La raza del azar

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La adolescencia no es inmadurez ni, mucho menos, estupidez. La juventud no es sinónimo de talento ‘en bruto’ ni tampoco de genio ‘en potencia’. La carencia de edad —aunque a veces sí es (evidentemente) inexperiencia— no necesariamente significa mal hechura. La vida, en cuanto nacemos, se ensaña con nosotros; el mundo, a los pocos minutos de paridos, ya nos odia, nos cobra impuestos y nos convierte en simples números estadísticos; los dioses, el destino, la entropía, todos nos acosan, arrastrándonos hacia el abismo, la tiricia y la amargura. Simple: una víctima más de la gran desilusión ante la existencia. ¿Qué hacer frente a la calamidad y el absurdo? Sólo hay tres salidas: llorar, reír, maldecir. El azar es un tanto triste, lleno de dolor y soledad; a veces irónico, repleto de burla e impotencia; y de pronto fúrico, desbordante de rencor y desesperación (acaso desesperanza).

Dejo el mensaje vertebral de esta digresión en palabras de Mariana Grajeda:

«Tú, tu alma, tu cuerpo, tu ser, está en un juego de azar, está en venta desde el hecho en que eres sólo un esperma más dentro de tu padre, jugándose su existencia, su todo por todo, en ser expulsado dentro de un preservativo, dentro de un mal o un buen rollo con una conocida de años o de segundos, tu madre por inseminación, violación, pedido o por una noche con el que podría ser el amor de su vida.»

Kobda Rocha

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