Rebelión en la Granja

Puntaje del Libro:

  • Año: 2014 (Original de 1945)
  • Género: Novela
  • Autor: George Orwell
  • Ilustrador: Ralph Steadman
  • Editorial: Libros del Zorro Rojo
  • Número de capítulos: 10
  • Número de páginas: 156

He frecuentado a George Orwell en tres ocasiones. Primero, cuando a mitad de mis estudios universitarios – allá en Huancayo – adquirí 1984 en una edición de segunda mano y en tapa dura perteneciente a una colección de Clásicos de la Literatura Universal. El impacto de una sociedad futura totalitaria en donde el hombre era despojado de su individualidad en beneficio del sistema de gobierno en manos de la tiranía representada por el Big Brother causó en mí una impresión rotunda.

La segunda visita fue ocasional, en 2018 había recalado en Londres por vez primera y mi hermana -mi anfitriona- me llevó a conocer Notting Hill, sabiendo de antemano mi agrado por las ferias de carácter pop y en búsqueda de una librería en la cual se podía hacer trueques de libros, que quedaba muy cercana a la estación del metro y que para mi mala suerte estaba cerrada por remodelación. Mientras oteaba vitrinas coloridas y caminaba por aquellas vías empedradas y observaba con pasividad las casas de estilo uniforme con sus delicadas flores cultivadas en un aroma sereno de ensueño y escuchaba a la gente divagar en diversos idiomas, nos detuvimos a comprar unas empanadas argentinas que una señora ofrecía en un pequeño carrito ambulante; ya para mi sorpresa, levanté la vista y en el frontis de una casa azul, entre dos ventanas blancas de madera, un rótulo inscrito en una superficie circular informaba que George Orwell había vivido ahí; entonces, una idea fugaz cruzó por mi mente luminiscente. Imaginé al autor frente a la máquina de escribir, alucinando en sus ficciones, quizá luchando con las palabras, amándolas a más no poder.

La tercera y última vez, fue hace unos cuantos días, antes de fiestas patrias. Instalado en Lima, por razones de estudio, he empezado a frecuentar la Casa de la Literatura Peruana. Me sentía preparado pues gozaba de saberes previos sobre Rebelión en la Granja, pero hasta ahora no había disfrutado del placer de sus páginas. Diferentes ediciones en español me esperaban en los estantes y como me encantan los libros con ilustraciones, me decidí por una reimpresión ejecutada por la editorial Libros del Zorro Rojo, puesto que el ejemplar gozaba de una traducción íntegra y los dibujos contenidos -vía la locura artística de Ralph Steadman- me impresionaron por su estilo grotesco en armonía con el texto que los inspira, entonces cogí el libro y me sumergí en su lectura. Saboreé esta desbordante historia con mucha paciencia en dos jornadas de tres horas cada una, con la complacencia del paso del ferrocarril en diferentes horarios cronometrados, y una vez más, no me sentí decepcionado. Pasaré a explicar algunos aspectos que me conmovieron con respecto a este fabuloso ejemplar.

En primer lugar, el aspecto fantástico de animales que dialogan entre sí persuade al lector de una manera casi natural a que en verdad dicha situación puede suceder en realidad; los diálogos que se dan entre guiones de conversación son muy fluidos y van en armonía con la intervención del narrador omnisciente que se presenta, sobre todo, en las partes comprendidas por los bloques en párrafos. Aquí el modelo de la fábula clásica desarrollada por Esopo y Fedro, puesta al servicio de la novela, evoluciona y adquiere un grado realista excepcional, puesto que las actitudes demasiado humanas distribuidas en prototipos de acción de los diferentes personajes animales y sus conductas, paradójicamente, nos proporciona un variado y complejo mosaico del hombre como ser esclavizado por sus intereses, pasiones y sueños.

Sin la presencia de una moraleja explícita, el artefacto literario dividido en diez capítulos muy equilibradamente distribuidos, es tajante. Esto es, que el lector rápidamente intuye qué es lo que el autor quiere decir entre líneas. La connotación del símbolo es eficaz y la sinapsis cerebral que decodifica lo sutil se sorprende en admiración ante las acciones que se van desentrañando. Esto no significa que el texto solo juegue con el intelecto. Esta lectura de temática aparente frívola no lo es. No son unos simples animalitos los que están jugando a ser hombres, sino que es un microcosmos que refleja de manera extraordinaria al hombre y a su actuar. Aquí quiero resaltar las actitudes del chancho Napoleón y del caballo Bóxer, ambos personajes antagónicos y a la vez sumergidos en una dinámica dependiente el uno en el otro.

