Ubicuidad

Toda mi vida he estado vacío, sin compañía. No hubo momento en mi infancia en que no me sintiera perdido en la nada. Mi adolescencia fue una saeta de abisales tristuras. En mis veintes, me suicidé nueve veces y siempre desperté al siguiente día con la misma deprimente decadencia espiritual con que había caído muerto la noche anterior. Un tiempo traté de refugiarme en el alcohol, luego fui a terapia psicológica, también quise enamorarme, salir con amigos, hundirme en la poesía y trabajar arduamente para hacer mucho dinero. Pero la amargura nunca me abandonó.

Sinceramente, no tengo razones fuertes para sentir tales pesares; jamás he sufrido desgracias tan tremendas capaces de maniqueizar el alma de alguien. Cuando yo aún era un mamón, mi padre se marchó a Estados Unidos; nunca llamó, nunca envió el dinero prometido, nunca regresó y nunca lo necesitamos. A mis quince, unos gañanes de la escuela me golpearon saliendo de clases, dejándome con múltiples moretones y dos costillas fracturadas. Tuve que trabajar desde los diecisiete años para ayudar con los gastos de la casa. A mis veintinueve, mi madre falleció en mis brazos por culpa de un cáncer de pulmón causado por su adicción al tabaco. Jamás he tenido carro propio y me han diagnosticado gastritis. En resumen, he llevado una vida común, simple, como cualquier otra, con sus altibajos… No hay razón suficiente para sentir esta oscuridad que me presiona el pecho veinticuatro siete.

Mi último intento por sonreír fue buscar a dios. ¿Qué es eso? ¿Qué es un dios? ¿Acaso existe siquiera? Me pareció una empresa complicada, pero, si tenía éxito, tal vez podría deshacerme de esta pesadumbre de una vez por todas. Primero fui a varias iglesias de religiones diferentes, pero pronto descubrí lo que ya todos saben a estas alturas del milenio: la religión es una farsa político-capitalista. Después me embutí en la meditación espiritual, pero así no se encuentra a dios; a lo más, uno se encuentra a uno mismo, pero no a dios. Finalmente lo busqué a través del arte, la ciencia y la filosofía. Por el arte, me convencí de que existía. Por la ciencia, supe que era omnipotente. Y por la filosofía, comprendí que de todos modos él no me libraría de mis abismos.

Yo sigo igual, vacío y sin sentido, pero una cosa sí cambió: ahora dios está en todas partes. Su omnipresencia resultó ser real; no lo veo en todo lugar, pero sí lo escucho en cada sonido. Ésa es la verdad: dios no es una imagen, es un sonido. Sólo falta poner un poco de atención para lograr escuchar la divinidad en una tarde lluviosa, en los ladridos de un perro callejero, en los balbuceos de un niño en brazos de su madre, en los truenos desplegados de un beso apasionado, en el llanto de una viuda, en la quinta danza húngara de Brahms, en tu garganta leyendo este texto en voz alta, y aun en los conticinios más solitarios. Ahí, incluso en el silencio, ahí está dios.

Kobda Rocha

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