas semanas en el frente de guerra. En realidad, ya no es un frente como se lo conocía en las guerras anteriores, ahora sólo se utiliza el nombre para mantener la jerga militar aunque nada tenga que ver la función que desempeñamos los oficinistas en ese departamento. Lo que hacemos allí es matar, matar directa y firmemente, sin titubeos, sin enfermedades, sin delicadezas. Buscamos algún oficinista del bando contrario y, con un simple botoncito rojo (que jamás supe cómo operaba), le provocamos una muerte cardiaca súbita.

El Frente son pequeños cubículos alfombrados, cada uno con una computadora enorme, dos sillones reclinables, un gatillero y una estratega. La estratega se encarga de encontrar un blanco potencial, creo que con patrones psicológicos, no estoy seguro, y después el gatillero presiona el botón. Sí, te pagan por mover un dedo y presionar un botón, lo que es claro si se toma en cuenta la creciente popularidad del Tratado Feminista Militar: en resumen, se llegó a la conclusión de que las mujeres son mejores estrategas militares siempre que no sean responsables directas de alguna muerte. Y para eso nos contratan, para matar y servir café, lo segundo por convención social.

La maldad, ahora lo sé, es más pura en una mujer que en un hombre. Por cuatro meses fui gatillero de Sofía, la gran maestra estratega. Hacíamos buen equipo, ella me regresó la fe en mi nación y yo le preparaba mokaccinos exquisitos. A diferencia de la mayoría del personal con que había trabajado, Sofía jamás perdió el objetivo de esta contienda. Matábamos a diestra y siniestra, ¡y no sólo a los oficinistas! De alguna manera, ella logró decodificar patrones alterados para identificar a los gatilleros adversarios. En tres meses habíamos acabado prácticamente con esta guerra de seis años, nuestros contrincantes estaban a un paso de firmar el armisticio… Fue entonces cuando comenzamos a matar estrategas.

Yo no quería hacerlo, lo juro, pero sólo era un simple gatillero, no estaba en posición para oponerme ni para desobedecer las órdenes directas de una estratega como Sofía. Además, su argumento me pareció bastante razonable: matar gatilleros no basta, puesto que siempre contratarán más y más; al final, un gatillero sólo es la mano, hay que ir al verdadero problema: la mente detrás de la mano, es decir, las estrategas. También matamos generales, políticos, negociadores, gente a quien no se debe matar a mitad de las hostilidades, pero ella insistía en ir cada vez más allá, decía que matar ciudadanos no serviría de nada. Y a pesar de ello, pasamos dos días matando niños, luego fueron bebés recién nacidos.

Dejó lo peor para el final: convirtió la computadora del frente en una especie de incubadora biológica. Ya no matábamos niños, de hecho en los últimos días ya no matamos a nadie, ella dijo que ya no era necesario matar, que había encontrado la forma de ganar la guerra sin tener que quitar una sola vida más, y ¡claro que la apoyé, todo cuanto habíamos hecho hasta entonces había funcionado! Además, aunque yo sólo era el gatillero, las muertes se van acumulando en la consciencia de uno y yo ya no quería seguir coleccionando muertos. Pero muy pronto supe que esto era incluso peor que asesinar: primero, provocamos diástasis, abortos, y no sé cuántas cosas más a todas las mujeres embarazadas; y después, dejamos estéril a todo el mundo.

Sofía me dijo que la guerra era un ente abstracto ―como la maldad― y que la única forma de acabar con ella era acabando con quien la produce. Ahora somos la única nación que podrá tener hijos, puesto que atacamos incluso a nuestros aliados y también a todas las naciones que no entraron a la contienda, porque cuando vieran lo que podemos hacer, me explicó, tanto aliados como enemigos arremeterían contra nosotros, así que debíamos neutralizarlos indistintamente.

El mundo no verá más hijos que los nuestros. Dentro de ciento cincuenta años, no habrá más cultura que la nuestra, no habrá más bandera que la nuestra; es como aniquilar a todo ser humano sobre la Tierra y no tener el suficiente valor para suicidarse. ¿Puedes imaginarlo? Es como decirte que, en adelante, sólo tú podrás tener hijos y nadie más, que estamos dejando el futuro de la humanidad en tus manos. ¿No es ésa la mayor maldad concebible?

Kobda Rocha

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Aburrido / Bored

El aburrimiento es uno de los peores males del mundo. No el aburrimiento que nace del no hacer nada, ése en realidad es muy fácil de combatir; la inacción se contraataca con acción, el sedentarismo con movimiento y la nada con un poco de todo. El aburrimiento peligroso es el que nace de hacer (sobre todo cuando se hace mucho), hacer y hacer y hacer una y otra y otra vez sin descanso, sin cambio, sin variantes.

Uno pronto se aburre de los actos más simples, por mecánicos y habituales, como defecar o dormir. Para cuando uno cumple veinte años, ya no hay originalidad alguna en comer o bañarse; son actos meramente rutinarios… A menos, claro, que se nos presente un platillo exótico o una tina-casi-alberca de lujo. A los cuarenta, uno ya está aburrido de trabajar y de pagar impuestos. A los sesenta, uno ya se aburrió de aburrirse. Y a los ochenta uno ya está aburrido hasta de esperar la muerte.

