Aún…

Cuando mi esposo murió, me lo comí. Era lo más natural después de cincuentaidós años de matrimonio. Tantos años de amor no se pueden echar a un hoyo en la tierra así nomás. Es, simplemente, antihumano. Más sensato era comérmelo.

No me lo comí en una sentada, me lo fui chiquiteando durante nueve meses: me desayunaba un vasito de sangre, me cenaba un ojito con mermelada, a veces preparaba un caldito de pie o mano y me duraba para tres o cuatro días. Lo último que me comí fueron sus labios; es que no podía decidir cuál era la mejor forma de guisarlos, con tantas cosas que me dijo, con tantos besos que me dio, ¡ay! tantos recuerdos… y al final me los comí así, crudos y fríos, como habían estado últimamente.

En estos últimos tres meses ya nada me sabe igual. Ya no me entra el pollo ni el cerdo ni la res ni el pescado; es más, ya ni la fruta ni el pan ni las frituras ni nada. Después de mi marido, todo lo siento insípido y sin chiste.

Antier, justo en su primer aniversario luctuoso, sentí que me moría de tristeza y soledad. Tal vez sí lo hice, porque lloré y lloré y lloré. Es que mi viejito me hacía tanta falta… Cuando desperté ese día, mis piés no entraron en los zapatos; supuse que estaban hinchados por la mala circulación y que por eso todos mis zapatos me quedaban chicos. Pero más tarde me empezaron a salir dientes nuevos; creí que estaba loca, ¡cómo a esta edad me iban a crecer dientes otra vez! Y se puso más extraño en la noche cuando fui al baño y vi que ya no tenía vagina, en su lugar me colgaba un penecito arrugado: me masturbé para ver qué se sentía pero, por más que froté y froté por horas, nunca se puso duro.

Ayer desperté con barba y sin senos. Mi vista había mejorado después de treinta años, ya no necesitaba los anteojos. También mi estatura había aumentado y mi artritis desapareció. Lo malo es que me empezó a doler el riñón y me apareció una tos tan tremenda y molesta que terminó por dejarme la voz ronca y grave. Fui desapareciendo poco a poco hasta que el espejo dejó de reflejarme por completo.

Hoy por fin salí a la calle; fui al mercado a comprar una pechuga de pollo y un kilo de tomates verdes. Cuando me preguntaron «¿Qué milagro, señor? ¿Cómo está usted?», yo sólo les respondí que me siento muy triste y muy solo, que la comida ya no me sabe y que ahora todo se ve más negro en esta casa vieja. Tal vez, después de vivir cincuentaidós años casado con la misma mujer, es bastante natural sentirse así tras su muerte. Pero yo, de todos modos, extraño tanto a mi viejita…

Kobda Rocha

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