Fágase la lux

Como resultado de nuestra evolución cultural ―id est, de la errona histórica―, hemos creído que morir es malo, evitamos a toda costa nuestra muerte (…y la de otros, humanos o no). Como consecuencia, alargamos nuestros años de vida, evitamos envejecer, procuramos la juventud, perpetuamos la salud, rechazamos la enfermedad, tememos a todo lo que atente contra nuestra vida. Así, sucumbimos ante un arma, un asesino o un desastre natural, porque nos aferramos a la vida. Tan asidos estamos de la vida que inventamos las almas, las teorías teológicas, la promesa de otro mundo, los zombis, las momias, la fotografía, la literatura y, en fin, todo lo que procure nuestra no muerte ya fisiológica ya conceptual.

Como grada y extensión de nuestra aprehensión por la vida, dependemos nuestra existencia de la salud. Enfermar nos acerca tanto a la muerte, y tememos tanto a la muerte, que evitamos enfermar a toda costa. Luego, cuando ya estamos enfermos, queremos sanar en seguida. Conocemos las hierbas y los ungüentos, mezclamos todos los colores, inhalamos y extirpamos lo que sea, hasta inventamos la aspirina y el complejo B.

Aunque ni tenga nada que ver, extrapolamos el concepto de salud hacia lo psicológico, lo emocional, lo sentimental, lo espiritual, lo intelectual, lo social, lo sexual, lo económico, lo familiar, lo actitudinal, lo profesional, lo laboral, ¡hacia prácticamente todo! (Tal vez haya sido una estrategia mercadotécnica para hacer dinero vendiendo la idea de que se puede estar saludable en todos esos aspectos de nuestras vidas.) Lo hemos traspalado tanto que ahora casi todo resulta ser malo: ser misántropo, ser viejo, ser desempleado, ser pobre, ser soltero, ser feo, ser pedante, ser inculto (lo que sea que eso signifique), ser perezoso, ser presumido, ser presuntuoso, ser obeso, ser ingenuo, ser conformista, ser cobarde, ser infeliz, et cetera. Lo creemos como si tuviéramos que ser de revista, de telenovela, de cine, de disney, de Europa, de la Roma o de Coyoacán para ser felices.

La mediática panacea económico-política nos hace cocowash, haciéndonos creer que para ser felices tenemos que vivir felices. Para colmo, y como propuesta didáctica de solución a todo esto, inventamos el concepto de inmortalidad sólo para descubrir cuánto podemos no vivir. Concebir medidas sobrehumanas de tiempo más allá de un infinitesimal presente nos sirve solamente para creer que somos un punto pequeño en la historia del universo, que nuestro paso por el mundo es efímero, que estar o no estar es irrelevante para la existencia, y así comprar sus productos comerciales. (Todo esto, claro, extirpado de la costilla del absurdismo).

Como consecuencia, y para buscarle alguna otra solución, nos hemos convertido en seres humanos autodestructivos. No suicidas, sino autodestructivos. El suicidio no es más que la patética e inmadura interpretación de la suprema grandeza y la valentía colosal contenida en la autodestrucción. Únicamente los no masoquistas se quitan la vida, porque no hay nada más autodestructivo que decidir seguir viviendo en este mundo.

He aquí la cereza del pastel: hemos generado un síndrome de Estocolmo hacia la vida.

Kobda Rocha

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