Mi primer asesinato

¿Qué será más placentero para ellos:
quitar o permitir la vida?
Oscar Blancas Vargas

Vivir requiere un alto grado de valentía. Existe una opinión dicotómica muy marcada cuando se trata del suicidio: algunos afirman que se necesitan muchas agallas para pegarse un tiro y otros lo califican como un acto de cobardía. Cabría entonces la suposición de que ocurre lo exacto mismo con sobrevivir. Pero no es así, pues resulta innegable que para vivir, además de un altísimo porcentaje de tendencias al masoquismo, se requiere mucha valentía. Vivir es sólo para los valerosos y para los que gustan de sufrir.

Acabar con la propia vida es un acto sin duda parteaguas en la vida (sí, entiéndase la ironía). Sin embargo, aún más titánica es la empresa de acabar con una vida ajena. Lo más terrible acaso sean las tantas consideraciones que circundan el asesinato, y no me refiero al acto último de decidir si apretar el gatillo o no, sino a la maduración previa del autoconcepto asesino… si es que hay alguno alguna vez.

Cuando uno no ha matado a nadie, son muy escasos los métodos de cómo hacerlo; la imaginación en el asesinato, como en el sexo, surge de la experiencia, del tedio de la rutina, de la aventura por lo nuevo, de la excitación ante lo extravagante. Los motivos, por ejemplo, son un límite constante y común para no asesinar porque, cuando uno jamás ha matado, el autotítulo es buena persona. Axiomáticamente, matar es una actividad de gente mala, de malhechores, de perversos, malvados, criminales y desalmados. Todo esto, por supuesto, es un pensamiento infantiloide que sólo tienen los que jamás han matado.

Para aclarar lo anterior, y para desviar la atención de los tantos detractores y moralistas obstinados que defenderán su miope opinión de que una persona buena no asesina, habrá que mencionar las tantas guerras políticas, religiosas, económicas, culturales y personales. Mucho de nuestro mundo es resultado de asesinar a la persona indicada en el lugar indicado en el momento indicado por el motivo indicado y en las condiciones indicadas. Sé que es difícil convencer a los cerrados de cerebro, pero basta con pensar en que, si hay un hombre malo, el bueno lo debe detener; por supuesto, antes que muerte se considera cárcel, castigo, reeducación o exilio, pero si es muy muy muy muy malo o las condiciones son propicias, habrá que asesinar al asesino para que se haga la paz. Existen muchos pasajes históricos, literarios, y hasta cinematográficos, así que no me fatigaré más en convencer a nadie de nada.

Ahora, aquí el relato confesión testimonio de mi primer asesinato:

Harto de la pequeña rata (criminales menores) actuando en mi ciudad, afectando a mi gente y degradando la vida de mi tierra, comencé a hacer frente a estos mini villanos (rateros, violadores, ofensores y canallas varios). Al principio, con inexperiencia y estupidez; luego, con astucia y efectividad; al final, con facilidad y dominio. Cada vez, el margen de error se reducía y la victoria era alcanzable con plena confianza del método heroico. Porque sí, uno llega a sentirse héroe, defensor de los oprimidos, justiciero anónimo, caballero valeroso.

No debería enorgullecerme de mis batallas porque, en principio, jamás debieron existir. Donde hace falta un enfrentamiento no es un lugar confiable y, por extensión de la obviedad, sus habitantes tampoco son de fiar. Sin embargo, ya metidos en este contexto de violencia y deshumanización, sí me vanaglorio de los asaltos frustrados por mi actuar, de las mujeres a quienes ayudé (salvé) de una posible agresión sexual mayor, de los ancianos a quienes socorrí con las habilidades que me brinda un fuerte cuerpo en juventud (porque, ya en esto, también eso se vuelve parte del oficio). En fin, conocí el honor, el valor y la valentía.

Pero el mundo es un maldito y siempre encuentra la forma de vencer a cualquiera, sobre todo a mí.

A bordo de un bus en pleno resistero, un hombrecillo subió gritando, amenazando y exigiendo dinero, pertenencias y temores. Bien practicada mi rutina, me levanté de mi asiento y me opuse al robo. El tipo aquel me miró, apuntome con su arma y dijo ¡Hoy no te vas a morir!. Acto seguido: disparó contra un señor que viajaba tranquilo sin secundar mi resistencia, un pasajero inocente que no tuvo la culpa de que yo, un héroe, viajara en el mismo bus que él, un hombre bueno que no pidió mi ayuda. Ahora, por mi culpa, él está muerto. Eso es asesinar.

Desde entonces, he dejado de combatir el micro crimen de mi ciudad por miedo a matar de nuevo. Se ha posado sobre mi corazón el miedo a la muerte; no a morir, sino a matar. Ahora soy débil, cobarde y deshonroso. Ése es el precio por ser bueno.

Poco a poco lo voy superando (espero… eso dice mi terapeuta) pero ahora me asalta un desconcierto aún más grande: ¿qué haría si alguien se quita la vida y como carta suicida deja un poema mío? O peor: ¿qué haría si alguien asesina a un inocente y como argumento utiliza uno de mis poemas? Quizá, por ahora, lo mejor sea el silencio.

Kobda Rocha

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