Allegro in D minor

¿Cuántas figuras retóricas se pueden usar para hacer entender a un niño que su padre no regresará más a casa? Una madre utilizaría eufemismos, metáforas, alegorías incluso, cualquier cosa con tal de calmar la ansiedad de su hijo. Una abuela, en cambio, sería directa, sin retórica ni poética. Una tía sugeriría decirle que su padre está muerto. Una prima trataría de evadir el tema, pues la incertidumbre la acecha desde que a ella también la abandonó su padre. Pero una madre utilizaría cuentos, canciones y hasta películas para explicarle a su hijo que a partir de ahora sólo serán él y ella en, contra y a pesar del mundo.

Se pueden poseer decenas de versiones sobre un padre y ningún recuerdo de él. Un adolescente puede creer que su padre murió; que lo abandonó; que está trabajando en Estados Unidos; que es astronauta y está en la luna pero, como allá pasa más lento el tiempo, resulta que un día allá son diez años aquí; que es un hombre importante para el gobierno, casi un héroe nacional, y que por eso no puede visitar a su familia; que fue un hombre bueno; que fue un maldito. Pero cuando llega el primer encuentro sexual, un joven puede olvidar la dubitación de su figura paterna y sustituirla con objetivos más próximos y satisfactorios.

Al llegar el momento de elegir el rumbo de vida, el sendero para la edad adulta, la dirección de un hombre maduro, cualquiera podría perderse en la desgana y el desempleo o, peor aún, en las drogas y el alcohol. No importando que haya crecido con un padre ausente y una madre amorosa ni que haya o no estudiado la preparatoria, cualquiera podría arrojarse a los adjetivos coludidos del paria y el vagabundo. Cualquiera puede echar su vida a perder sólo porque el sisifesco hado del trazado social no es futuro suficiente, ni completivo ni placentero, incluso para un alguien cualquiera.

Un padre sería capaz de cualquier cosa por un hijo. Un padre sería capaz de venderle su alma al diablo y soportar quinientos veinticuatro mil ochocientos treintaitrés siglos de tortura en el infierno a cambio de asegurar el bienestar de su hijo. Un hijo se sentiría súper poderoso y súper resistente a los excesos, y podría gastar su vida rebuscando un ápice de dios en la basura sin enterarse jamás de que su padre está condenado a sufrir las llamas del averno por él. Un padre es capaz de cualquier cosa, incluso es capaz de ofrecer su vida y su virtud a cambio de un hijo estúpido que, a ojos de cualquier otro hombre, no vale la pena.

Lo más confabulado del asunto es que dios dejaría que todo lo anterior pasara en realidad y no haría nada para que el escritor le diera otro final a su cuento.

Kobda Rocha

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