Tropicosito

Ha llegado el turno de poner atención a lo tropical y sabrosito. Musicalmente, hay ritmos latinos de todas calidades y de todas complejidades, desde lo monótono y primitivo hasta lo multitonal y elaborado. No obstante, hoy quiero hacer hincapié, más que en lo musical, en lo lírico, lo cual llega a rozar con lo literario y, mejor aún, lo poético. Aunque no es un rasgo específicamente de lo tropical, tiene un tinte cachondo y sensualón, una especie de enamoramiento juguetón que se sustenta en la premisa de que somos un pueblo de sangre caliente.

Comencemos por mencionar Señorita, A Mí Me Gusta Su Style de Los Rabanes. La cual, entre los albures y los piropos, suelta una sentencia lapidaria: “Cómo camina, cómo baila; por usted yo vendo mi alma.” Esa entrega total para el amor es la predominante en la música, aunque nunca viene una promesa sin esperar reciprocidad; a veces, incluso se vuelve pedinchito al grito de niño de mami, como es el caso de Yo Quiero Una Mujer de Los Amigos Invicibles cuando cantan: “Yo quiero una mujer que me quiera de verdad, que me pueda comprender y que me quiera mimar.” Siempre es más astuto y hasta divertido cuando la petición va aderezada con juegos lingüísticos propios de la plasticidad del idioma. Así lo hacen, por ejemplo, los Hermanos Narvaez en Pancha Baila En Turcos cuando cantan:

“Yo quiero una muchacha que sea muy vivaracha;

para empezar, que sea muy trucha;

que trabajando sea muy hacha;

que parezca una garrocha,

que la pata tenga mocha

y que se robe la mercocha.”

También existen las canciones que describen a la mujer cual si fuera una diosa. Esa mirada masculina para entender la belleza, para endiosarla, para describirla con vivaz tenacidad está presente en Hechicera de Maná. Primero, hablando de ella: “Hay una mujer hermosa, la más primorosa, de ojitos negros y piel gitana. Es una hechicera que domina al hombre con sus danzares, con las caderas. No se sabe de dónde ha salido ni a dónde ha ido; ella es un misterio. Se mueve con cadencia, con la inocencia de una princesa que nadie toca.” Y todo esto sólo para tomar valor y finalmente decirle: “¡Ven! Déjame estrecharte, deja desnudarte bajo la luna poquito a poco.” Lo mismo que hace Emmanuel en Corazón De Melao, primero una descripción deífica, después una invocación amorosa y termina en un diálogo sensualón:

“Mira a la morena que me tiene alborotado;

brinca, salta y baila como un trompo de medio lado.

No hay más que mirarla y ya te sientes atrapado.

¡Ay, que ella me vuelve loco!

 

Suelta la cintura si me quieres enamorado,

deja que la sangre se te mezcle con el cha cha,

bríndame un te quiero con limón y sin mezclar.

¡Mira, que me vuelve loco!

 

Bailo como un loco en tu cintura dislocado,

sorbo de tu boca el veneno regalado.

Una telaraña de tu cuerpo me has echado.

¡Mira, yo me juego todo!

 

En la noche oscura, te escabulles a mi lado.

Subo por tu pecho, sin aliento y todo sudado.

Quiero tu cintura pero todo se ha borrado.

¡Ahora yo me vuelvo loco!”

De pronto, va a parecer que es el hombre quien, casanova, conquista mujeres con música, baile y verbo; pero también la mujer se ha desenvuelto plenamente en este arte de la seducción musical. Y para prueba Amor A La Mexicana de Thalía: “Compasión no quiero. Lástima no quiero. Quiero un amor duro que me pueda hacer vibrar. Tu sabor yo quiero. Tu sudor yo quiero. Quiero tu locura que me haga delirar. Suavecito quiero. Bien rudo lo quiero. Quiero que me llegue hasta el fondo del corazón. Lento yo lo quiero. Siempre más lo quiero. Quiero que me espante hasta perder la razón.” ¡Vaya! Si algún caballero se puede resistir a estos niveles del candor, será un extranjero de sangre fría; porque no hay piel morena que resista los embates de una dama llamando al amor de tal manera. Y por si fuera poco, Thalía no se conforma y lo vuelve a hacer con Piel Morena:

“Es la magia de tu cuerpo o el perfume de tu aliento, es el fuego de tu hoguera que me tiene prisionera. El veneno dulce de tu encanto es la llama que me va quemando; es la miel de tu ternura la razón de mi locura. No soy nada sin la luz de tu mirada, sin el eco de tu risa que se cuela en mi ventana. Eres dueño del calor sobre mi almohada, de mis noches de nostalgia, de mis sueños y esperanzas. Eres suave como el viento, eres dulce pensamiento, eres sol de mis trigales, eres miel de mis cañales. Son tus besos dulce fruta que me embriaga, que se lleva mis tristezas y devuelve al fin la calma. Prisionera de tu amor en la alborada, de tus besos, tus caricias que se quedan en el alma.”

Eso es una declaración de lo más poética. Que me parta un rayo si estoy diciendo una mentira o una barbaridad. Podría hacer un análisis literario sobre la lírica de la canción y exprimir cada figura retórica, cada imagen poética y cada estructura lexicosemántica que la compone, y explicitaría académicamente lo sobrasote de la canción. Pero mejor escucharla y bailar, para qué ponerse sesudos cuando a primera oída se siente el sabor. Justo así lo hacen las Hermanas Navarro en Pepe, una canción de fiesta, de baile, de apretujones, arrimones y caderazos.

Finalmente, cómo dejar fuera la maravillosa Piel Canela interpretada una y otra vez por tantos y tantos, pasada a cuantos géneros musicales se les antoje. Porque, al final del día, no importa en qué ritmo se diga sino con que intensidad, emoción y poesía:

“Que se quede el infinito sin estrellas

y que pierda el ancho mar su inmensidad,

pero el negro de tus ojos que no muera

y el aroma de tu piel se quede igual.

Aunque pierda el arcoiris su belleza

y las flores su perfume y su color,

no sería tan inmensa mi tristeza

como aquella de quedarme sin tu amor.”

Kobda Rocha

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