Paradise Lost: un homenaje

John Milton escribe sobre la espalda avenida de Eva, sobre sus espesos muslos, sobre sus ramas lisonjeras que a cada gota de Adán van regando semillas de placer. El autor escribe como si la hubiese conocido, la describe como queriendo conocerla. Uno se pregunta si, como Beatrice Portinari para Dante Alighieri, Laura de Noves para Francesco Petrarca o Maria d’Aquino para Giovanni Boccaccio, Eva encumbró toda idealización femenina ―acaso divina o incluso deífica― que para Milton representaba no ya la mujer en sí, sino el sentido orgánico del universo, el motivo inclemente de Natura o, por más simple, la absurda teodicea de dios. En este sentido, la intermitente ignominia de Mary Powell, Katherine Woodcock y Elizabeth Minshull no inspira (ni refleja) en absoluto la imagen generadora del escritor. De pronto, pareciera que la rectilínea realidad, por más que lo intentase, no puede alcanzar las secuencias zigzagueantes de la imaginación, como si el deseo fuera un simple artilugio creativo y no una necesidad percibida. Milton también escribe sobre el cuerpo humeante de Satán, sobre su amorfismo antropomorfizado, sobre sus pálidos lampadarios de tristeza y encono cuyos pedestales retiemblan con sendos augurios del Poeta Supremo. El autor escribe como si hubiera mutua identidad, lo describe como describiéndose a sí mismo. No obstante su genialidad, esta empatía no sólo hacia el ángel caído, sino también hacia el mal en general ―entendiendo aquí mal como ese reino de azoro y perpetuidad que plantea Milton― es una constante desde la dubitación teológica tras la invención de dios―ese dios omnicomprensivo en quien creía Milton, no el Dios menesteroso en quien nosotros no creemos. Por momentos, parece que esa afición por el infierno y su maldad no germina de la inconformidad literaria, sino de un inconformismo humano por más ecuménico y, a decir de nuestra humana verdad histórica, bastante connatural e innato, casi llegando al adjetivo ‘instintivo’.

Asimismo, Milton, en su texto Paradise Lost, cae en constante recurrencia al uso ―por no decir al abuso― de dicotomías preestablecidas, por ejemplo Eva-Adán, Infierno-Cielo, Satán-Cristo. Algunas otras, en forma mucho más innovadora, las carga de un sentido profundo y recóndito, acaso arcano, el cual aparenta suma lejanía con respecto del significante definido (es decir ‘lo significado’ o ‘lo que se significa’), aunque no por ello las presenta menos motivadas. Ejemplos de esto último son: Creación-Autarquía, Poder-Deber, Deseo-Lenguaje. Tales dicotomías están presentes a lo largo del texto de Milton, pero jamás se vislumbra cuál es el opuesto del Edén. Al parecer, Miguel conduce a nuestra estirpe hacia un páramo desolado cargado de incalculable miseria e infortunio transfinito, un llano cansado y mustio tan lleno de nada, un abyecto matusalén desvencijado tan fatigado y disperso como los dedos decrépitos del capitalismo; sin embargo, a pesar de los análisis literarios tan rigurosos ―y exagerados en el sentido de remarcar en insistente demasía tal relación de opuestos; en esencia, la exageración incide en la cantidad de ensayos dedicados a dicho asunto y en la pedantería, o fatuidad, de sus argumentos (en absoluto distantes de los míos, por cierto)―, esta campiña indómita destinada al exilio y la amargura no es el opuesto del Edén, sino sólo una excedente plétora de arrestos contra la humanidad y su futuro hado fatal nacido como resultado de la mundana batalla mas no como contraparte del campo de pelea. El Edén, en cambio, es más un concepto que un lugar, es más un qué que un dónde, es, en fin y en suma, más idea que estado. Más allá de una consuetudinaria oposición binaria, se esculpe en tinta polícroma una triangularidad sonora entre la imagen celeste, la infernal y la rugosa atópica del Edén. Otro concepto que tampoco tiene opuesto en el texto de Milton es el Creador. Por ningún motivo uno debe dejarse engañar si algún incivil y descarado intenta convencernos de que el tan mentado y célebre Satanás es la antípoda antonimia de dios. De hecho, si algún antitético adversario tuviera Lucifer, éste sería el reticente Cristo… tal vez también podría ser el apócrifo Adán… o el deshonroso Miguel… o el incorruptible Gabriel… o, incluso, hasta el réprobo pasional de Abdiel… o cualquier otro, o muchos (para mejor decir), pero no el Gerente de la gloria. Esto último, por supuesto, a nadie le interesa; sin embargo, es inevitable notar esa ausencia de contrarios en ambos casos: Edén y dios.

