Testigo del mal

Toda mi vida escuché a la gente hablar del diablo. Nunca lo creí en realidad. Durante mi niñez, mi madre me advertía de su existencia y de sus tentaciones. Recuerdo también que mi abuela me contaba historias del diablo y de cómo le jugaba trucos a la gente. «El mal existe,» me decían, «existe a través de toda la maldad que las personas cargan en su pecho, existe en las conversaciones prohibidas, existe ¡por Dios que existe! …y debemos tener cuidado de no caer en la tentación…».

En realidad, nunca lo creí. Para mí, esos sólo eran cuentos que inventaban para asustar a los niños, para lograr que nos portáramos bien; siempre creí que inventaban esos casos extremos únicamente para dejarnos una enseñanza, para comprender la moraleja final ―como en los cuentos de los hermanos Grimm o en las fábulas de Esopo que nos contaba el maestro Salvador.

Nunca lo creí… hasta ahora.

Ahora sé, Dios mío, que el mal sí existe. Lo he visto. La gente es malvada… los hombres son perversos; y las mujeres, maliciosas. ¿Qué les voy a decir a mis hijos después de haber visto esto? «Niños, el diablo existe.» Voy a sonar como mi madre si digo eso. Quizá no me lo crean, como yo no lo creía antes.

Horripilante. No encuentro otra palabra que lo describa. Tal vez, maléfico. Simplemente no lo puedo creer, incluso existen sectas de adoración. ¡La gente se arrodilla ante él y ¡le rezan!, por Dios que le rezan y le imploran salvación! Están convencidos de que ese demonio es el Dios verdadero; tienen imágenes de personas y dicen que son los santos, pero los verdaderos santos eran buenos y hacían el bien, pero sus santos son herejes que dedicaron su vida a profesar su falsa religión; incluso, ¡Dios mío, líbranos del mal!… incluso también han nombrado a una mujer Virgen, Madre de Dios.

¡Por piedad, Dios mío, te lo suplico, salva mi alma y la de mi familia! No permitas que mis hijos caigan en la tentación… no permitas que yo caiga en la tentación.

Esa gente hace el mal todos los días: mienten, roban, se faltan al respeto, se pelean ―entre ellos y con otros―, violan, asesinan, se emborrachan y juegan, se entregan a los vicios, ofenden, insultan, golpean a sus esposas y a sus hijos, son infieles, engañan a sus maridos, son chismosos, vanos, ¡y su dios lo permite! Nadie les dice nada. Lo peor de todo es que ellos, en verdad, creen que están bien. Creen que todo eso está bien, se conceden divina licencia, viven engañados, los niños… ¡Santo Dios! Educan a los niños de la misma forma, diciéndoles que están bien, que su religión es buena. Ellos crecen creyendo que hacer todo lo que hacen está bien.

Jamás lo creí hasta este momento…

Yo soy testigo del mal. Hoy he visto los fantasmas que ahogan su verdad, he escuchado oraciones de blasfemia, alabanzas de sus malditos sacerdotes. Falsos dioses de negros nombres, la mujer en cuerpo de muerte, una andanza por caminos de espinas y del alma el endeble consuelo. Hoy he escuchado coros de lamentos y sollozos en vísperas de abducción. Hoy soy testigo del mal… hoy tengo miedo.

He venido buscando a Dios, padre. He acudido a usted por consejo y consuelo. Estoy aquí para confesar mis pecados… para relatar lo que he visto y desahogar mis penas.

…y esto no termina ahí, ¿sabe? Lo peor de todo es que son tan malvados que inclusive han crucificado a su dios; y en el cuarto del comedor no cuelgan El Aquelarre de Goya como nosotros, sino La Última Cena de Da Vinci.

Kobda Rocha

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