La derrota del aguador

Hay gente que tiene el pensamiento incoloro, inodoro e insípido. Es cierto, y además son muchos. A lo largo, ancho y profundo de este planeta, hay gente cuyo pensamiento es como el agua: simple.

Ándate con cuidado al toparte con gente de esa calaña. Son garrafones enamoradizos, amables, futboleros, parranderos, optimistas, envidiosos, chambeadores, responsables, traicioneros, hay de todo, hasta literatos y lectores. No importa la cantimplora, el pensamiento que contiene es lo importante.

Las más veces, van por el camino derramando todo el cántaro. ¡Ojo! Cuanto más purificada está su agua, más transparente y aburrida se vuelve. Ten cuidado de no mojarte tanto, porque ellos querrán bañarte como en sábado de gloria; no les basta una salpicadita.

Aún peor ―y, además, inútil― es tratar de echarle saborizante a sus garrafas, porque son necios empecinados en que el pensamiento simple es más saludable aun que el mejor licor de la cava. Lo que es más, siempre ¡siempre! están tratando, incansablemente, de rebajar tu pensamiento con su agua ligera, pura, limpia y de manantial.

El colmo de todo esto es que muchos ni siquiera llevan el pensamiento tan límpido e inmaculado como presumen, nomás van rellenando el cerebro con esa agua puerca de la llave, y ―según ellos para que no les haga tanto daño― le echan gotitas desinfectantes.

Si tú piensas con refresco, leche, detergente, mezcal (aun el de Tonayán), jerez, tepache, café de olla, jugo de naranja, ponche, cloro, pulque, tequila, gasolina, veneno o lo que sea, aunque te lleve a la muerte ―y aunque esa muerte sea la más hórrida y errada― ¡alégrate! y agradece haber tenido la oportunidad y, sobre todo, la convicción (y, por qué no, hasta las agallas) de haber probado algo más.

 

Kobda Rocha

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