Me enamoré de una lesbiana

Aquello que distingue al ser humano del resto de las especies es su capacidad de razonamiento —no diremos pensar porque habrá biólogos, psicólogos y otros logos que argüirían que mientras haya cerebro puede haber pensamiento; sin embargo, la razón es el rasgo único y exclusivo con que la evolución nos ha obsequiado. La razón, el libre albedrío y la consciencia de la consciencia [metaconsciencia, por proponer algún término] nos han llevado, entre otras cosas, a lograr sobreponernos a los instintos. Si un animal cualquiera siente frío, hambre o miedo (por ejemplificar lo planteado) satisfará esas necesidades sin cuestionar por o para qué; lo hará en seguida y de la manera más directa —cada especie tiene sus modos, claro está. Contrariamente, un humano puede darse el lujo de traicionar tales instintos y oponerse a satisfacerlos: sentir frío y no cubrirse ora para mostrar el escote ora por mera necedad; sentir hambre y aguantársela ya para respetar la dieta y adelgazar ya para no gastar más dinero del que de por sí no tenemos; sentir miedo y enfrentarlo con la intención aun de superarlo, en lugar de correr o esconderse. Ahora (lo importante, pues) el instinto sexual… Podemos debatir —aunque no lo haremos— sobre las especies que se aparean por reproducirse o las que lo hacen también por placer o las que no lo hacen en absoluto; sin embargo, lo cierto es que no deja de ser un instinto, una necesidad animal, un impulso bestial. En cambio, los humanos podemos traicionar al instinto y oponernos a satisfacerlo: tal vez porque el contexto social hace que algunos decidan llegar “vírgenes hasta el altar”, tal vez porque las malas experiencias hacen que algunos decidan no hacerlo más, tal vez por mera casualidad o tal vez por mil explicaciones más, pero lo cierto es que, aunque lo necesitemos y/o lo deseemos, los humanos podemos no satisfacer el instinto sexual por meses, años o décadas incluso.

La misma capacidad de razonamiento que nos autoriza a decidir el rumbo de nuestros instintos es justo el aspecto especiático que nos distingue en la fauna. Es decir [reductio]: cuanto más pensamos, más humanos somos. Por lo tanto, el más apegado a la noción de ser humano (id est, el más lejano a sus instintos primitivos) tendrá mayor capacidad de raciocinio.

Así, lo más adecuado sería evitar el contacto sexual por completo. (Aquí es donde, por lo general, pierdo al %99 de mi audiencia… No importa, alguno alguna vez algo comprenderá). El amor —como extensión del sexo, acaso evolución de éste— es un asunto un poco más complejo, pues se vuelve una ‘necesidad’ emocional; ya sea que comulguemos con la idea de que lo emocional es cosa del corazón o con la idea de que es cosa del cerebro, en ambos casos se está de acuerdo con que ya no es un instinto animal corporal, a decirse fisiológico. No obstante la diferencia, más de diez siglos de humanidad no nos han servido para separar una cosa de la otra; en palabras más vulgares, todas las parejas que se aman también se cojen. Y cojer (copular, fornicar, o como se le quiera llamar) es un algo que me parece repulsivo por involucionado —¿Habrá alguien más que también repudie el sexo o seré el único loco sobre la tierra?. La pregunta que surge entonces es: ¿cómo amar a alguien sin tener que sucumbir a las futilidades del sexo por ninguna de ambas partes? Por supuesto, previamente definido el amar distinto a un simple querer, estimar, apreciar, y demás conceptos que las mismas personas que sucumben a los influjos del sexo piensan como sinónimos del amor. En este caso, amar como algo único, como algo definido, como algo urreal.

No sé cuántas soluciones haya, pero yo me enamoré de una lesbiana. No es mi amiga porque no es amistad, es amor. No es mi novia porque, bueno… yo heterosexual y ella lesbiana. Pero ahora cada vez que la tentación de la carne se me presenta sólo digo “lo siento, tengo novia” y en realidad estoy pensando en ella. Escribo poemas para ella. Dedico en su existencia toda mi concentración emocional —corazón o cerebro, ya da igual— y mi talento creativo termina siempre con su nombre. Llena cualquier vacío que pudiera dejar la imperfección evolutiva de la especie en este momento histórico que nos ha cobijado tan precoz y promiscuamente. No hay motivos ocultos en mi sentir, no hay capas de interés, no hay intenciones sexuales detrás del garfio sentimental; al no poder introducir mi pene en su vagina, estoy convencido de una sola y total verdad: esto es el amor puro.

Kobda Rocha

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