Aburrirse, ¡pero aburrirse de veras!, es una de esas cosas que no se quitan con nada. Dinero, fama, poder, inmunidad, drogas, sexo son inútiles frente al aburrimiento. Lo peor de todo es que el aburrimiento también es aburrido. Y uno termina por aburrirse de amar, de sonreír, de vivir.

Pero todo esto tiene, como todo, un lado positivo: Cuando uno se aburre, entonces uno ya es adulto. Madurar es la clave. Ya no ser un adolescente que lucha y se rebela y exige sus derechos y pide justicia y busca el amor y defiende a sus amigos y quiere un futuro posible y hace cualquier cosa por cualquier otra cosa. ¡Qué aburrido! Mejor es madurar.

Kobda Rocha

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Las melodías de la paz

El pasado 25 de mayo (2019), en la ciudad de Pátzcuaro, Michoacán (México), se llevó a cabo el IV Encuentro BABEL al cual fui invitado. El evento es un encuentro de escritores y editores donde se tratan asuntos no sólo de creación literaria sino también de trabajo editorial y hasta de experiencia lectora. Como resultado de este Encuentro, se publicó la antología ALTAS y bajas, por parte de las editoriales Cartopirata, ENd0RA y Ediciones Ají, de la cual participo con un texto titulado El jenga de la felicidad. En fin, más allá de las grandes personalidades que participaron en este Encuentro y de las actividades que se desarrollaron en el mismo, lo que quiero es compartir una experiencia auditiva sublime en aquellas tierras michoacanas.

Al llegar, lo primero que lo recibe a uno es un gran monumento escultural con letrotas enormes que dictan la leyenda “Amor & Pátz…cuaro”. Seguido de un trozo del tronco donde fue fusilada Gertrudis Bocanegra, dama ingente y magnífica guerrera mexicana. Al final, un bloquesote con la figura de Tata Cárdenas y la nostalgia por la memoria de Vasco de Quiroga. El paisaje, como muchos otros paisajes, es encantador; sin embargo, el sonido es único. Hay que detenerse a escuchar con calma, sobre todo uno como viador, como paseante, como turista, foráneo, extranjero. He aquí tres experiencias sonoras magníficas.

  1. Detrás de la Casa de los Once Patios, se encuentra el Andador Madrigal de las Altas Torres, donde hay unas escaleras altas, altas, altas… Personalmente, no sentí que fuera taaan alto —quizá porque vivo en un estado de cerros y montes—, pero me parecía muy curioso escuchar a todo el mundo (turistas y residentes por igual) que era una subida muy fatigante. Muchos, inclusive, se quedaban a la mitad. Pero quien logra llegar hasta arriba se encuentra con una vista preciosa (supongo que atenderá a gustos, pero ni el Mirador El Estribo alcanza esta magnificencia). Desde allí se ve toda la ciudad: muros blancos, color hueso para ser un poco más exactos, techos rojos de teja, y cuatro torres campanario de cuatro templos resguardando la ciudad. Cuando las manillas marcan las once, los cuatro campanarios repican al unísono y ¡¡¡Puff!!! desde allá arriba se percibe el estruendo avenido de las cuatro esquinas de la ciudad. Ni un trueno anunciando una tormenta, ni una montaña derrumbándose por el terremoto, ni el rugido de todas las fieras es tan escabroso y salvaje como ese repicar tan abrupto.
  2. Caminando las calles de Pátzcuaro, llegué al Santuario de Guadalupe. Crucé el amplio atrio, leí las placas conmemorativas, y me dispuse a entrar. Cuando subía los primeros escalones para cruzar las puertas del templo, escuché un grito militar: «¡Atención!». Y en seguida la respuesta de los subordinados: «¡Sí, señor!». Entonces, me apresuré a entrar, la curiosidad se me había metido al pecho, ¿qué hacía un ejército en la iglesia?; además, un día antes me había topado con una policía civil camino al panteón, El Humilladero. Entré. Todas las bancas estaban echadas a los lados y había muchos niños bailando y brincando, usando el templo como patio de juegos. Así que arrancó la música: «Chu chu wa, chu chu wa, chu chu wa, wa, wa…».
  3. El lago de Pátzcuaro es uno de los parajes más bellos que he contemplado —no tanto por la imagen, sino por el concepto. El primer día, a mi llegada, un anciano que miraba con una infinita paz el gran lago blanco me dijo como queriendo salvarme de este mundo: «El cielo es un reflejo de nuestro lago. Si miras fijamente el cielo, podrás ver el lago en él.» ¡Cómo no encontrar a dios ahí! ¡Cómo no enamorarse! ¡Cómo no aprender a ser feliz! A la mañana siguiente, con la intención de escribir una carta, profunda y empática a través de estas eternidades, a la orilla del lago, mientras el sol comenzaba a surgir por debajo de las aguas tranquilas, comenzó a sonar una orquesta de aves sobre mí. Los árboles, hasta ahora dormitando por la noche, eran en realidad la morada de grandes familias aviarias. Los cantos eran variados, no distingo (ni reconozco) tantas especies, pero piénsese en el poema Cantos de pájaros de Humberto Ak’abal interpretado por cientos de aves al mismo tiempo, a la luz hermosa de la aurora sobre el lago maravilloso de Pátzcuaro… y ahí, en el hipocentro de la grandeza, un escritor pensando en el paraíso.

Kobda Rocha

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