Para entender a Napoleón se debe de ser mucho más intelectual, él es frío y calculador. El color negro corporal con que se le caracteriza entra en contraste con la blancura del cerdo Bola de Nieve a quién le quita el poder mediante la domesticación de los cachorros de perro que se quedaron huérfanos y quienes al crecer los convierte en su fuerza de ataque y dominio, los perros de presa que cumplen función coercitiva de intimidación. Napoleón, mucho más astuto que el cerdo blanco, somete a la granja y trabaja en reducir anímicamente a sus integrantes con promesas de un futuro mejor que en realidad, nunca se cumplirán. Su arma es el miedo y confía en su inteligencia superior, la cual demuestra de diferentes maneras, sobre todo, vía la manipulación de la información, la cual se presenta con cierto grado de humor cuando desvirtúa a propósito los mandamientos expuestos en palabra escrita en beneficio del placer y confort de los suyos, de los chanchos que le hacen la corte. Una sociedad que ejerce el poder mediante el miedo y el control de los medios de comunicación siempre será una granja.

En cambio, las circunstancias del pobre Bóxer conmueven, pareciera que su efecto estético toca las fibras de la emoción para su mejor entendimiento. Se trata de un animal noble que acepta la revolución y da de sí todas sus fuerzas con el ideal de aportar en beneficio de la promesa de un futuro mejor. Lamentablemente, este animal, este ser humano, será defraudado por el sistema totalitario en que se desenvuelve. Orwell nos presenta aquí la impotencia del individuo frente a el engranaje de gobierno. Bóxer, el constructor del molino que traerá prosperidad a los suyos será homenajeado en un brindis lujoso en whisky por parte de los cerdos poderosos, mientras que su cuerpo es sacrificado en un camal sanguinario ¡Cuántos hombres han derramado sangre, han ofrendado su vida inútilmente por una bandera que se les negó como manta mortuoria! ¡Cuántos hombres fueron silenciados en callar la poesía melodiosa y lírica de La Internacional! ¡Cuántos hombres fueron obligados a dejar de poetizar! ¡A cuántos hombres se les fueron cortadas las lenguas, cuántos hombres más fueron hipnotizados!

Orwell, hijo de su tiempo, criticó los sistemas emergentes de gobierno que nacían como revolución, pero que pronto demostraban una cruel dictadura. Criticó a sus paisanos de UK cuando estos no hacían más que alabar a la URSS por el hecho de haber sido pieza clave junto a USA en la caída del nazismo en la II Guerra Mundial y ciegos no se daban cuenta, no querían darse cuenta, de los conflictos de poder que sucedían en la Rusia Soviética. En estos animales se refleja esa sed, esas ansias por ejercer bajo sus dominios el don enfermizo de la autoridad por sobre una sociedad de gran riqueza y población. Un Stalin versus un Trotsky compitiendo en sed de dominio. Ese control del hombre sobre el hombre. Una fábula maestra reflejada en una pequeña novela.
Porque el texto en sí no es largo, pero sí que agobia, puesto que su crudeza hace que nos cuestionemos sobre nuestros gobiernos, que nos preguntemos ¿Acaso somos como esos animales en una granja llamada país, llamada mundo?, ¿de verdad ejercemos nuestra individualidad?, ¿nadie nos controla?, ¿somos realmente libres? Queda en cada uno de nosotros hacernos estas preguntas, que, dicho sea de paso, estéticamente se vuelven mucho más fuertes y poderosas al ser reforzadas por el trazo caótico de Steadman.

Puedo afirmar que me enamoré de este ejemplar con la belleza grotesca de sus ilustraciones. Su lectura fue serena sin premura porque a cada momento acariciaba sus páginas, apreciaba su lomo y contemplaba sus dibujos de colores intensos, de trazos desequilibrados como disparados desde la locura del estilógrafo en el caos de una mano maestra que la guiaba y que iban en gran armonía con la ficción de Orwell “¡Ah!” me decía a mí mismo, “qué tan de acuerdo van texto y dibujos en armonía, no sé cuál me deprime y horroriza más, deben de ser ambos en su conjunto, qué hermoso y triste libro”. Y continuaba así con su lectura, sorprendido ante los colmillos sangrantes de cerdos, ante la ebriedad de chanchos desfilando en puntitas, ante el esfuerzo triste y vano de Napoleón, ante los animales trabajadores sin sus derechos. Y terminé con la lectura, sorprendido por tal final. La imagen lo decía todo. Los animales en un inicio criticaban a los hombres, pero en la mesa, en un lugar que tendría que ser el más bendito y religioso, en un lugar de comunión, los cerdos con sus apuestas, sus juegos, sus vestimentas y sus copas brindando en lo alto, no hacían más que pelearse como seres humanos. Ellos eran hombres, lamentablemente.

Así y todo, con una desesperación y depresión a cuestas en la que cuestiono mi existencia, espero frecuentar a George Orwell una vez más.

Jesús Humberto Santivañez Valle

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