Por una parte, el sumo mandatario de las fulgurantes llamas es una proyección intelectual, sentimental, emocional, espiritual y metafísica del propio ser humano que lo conceptualiza. No atiende convencionalismos rigurosos ni entiende cualquier tipo de acuerdos sociales; en tanto sea un ímprobo acoplamiento de valores, de creencias, de juicios y prejuicios, de ideas preconcebidas, de supuestos teológicos, de opiniones infundadas, y de moralejas agrupadas en un gran mito antepuesto al orden correcto de la creación, el concepto ‘rey de las tinieblas’ seguirá siendo una honda construcción individual. Este término, por cierto, tiene una carga sarcástica ―si no es que hasta irrespetuosa y vilipendiosa―, puesto que no puede ser amo y señor de la oscuridad y de las sombras si en origen él es el eminente operador de la luz, el todo hecho de brillo y beldad, el gran endiosado por el alto resplandor del cielo, la verdad y la belleza. Si algo domina mejor que la luz, es la inteligencia, sino es que éstas son la misma cosa.

En realidad, el decano del averno se acerca más a la concepción de Santo Ángel que comprende Lorenzo Partida que a la de Padre Adoptivo de Charles Baudelaire. Por un lado, el Santo Ángel de Partida es un ángel caído ―descripción directa que retoma de Milton―, ahogado en tristeza eterna, extrañando con memoria melancólica el alto cielo al cual pertenece de origen, como anciano vagabundo añorando su niñez sólo por su casa con cama limpia, comida fresca y calefacción automática y no precisamente por el desdén de su padre. El Luzbel de Partida no es émulo enemigo del Creador, ni lo odia ni lo pretende destronar; en efecto, él desea con vehemencia posarse junto a dios y reinar a su lado, andar en universo y dimensión juntos de la mano con perfectas decisiones en armoniosa pareja, ser el cuarto ente para emparejar a la trinidad. El gran obstáculo entre ambos es el conflicto de intereses propiciado, en gran medida, por la obstinación del uno y la contumacia del otro. Por otro lado, el Père Adoptif de Baudelaire se apega al camino del crimen desenfrenado y la perpetua villanía, es el Hereje Rebelde que propone De la Borbolla, el sado-maquiavélico primogénito del Señor quien, como Caín, no entiende ni acepta que su padre exprese preferencia por el hermano bastardo hijo de la esencia y no del saber, hijo de la carne y no del amor, hijo de mujer y no de luz. El amo subterráneo, el científico del subsuelo, en términos Baudelaireanos, es el sabio supremo… y dios es sólo la errata inédita. Para Milton (como para el director mejicano Ismael Rodríguez …comparemos aquí, en este paréntesis, a los ángeles subordinados en Paradise Lost de Milton con los demonios infernales en Autopsia de un fantasma de Ismael Rodríguez: el dignatario de los cielos, más allá de ser creador, es regente y rector de todo ser sobre (o bajo) el universo; todo ente vivo o inanimado existente, ora en los mundos ora en los cielos ora en los infiernos, le debe sumisión, respeto y sobre todo obediencia―En Rodríguez, dios ordena a los diablos hacer el mal; en Milton, dios es el éter alquímico, la fragante esencia, alma intravenosa de todo ser, ánima inherente de todo cuanto habita en su vasta gloria, creación o alcance…), Satán es un cadete más en las líneas divinas, es un simple soldado raso desfilando entre las tropas celestiales, un obrero más. La característica que lo diferencia de sus compatriotas empedernidos es la insubordinación (además, agradecemos que haya sido Rodríguez y no Milton quien concibió la brillante idea de erigir un sindicato de ángeles y demonios).

Otro interesante dato compartido (esta vez con Dante… no como acaso estará pensando de La divina commedia, sino del tan manoseado tratado de lenguas vulgares) es el lenguaje. Si, como plantea Plutón, el idioma de Satán es aquel del Pape Aleppe, no hay razón valiosa para creer que la lengua del infierno sea distinta a la del cielo, ya que todos los ángeles caídos cayeron ―valiendo poco la redundancia― del mismo cielo donde habita dios porque antes fueron ellos mismos ángeles ―ahora sí importando lo redundante― y, si al caso habrá cambiado, lo que se habla es una variante dialectal un poco menos aspirada y quizá más aglutinante.

Por otra parte, la mujer del Edén es una fantasía, un simple sueño, una carga inexistente de utopía traída a fuerza de esperanza y voluntad a la consciencia masculina ―porque ninguna relación tendrá con la mujer, y si la tiene, ésta será en demasía distinta a la (o las) que pueda formular ahora― cuya intención es un básico deseo animal lejano a toda racionalización de la realidad. Eva es, como expresara Jodorowsky, una idealización pura del mismo Arquitecto Supremo ―porque no de Adán― y por cuya razón se encuentra más allá de la propia divinidad del éter celestial. Adán es una copia vil del Gran Señor en todos aspectos: fisiológico, intelectual, espiritual, sentimental y metafísico. Por contrariedad, Eva es una proyección idealizada del mismo Creador: ella es todo lo que él no tiene ni es pero desearía poder alcanzar, ella es todas las cualidades que él imaginó contenidas en un sólo ser, ella es el cuerpo complejo y la mente ideal, es el ánima simple y el corazón de ensueño, es todo eso que él no pudo ser, es todas sus ambiciones vitales y todas sus expectativas existenciales, todas sus más profundas esperanzas y confusas voluntades reunidas, todas sus fantasías íntimas entremezcladas, todo lo bueno, todo lo mejor, es el mismo dios pero sin tantos errores naturales.

Tomemos dos puntos de comparación: 1) La Mujer de Antonio Plaza, y 2) El Hereje Rebelde de Óscar de la Borbolla. Ambos textos, como el de Milton, relatan el pasaje de los primos humanos dotados de vida, cuerpo y consciencia ―como descubre Lorenzo Partida en cierto pasaje teológico, no hay necesidad alguna para creer que Adán y Eva fueron los primeros seres humanos creados por el Jefe universal, pero sí ―muy probablemente― fueron los primeros dotados de consciencia y pensamiento. El primero, de Plaza, establece la maravilla de Eva como algo supradivino, como algo fuera de las omniscientes manos del Alto Mandatario, alguien independiente, libre. Esta espontánea libertad de acción y pensamiento puede o no estar aprobada por el Jefe ―en realidad, eso es irrelevante―, lo importante es el hecho de ser Eva una tentación sexual y amorosa para dios… tanto como para Adán. En esta línea, el gran pecado de la dama original no fue la sublime tentación carnal de su compañero masculino, sino la mundana tentación pasional de aquel Inmemorial Inventor que reina en los cielos. El codicioso deseo de dios por poseer a la mujer de su propio hijo, el hombre, es tan extenso y efervescente que unos minutos después decide arremeter tremenda violación corpórea sobre María, la mujer de José. La incandescente ansia pasional hacia la joven María se torna insuficiente, puesto que el vehemente anhelo verdadero fluye con dirección a la anciana Eva. En El amor supremo de Partida sucede algo similar, con la pequeña diferencia de ser Lucifer quien hace justicia en Partida mientras que es Adán en Plaza, Rafael y Miguel en Milton, y ninguno en Jodorowsky. En el último, dios toma a la mujer de José, después a la mujer de Adán y, al final ―como si fuera un delicioso postre chocolatoso―, a la mujer de Zacarías. La idea es que el Regente Eterno no es (o, al menos, no parece) un ser todo bueno y todopoderoso, sino sólo un presto gerente con la autoritaria capacidad de dar órdenes y asignar tareas a sus subordinados, mas no una gran fuerza inmortal o deidad imparable e incomparable con la cualidad omnipotente de hacerlo todo él mismo.

El segundo, de De la Borbolla, desdibuja la belleza inalcanzable de Eva y la retrata como un ser rapaz y terrestre paralelo al macho de su especie. Eva ni es indomable ni se libra del castigo y la mirada del Gerente. La comparable diferencia característica en este texto es la rebeldía. En sentido estricto, no es precisamente rebeldía lo que experimenta nuestra madre hembra, sino autonomía; ella es independiente, posee criterio personal, inteligencia crítica, pensamiento libre, decisión y carácter. Esto no se aleja de la Eva de Milton, pero en uno piensa y desea por sí misma ¡y lo sabe… y lo acepta! mientras en el otro piensa y desea por sí misma, pero no lo sabe sino hasta ser obsequiada con el don de la sabiduría ―nótese que, para De la Borbolla, sabiduría no es lo mismo que inteligencia y, de hecho, entendimiento y pensamiento también son distintas entre sí; en síntesis, no existen los sinónimos absolutos en el lenguaje; por tanto, el sustentante de esta publicación (o sea, yo mero) está por completo de acuerdo con dicho criterio lingüístico del autor. Para Milton, tampoco hay mayor diferencia entre el hombre y la mujer, pero para el lector de Milton ―sobre todo para el lector astuto y cuidadoso― Adán es un autómata mecanizado designado para creer que cree con libertad y, en contraparte, Eva es un ser indefinido que, en efecto, cree con total libertad.

Kobda Rocha

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